17 febrero 2010

CAMELOT DERRUIDO

Título: La Torre Oscura: Largo camino a casa
Edición original: The Dark Tower: The long road home
Autor: Peter David, Jae Lee y Richard Isanove.
Editorial: De Bolsillo
Formato: Libro rústica, 140 págs., color.
PVP: 14.95 €

Creí entrar en contacto con el particular universo de LA TORRE OSCURA a través de los cómics que Marvel (en España a través de PANINI) está editando en los últimos años a modo de precuela independiente de la obra literaria anterior de Stephen King.
Y así fue, pero no del todo. Conforme aumenta mi limitado conocimiento de Mundo Medio y su mitología multiversal, más evidentes se hacen sus reconocidas conexiones con gran parte de las populares novelas del prolífico escritor de Maine. Estos cruces de caminos en sus obras - a veces anecdóticos, otras puede que fundamentales - se hacen evidentes cuando personajes como Marten Broadcloak (el hechicero de LA TORRE OSCURA) se deja ver en distintos cuentos - como APOCALIPSIS - con alguno de sus otros nombres o aspectos, fuera de los márgenes de Mundo Medio.
Quizás como yo no hayáis leído muchos libros de la extensa bibliografía que King ha realizado a lo largo de varias décadas, pero os sonaran muchos de sus personajes y situaciones comunes sugeridas al menos ( y con variable acierto) en las múltiples adaptaciones cinematográficas y televisivas de sus historias. Ahondando un poquito en las miniseries de LA TORRE OSCURA - el cómic que nos ocupa - , y en los extras ilustrativos a modo de complemento que contiene su edición en grapa (hay otra más escueta en manejables tomitos) se paladea una porción importante de esa dimensión metafísica de oscuras cosmogonías que suelen asomarse de soslayo en reconocibles elementos de sus fantasías (el personaje de turno dotado con la videncia, llámese “resplandor“, “toque” o como se prefiera, que le permite vislumbrar una realidad algo diferente, plagada en ocasiones de terrores cósmicos y aspectos oníricos, por ejemplo), y se aporta mayor justificación y coherencia a aspectos concretos de ese “otro” plano que a menudo comprensiblemente chirrían en los films inspirados en sus novelas (la araña sobrenatural de IT, como muestra) o son parte básica de la trama como un eco emancipado de la melodía principal de LA TORRE OSCURA (valga esa monstruosa dimensión paralela que se comunica con la nuestra en LA NIEBLA) y que da una sensación de universo de ficción cohesionado, aunque no sincronizado, en tan dilatada trayectoria y variadas adaptaciones en diferentes medios.
A esta gruta de peculiares dioses ascentrales, y contemporáneos al tiempo, hay que cogerle el punto para disfrutarla, y en los cómics sobre el joven pistolero de Gilead (Roland Deschain, protagonista de la saga literaria de LA TORRE OSCURA), hay destellos del moderno Mark Twain que se ha asomado en ocasiones a obras como CUENTA CONMIGO, CADENA PERPETUA o CORAZONES EN LA ATLÁNTIDA, embutido en un western artúrico y trágico donde cabe la ciencia ficción, el melodrama y el horror, quizás descrito con tan siniestra belleza como compasiva distancia hacia los personajes en sus ilustraciones.

J.A. Santiago

15 febrero 2010

SANGRE, SUDOR Y TINTA

Título: WAR STORIES. A GRAPHIC HISTORY
Autor: MIKE CONROY
Editorial: HARPER COLLINS
Páginas: 192
PVP: 24,99 $

Casualidad o no, con esto del auge de la novela gráfica la bibliografía sobre tebeos ha crecido de lo lindo, para gozo y solaz del que suscribe -no esperen un dato erudito al respecto, fíense de la impresión de un perro viejo-: proliferan biografías, monografías, publicaciones sesudas y pasquines encuadernados, repasos generales a la historia del medio o repasos parciales como el que les comentaré a continuación, este bonito pero escueto análisis ilustrado que reseña -parcialmente, todo hay que decirlo- el devenir del género bélico en viñetas, fértil donde los haya.
Y donde digo parcial quiero decir incompleto, como era de prever. Está firmado por Mike Conroy, el fundador de los premios Eagle, y la contraportada reza: “Desde que existen los comic books ha habido tebeos de guerra. War Stories: A Graphic History es el primer libro que examina este género en profundidad”, lo cual, habida cuenta del contenido, resulta pelín exagerado. El libro retrata una pila de tebeos estadounidenses y británicos, y poco más. Vienen un par de ejemplos del resto del orbe, eso sí, extraordinarios: C'Etait la Guerre des Tranches, de Jacques Tardi, y Hadashi no Gen, de Keiji Nakazawa. Puestos a elegir al tuntún, qué duda cabe que Conroy tiene buen gusto.
El asunto está articulado en siete capítulos, el primero de los cuales, Historical Hostilities, se ventila los miles de años de historia que preceden a los primeros conflictos estadounidenses, indios, colonos, sureños, yankis y demás, qué les voy a contar que no sepan ustedes ya de memoria. Luego vienen las dos guerras mundiales -a la segunda se le dedican dos epígrafes, uno desde la perspectiva gringa y otro desde la británica-, la guerra de Corea y Vietnam -ambas al alimón- y la cosa acaba con el comentario a los Modern Day Conflicts, esto es, el 11-S, Bagdad, Sarajevo y algún que otro marrón protagonizado por los entrañables adictos al te o a la coca-cola de vainilla. Pero centrémonos, ya les dije que el libro era bonito.
Y lo es precisamente por la sobresaliente nómina de autores anglosajones que, a lo largo de las décadas, han retratado esa fijación tan nuestra por reventar al contrario. Reed Crandall, Jack Jackson, John Severin, Joe Kubert, Harvey Kurtzman, Will Eisner, Jack Kirby, Jack Davis y Russ Heath son sólo un puñado de la portentosa legión de historietistas -no va con segundas- incluidos aquí; tantos, que cuesta trabajo escoger diez nombres a modo de ejemplo. Ahí iban nueve, el décimo hubiera sido Milton Caniff si Conroy no se hubiese olvidado de él. Una lástima. A cambio vienen tres maravillosas páginas de nuestro Raúlo Cáceres justo enfrente de una muestra del trabajo de Wally Wood. Sólo por eso merece la pena la libro. Bueno, a ver, no sólo por eso, no vayan a pensar que lo de Conroy es un tributo a la estupidez humana, es un homenaje al inagotable talento de los que la transformaron en narración gráfica y entretenimiento. En arte, vaya.

Javier Fernández

08 febrero 2010

UN VIAJE HACIA LA EXCELENCIA

Título: LA EXTRAÑA HISTORIA DE LA ISLA PANORAMA
Autor: SUEHIRO MARUO
Editorial: GLÉNAT
Páginas: 280
PVP: 15 €

Evidentemente todo depende de lo que uno le pida al arte. ¿Deleite, divertimento, reflexión, asombro, disgusto, nada de esto, todo a la vez? Porque el arte, incluso uno popular como es el cómic -el manga si nos ponemos picajosos-, es un juego comunicativo lleno de posibilidades. Y ya ven, en el mejor de los casos, la historieta ha sido considerada tradicionalmente como una hermana pequeña de la literatura. Se diría que una hermana subnormal, a tenor de tantas y tantas críticas despreciativas y condescendientes. Pero dejemos esto claro, el tebeo es el medio, no el contenido; no se debería juzgar lo uno por lo otro, ¿sí? Listo, dejemos el climate y pasemos a Maruo.
¿Como lo diré? O mejor, ¿han leído ustedes a Maruo? Si la respuesta es afirmativa, no necesitan mi comentario. Si no lo han leído, deben saber que hay un chorro de obras de Suehiro Maruo (Nagasaki, 1956) traducidas a nuestro idioma, hasta diez, si no me fallan las cuentas. Y todas ellas son extraordinarias. Incluyendo lo más suave de su producción, el Gichi Gichi Kid, tierno homenaje a Tezuka, el Dr. Inugami o las dos partes de La sonrisa del vampiro, teatrillos macabros para adolescentes. Aunque no les recomendaría que empezasen por ahí. Tampoco por La extraña historia de la isla Panorama, si es que realmente quieren comprender la estética de Maruo. Lo más sano es leer El monstruo de color de rosa o Lunatic Lover's (todo lo dicho está editado por Glénat), y ya que hayan quedado hipnotizados por el universo crudamente honesto del autor, esa deconstrucción transgresora, violenta y pornográfica de los estereotipos del género romántico, pueden buscar los dos tomitos publicados por Otakuland, DDT y New National Kid, que muestran trabajos anteriores, menos finos pero igualmente rabiosos, e ir intercalando los otros al gusto de cada uno. Claro que no sería justo por mi parte obviar el hecho de que Maruo puede literalmente herirles la sensibilidad. No digan que no van avisados.
Luego que hayan disfrutado del viaje, les queda Midori, de nuevo en Glénat, que es una de las cimas de la historieta universal, un álbum singular, el reverso de todos los cuentos infantiles, bellísimo y despiadado a partes iguales. Lo recomiendo de postre, con la digestión de lo anterior bien asentada, para disfrutarlo como se merece. Y si sólo se deciden por uno, pues sí, Midori es el título. Ah, pero no, no me he explicado del todo bien, me está saliendo una lista de la compra de lo más enrevesada. La extraña historia de la isla Panorama va después de Midori. Unos días después, digamos. Descubrirán otro Maruo, delicado, sofisticado, preciosista, que persigue la excelencia y encuentra en la novela utópico-policíaca de Ranpo Edogawa un vehículo para desarrollar su obsesión por la hermosura y el detalle, dejando de lado la escatología expresa, la truculencia, y centrándose en inventariar la amoralidad invisible que subyace a un paraíso artificial de resonancias artísticas. ¿Les dije que había un montón de tebeos de Maruo traducidos al español? Mentí. Son pocos, son pocos...

Javier Fernández

30 enero 2010

UN POCO DE TRISTEZA EN LA VOZ

Título: DR. FATE: COUNTDOWN TO MYSTERY
Autor: STEVE GERBER (guión), JUSTINIANO (dibujo) y otros.
Editorial: DC COMICS
Páginas: 160
PVP: 17,99 $

Pues no, hoy no voy a comenzar la primera lista de los mejores cómics de... como les anuncié la semana pasada; veremos si hay más suerte la que viene. El motivo no es otro que este Dr. Fate: Countdown to Mystery, el último trabajo de Steve Gerber. Y cuando digo el último trabajo de Gerber, no me refiero a su obra más reciente, que también, sino al que, por desgracia, es su tebeo último, porque, como no escapa a la mayoría de los que leen esto, el creador de Omega the Unknown, Void Indigo, Nevada y Hard Time falleció el pasado 10 de febrero de 2008, a causa de complicaciones relacionadas con una fibrosis pulmonar.
Sabrán también, y si no para eso estamos, que de los ocho números que componen la citada miniserie programada como reescritura y actualización del Dr. Fate, el mago del yelmo amarillo que comparte universo con Superman y Batman, seis fueron escritos por Gerber, quien apenas tuvo tiempo de abocetar también el séptimo, firmado al fin por su colaborador Adam Beechem, y que el octavo, a falta de más material, fue concluido por cuatro guionistas invitados por la editorial, todos amigos del difunto: el propio Beechem, Mark Evanier, Mark Waid y Gail Simone. Cada uno de ellos propone un cierre a la manera de Gerber –es obvio que nunca conoceremos la conclusión definitiva–, y el conjunto acaba siendo un sentido homenaje al guionista. No me entretendré mucho en el experimento. Sería injusto decir que los resultados no están a la altura porque el objetivo es bonito, y eso es lo que cuenta. Con todo, señalaré que son emotivos, sinceros y expresan claramente un hecho: Gerber ya no está entre nosotros. Cuatro voces juntas no bastan para sustituir la suya.
Porque Gerber, en mi opinión, fue el mejor escritor de superhéroes de la historia. ¿Creen que exagero? Bueno, quizá no lo han leído, o no lo han leído lo suficiente, o ya hace mucho que lo leyeron. O quizá sí que exagero, no sé. Supongo que habrá quien prefiera a Morrison o a Moore, o incluso a Lee o, qué digo yo, a Miller. Por mí vale. Pienso que estos cuatro juntos tampoco hacen un Gerber. Pero dejémoslo estar, ya he dicho que es mi opinión; el arte es subjetivo. Como escribe Gail Simone: “Las historias de Steve dijeron: está bien ser raro. Abraza la diferencia. Ignora las expectativas. Lucha cuando te toque, ríete de la adversidad. La perfección es aburrida y está sobrevalorada, y el heroísmo casi nunca tiene que ver con pegar a la gente. Algunas veces el heroísmo trata sólo de estar vivo cuando estar vivo parece jodidamente imposible”.
Quizá Countdown to Mystery no sea el mejor trabajo de su autor, pero es electrizante; tiene una prosa viva e inesperada, un ritmo sobresaliente y contiene muchos de los elementos que se acaban de citar. Aun estando inconcluso, es un digno final a una carrera oblicua y singular; o mejor dicho, la ausencia misma de final es puro Gerber. ¿De qué va el tebeo? Créanme, tratándose del creador del pato Howard poco importa.

Javier Fernández

20 enero 2010

BUENAS NOCHES, BATMAN, ADIÓS

Título: BATMAN: ¿QUÉ LE SUCEDIÓ AL CRUZADO ENMASCARADO?
Autor: NEIL GAIMAN (guión) y ANDY KUBERT (dibujo)
Editorial: PLANETA DeAGOSTINI
Páginas: 88
PVP: 9,95 €

Andaba yo pensando en hacerles un par de recomendaciones para la cuesta de enero, qué se yo, los dos tomos de Una vida errante (Astiberri), el espectacular biopic de Tatsumi, o la reedición de La tumba de Drácula, de Wolfman y Colan (Panini), o el magistral Génesis, de Robert Crumb (La Cúpula), por no mencionar el extraordinario Evelyn, de Andrés G. Leiva (Sins Entido), que ya lleva unos meses en librerías y hay quien aún no se ha enterado.
Pero no, este año he decidido cambiar el palo, debe ser porque, carambolas de la vida, le quedan a uno bien lejos las librerías patrias y eso tiene sus inconvenientes; aunque también sus ventajas. Se amortigua la ansiedad. No queda más remedio que retirarse al cuartel de invierno, revisar lecturas, rememorar experiencias. Y bueno, se me ha ocurrido el viejo truco de las listas, que no sé durante cuánto tiempo me parecerá una buena idea. Así que la semana que viene espero tenerles preparada la primera de ellas. Los diez mejores cómics de... Ya veremos.
A lo que vamos, que se acaba el espacio que además no es mucho. Una novedad que sí he tenido oportunidad de leer, en inglés, eso sí, es este ¿Qué le sucedió al cruzado enmascarado?, de Gaiman y Kubert –hijo, no la vayamos a liar– que me recomendó el siempre atento Alvy Singer en la versión bloguera de la sección y me prestó un amigo, Guido Rosas. Decía allí el primero de los antedichos que con su lectura pasaría, cito, “por momentos eufóricos de amar a Batman”. Y bueno, siendo aplicado como soy, decidí probar suerte con este Gaiman que me trae por la calle de la amargura.
¿Qué le sucedió al cruzado enmascarado? es dos cosas; una, un homenaje posmoderno a los 70 años de carrera del hombre murciélago; y dos, un ejercicio de recreación del mito del superhéroe en vísperas de su (aparente) muerte en la continuidad de DC. Referente a lo segundo, Gaiman fabrica un emotivo truco que no les desvelaré aquí con el que añade una línea a la definición del personaje. Con respecto a lo primero, apoyado en un camaleónico Kubert –hijo, ya lo he dicho– que se esfuerza en imitar los estilos de todo tipo de autores del personaje, ya saben, Kane, Robinson, Adams, Bolland, etcétera, el guionista realiza no sólo un alarde referencial sino argumental, creando una intriga novelesca de primer nivel que atrapa al lector desde la primera página –bueno, digamos la cuarta o la quinta–. Ya ven, Batman ha muerto y a su funeral asisten una ristra de secundarios que confiesan ser el asesino. Si se conocen los infinitos guiños diseminados, bien; si no, también. La cosa funciona por sí sola. Lamento en parte que todo tenga que acabar en ese tono trascendente, pero es el signo de los tiempos, y la premisa de partida. Ven, por eso me gustan más los clásicos, tenían ese puntito naíf que convirtió a Batman en icónico.
Con todo, un tebeo excelente. De superhéroes, no me malinterpreten. Un Gaiman sólido. Gracias Alby, gracias Guido.

Javier Fernández

11 enero 2010

EL CUADERNO FILOSOFAL (y 3)

Título: DEATH NOTE 13
Autor: TSUGUMI OHBA Y TAKESHI OBATA
Editorial: GLÉNAT
Páginas: 280
PVP: 15 €

Andaba yo preguntándome cómo es que le he dedicado tres artículos precisamente a Death Note y lo cierto es que no he llegado a ninguna conclusión, ¿se deberá a algún tipo de inconteninencia relacionada con los excesos navideños?
En fin, les contaba –resumo el resumen– que Light-Kira se ha puesto a matar apandadores con su cuaderno mágico, un arma heredada de los shinigami, ángeles pelín horteras de la muerte que, por aparente diversión, han tenido a bien ceder un puñado de libretas asesinas a individuos del mundo real; esta de Kira es una, pero a lo largo del manga salen más. La consecuencia inmediata es el establecimiento de un nuevo orden mundial basado en la desaparición del delito –y, con él, del libre albedrío– y la adoración subsequente de Kira superstar. Tocaba hablarles del cuarto elemento del guión que se opone al advenimiento de la nueva sociedad, y a ello voy. Se trata de una letra mayúscula: L.
L es un personaje carismático confeccionado como antagonista de Light. Es también superinteligente pero con marcados problemas de socialización y hasta de modales –no puede parar de ingerir dulces, habla con una insultante franqueza, apenas sale a la calle, odia los zapatos y gusta de sentarse con los pies en la silla, amén de otras lindezas que convendría psicoanalizar–. Es desaliñado, ingenuo, tierno. Y rico. Se presenta como la única persona capaz de medirse intelectualmente con Kira y pronto hace que las fuerzas de la ley, y el propio Light –la trama se enreda pero mejor léanse el tebeo–, trabajen a su servicio. En mi opinión, el duelo Light-L es atrayente y divertido, y el propio L tal vez sea la creación más vívida y singular de la serie.
Y ahora sí, las consideraciones finales. Death Note se caracteriza por un vaivén inagotable de giros argumentales que provocan cierto mareo y no poco cansancio –todo sucede así porque tiene que suceder así, no busquen más explicaciones, el chiste está en la infinita repetición de esquemas–, los diálogos son insólitamente copiosos para un shonen y tan artificiales que acaban teniendo su aquel, y el final llega cuando llega, no como consecuencia de nada sino porque sí, ya puestos la cosa podía haber durado otros doce tomos. Las secuencias finales y el epílogo levantan la media y esta especie de goticopunk de reminiscencias cristianas y sazonado de homofilia, abono fértil para el cosplay, alcanza un éxtasis místico.
Mención aparte merecen los dibujos de Obata, a los que el asunto le debe una enorme parte de su éxito: espectaculares, ágiles –sobre todo cuando no están lastrados por los tochos de Ohba–, con un magnífico sentido del ritmo y la composición y un aspecto moderno, anguloso y elegante, un interesante uso de las tramas y un entintado de calidad sobresaliente.
Ah, por cierto, el tomo trece es, como indica el subtítulo una guía de lectura; incluye entrevistas a los creadores, datos variopinto y el “episodio piloto” que precedió a la serie, protagonizado por el shinigami Ryuk y otro incauto chaval. Un libro muy cuco pero de letra minúscula que celebra la existencia de esta existosa y singular fantasía contemporánea.
Eso es todo.

Javier Fernández

26 diciembre 2009

EL CUADERNO FILOSOFAL (2)

Título: DEATH NOTE 13
Autor: TSUGUMI OHBA Y TAKESHI OBATA
Editorial: GLÉNAT
Páginas: 280
PVP: 15 €

¿Por dónde íbamos? Ah, sí, Light Yagami se encuentra el cuaderno de un shinigami –personificación japonesa de la muerte– que resulta ser algo así como el arma definitiva: si se escribe en él el nombre y se visualiza el rostro de una persona, esta muere automáticamente. La forma de morir y las circunstancias del fallecimiento dependen de una interminable ristra de reglas asociadas con el cuaderno de muerte, el death note, que determinan el desarrollo de la trama y los diversos giros argumentales a los que me referiré más adelante.
El asesinato sistemático de delincuentes por parte de Kira –personalidad secreta adoptada por Light– desencadena primero el miedo de la población y luego una especie de culto a la figura mesiánica, elevada internacionalmente al altar de lo divino, que está comprometido con el destierro de la maldad del mundo. Pero a esta utopía de tintes adolescentes se opondrán –gracias a Dios, uy, perdón– al menos tres aspectos de la historia ideada por Tsugumi Ohba, o mejor consideremos cuatro. El primero de ellos es la personalidad del propio Light, un niñato pagado de sí mismo que se autopropone como epítome de las excelencias de la raza humana y que, dicho sea sin acritud, resulta el protagonista más cargante y antiempático que recuerdo. Bien es cierto que la genialidad, siempre ad hoc, de Light le salva continuamente de las distintas trampas pergeñadas por las fuerzas del orden, pero no es menos cierto que su chulería y suficiencia son las que le fuerzan de modo invariable al tiento, al reto permanente, puesto que lo que sin duda le pone es demostrar al lector que es más listo que nadie. El retrato psicológico del personaje se completa –sé que esto no viene a cuento de lo anterior pero no quería dejar de mencionarlo– con una misoginia fomentada por las escasas féminas de la serie, sandias redomadas que apenas cumplen a la trama la escatológica función de estar permanentemente en celo, dispuestas a cumplir la voluntad del guaperas alfa en virtud de una especie de casto y devoto masoquismo emocional.
También los shinigami, aparentes aliados de los poseedores terrenales de los distintos cuadernos, se interponen entre Kira y su utopía, toda vez que su simpleza mental y su aparente inacción han de ocultar unas motivaciones propias al margen de lo humano, seguramente perversas. Y las ocultan, qué duda cabe. Para el que no conozca la serie, añado que los shinigami de Death Note son un cruce entre el Marlon Brando motorista y pandillero y el indio de Alguien voló sobre el nido del cuco, con su poquita de roña. Obviamente, el tercer elemento serían las citadas fuerzas del orden, dirigidas por el mísmisimo padre de Light Yagami, quien desconoce los extraños hobbies de su hijo; sobre estos agentes, padre incluido, poco hay que decir salvo que su coeficiente intelectual difícilmente alcanzaría el estándar de normalidad estadística. Pero ya seguiremos con esto.

Javier Fernández

20 diciembre 2009

EL CUADERNO FILOSOFAL (1)

Título: DEATH NOTE 13
Autor: TSUGUMI OHBA Y TAKESHI OBATA
Editorial: GLÉNAT
Páginas: 280
PVP: 15 €

Fue mi querido amigo Luis quien me avisó de la existencia de Death Note, hará un par de años, después de que este hubiese visto unos cuantos episodios del anime que adaptaba el manga original. No es que su recomendación fuese particularmente encendida pero hizo hincapié en lo adictivo de la trama y en lo atractivo de los personajes centrales del invento, síntomas inequívocos de esa clase de fenómenos comerciales a los que, por un motivo u otro, casi siempre vale pena asomarse.
Y compulsivo como soy, allá que fui y me hice de una buena vez con los doce tomitos editados por Glénat –todo sea dicho, era aquella una época de vacas gordas–, la estupenda firma dirigida por Joan Navarro. Comencé la lectura con convicción, cuatrocientas o quinientas páginas al día durante un par de jornadas de asueto, hasta que los aburridos vericuetos de los volúmenes centrales acabaron por expulsarme de la serie y, confesémoslo, me hicieron sentir un poco estafado. Pero como resulta que también soy metódico, el mes pasado, coincidiendo con la publicación de Death Note 13, subtitulado explícitamente Guía de lectura, me armé de valor y recomencé la tarea, dispuesto a llegar al final de este tebeo generacional que tanta bibliografía y mercadeo está generando. Pues, antes que nada, Death Note es una máquina de hacer dinero, una franquicia nacida del manga editado en la revista Shonen Jump entre finales de 2003 y mediados de 2006 y que abarca no sólo el anime de Tetsuro Araki antes citado sino tres filmes japoneses de imagen real, un buen número de sumplementos impresos –entre exégesis, libros de ilustraciones y pastiches–, infinitos muñequitos, videojuegos y hasta el anuncio de una producción hollywoodiense. Si hacemos caso al oráculo de Jimmy Wales, y por dar una cifra inicial: “En junio de 2008, [sólo] el manga había logrado vender más de veintiseis millones de copias en Japón”.
Death Note, para el que no lo sepa aún, relata la existencia en nuestro mundo de unos cuadernos capaces de provocar la muerte de todo aquel cuyo nombre haya sido escrito en sus páginas siempre que el poseedor de la libreta visualice el rostro de la persona a la que desea fulminar. El protagonista, Light Yagami, un estudiante japonés atractivo e inteligente hasta sobrepasar lo fantasioso, se hace por casualidad con uno de ellos y descubre que los cuadernos en cuestión están ligados a los shinigami o dioses de la muerte según la mitología japonesa –monstruos tradicionales que parecen estar viviendo una segunda juventud gracias a la iconografía contemporánea del manga–. Seducido por el poder del mortífero instrumento, Light asume la personalidad de Kira –deformación fonética del inglés killer, asesino–, y decide dedicar su tiempo a eliminar a todos los criminales de la faz de la tierra como medio para auspiciar una sociedad utópica carente de malhechores. Y es entonces cuando... vaya, se acabó el espacio por hoy.

Javier Fernández

13 diciembre 2009

EL REINO DE LAS SOMBRAS

Título: THE CHRONICLES OF KULL. VOL. 1
Autor: THOMAS, CONWAY, WRIGHTSON, SEVERIN, ETC.
Editorial: DARK HORSE
Páginas: 232
PVP: 18,95 $

Creado en 1928 por el escritor texano Robert E. Howard y alumbrado públicamente en agosto de 1929 en las páginas de la revista Weird Tales, el rey Kull de Valusia debe gran parte de su popularidad actual al éxito de otra de las felices invenciones de su autor, me refiero, cómo no al cimmerio Conan, con quien comparte un cierto sabor ornamental. Y el que ambos, todo sea dicho, permanezcan en el imaginario ocho décadas después de su folletinesco origen ha de achacarse al esfuerzo personal del guionista Roy Thomas, impulsor artístico y administrativo del extenso periplo de los dos bárbaros –así como de otros singulares personajes howardianos como Solomon Kane o la más líbremente versioneada Red Sonja– en el seno del gigante editorial llamado Marvel.
Fue durante la década de 1970 que Thomas tuvo la feliz y lucrativa ocurrencia de rescatar aquellas excesivas y sanguinolentas historias y emparentarlas estética y narrativamente con el universo de los superhéroes de Stan Lee, dotándolas de una coherencia muy al uso en Marvel. El resultado del pastiche fluctuó desde lo brillante hasta lo infumable –especialmente una vez Thomas hubo abandonado el barco– aunque visto en perspectiva no se puede negar que la operación fue afortunada: nos quedan unos cuantos tebeos dignos y una sabrosa franquicia creativa que continúa aún hoy su camino, ya lejos de la enmohecida editorial de Spiderman. Dark Horse, la actual poseedora de los derechos del grueso de licencias que atañen a los escritos de Howard, viene deleitando a los aficionados con todo un arsenal de versiones y revisiones de nuevo cuño pero también, paradójicamente, ha incorporado a su catálogo, mediante cumplidas reediciones, el fondo que antes publicó la propia Marvel.
Siguiendo esta política de rentabilización de un capital estético que había quedado huérfano, y coincidiendo con los ochenta años de la creación del personaje, ve la luz ahora el primero de los cinco volúmenes de The Chronicles of Kull, recopilación de las historietas a color del bárbaro atlante devenido en monarca en títulos como Creatures on the Loose!, Conan the Barbarian, Monster on the Prowl, Kull the Conqueror o Kull the Destroyer, esto es, un plan editorial similar al que en España ya pudimos disfrutar hace años gracias a la perspicacia del añorado Manuel Barrero.
El tomo en cuestión abarca todos los títulos citados menos el último, pues se detiene en el núm. 9 de la primera etapa de Kull the Conqueror (julio de 1973), escrita mayormente por Thomas y Gerry Conway. Una verdadera fiesta para los sentidos: Bernie Wrighston, Ross Andru –embellecido por Wally Wood– y, sobre todo, el binomio Marie y John Severin ilustran con belleza clásica e inusual las andanzas del más poético y metatextual de los bárbaros del cómic, un usurpador empeñado en rasgar con su espada el velo de los simulacros y falsedades que componen la corte de Valusia mientras se pregunta, melancólicamente, si es que acaso él mismo es real.

Javier Fernández

07 diciembre 2009

¡¡ESTOS CABRONES HAN VUELTO!! (2)

Título: KILLER TOONS 2.0
Autor: VARIOS AUTORES
Editorial: EDICIONES CANALLAS
Páginas: 80
PVP: 6 €

Continúo allí donde se quedó inconcluso el repaso por el contenido de este Killer resurrecto, esto es, en el comentario a la historieta El caso del pintamonas. Su perpetrador, El Juan Pérez, gusta habitualmente de la abstracción, y su mundo creativo es de una irrealidad de apariencia simple pero cargada de elegancia e ironía. Aquí, sin embargo, hay un manido argumento y una irregular atmósfera estética que no permiten el disfrute completo de este tierno y genial maestro del absurdo.
Zonum, otro de los malotes de la película, nos regala la ferial contraportada y La furia del Dragón Rojo, un lisérgico tour de force de 25 páginas dedicado, nada más y nada menos, que a Steranko, Frank Miller y John Carpenter. El estilo de Zonum, puntillista y fanzinero donde los haya, bebe del tebeo de superhéroes y de la escuela Bruguera, y no conoce la contención, hasta el punto de resultar extenuante y confuso, máxime cuando el guión no es sino una sucesión de alaridos narrativos al servicio del delirio gráfico, una colección de cargantes splash pages que, con todo, no ocultan un enorme talento que saldría beneficiado de cierto orden y previsión.
Harina de otro costal es Negro Vita. Las cuatro páginas de Raúlo, el otro vástago del clan de los Cáceres, son, con diferencia, lo mejor de este alegre retorno. Raúlo ofrece una historieta negra y perversa conforme a su acostumbrada poética, hermosamente ilustrada y dotada de un ritmo frenético. La composición de página y el acabado, aún tratándose de una pieza corta desempolvada del cajón de los descartes, nos habla de un autor visionario y profesional en el mejor sentido de la palabra. Asomarse al universo de Raúlo es asomarse a una truculenta –y muy a menudo gozosa– visión de la vida, en la que lo no hay sitio para el orden establecido y en donde el libertinaje pide a gritos ser considerado parte del denostado y maltratado patrimonio de la libertad. Guste más o menos –y a mí me encanta–, Raúlo es un dibujante acostumbrado a los grandes retos, fogueado en el mercado pornográfico y en el independiente norteamericano y denota estar dispuesto para logros mayores. Tiempo al tiempo.
No quisiera terminar mis comentarios sin confesar admiración por el colectivo que compone el Killer Toons, unos tipos dispuestos a dejarse la pasta propia por algo en lo que creen ciegamente y a los que el paso del tiempo ha encontrado con las mismas ganas de sana diversión y el empuje de unos auténticos chiquillos. Colaboraciones esporádicas de terceros aparte, en dicho colectivo cabe incluir –aunque sólo sea en calidad de socio honorífico– a Vicente Galadí, uno de los adalides del tebeo cordobés, valeroso editor de la meritoria Ariadna, metido altruistamente aquí, como en tantas otras ocasiones, en tareas de maquetación.
Killer Toons 2.0, con su ética de lo auténtico y su estética poliédrica y vocacional, retoma las cosas más o menos por donde se quedaron con el cierre de Killer Toons y no dudo que avanzarán por sí solas, correosa e inexorablemente, como un zombie desenterrado de su tumba. Ojito.

Javier Fernández

30 noviembre 2009

¡¡ESTOS CABRONES HAN VUELTO!! (1)

Título: KILLER TOONS 2.0
Autor: VARIOS AUTORES
Editorial: EDICIONES CANALLAS
Páginas: 80
PVP: 6 €

Pues sí, para el título de hoy en lugar de retorcerme la mollera he copiado sin más el lema de portada de esta segunda y costeada etapa del singular fanzine cordobés Killer Toons, emergido de la tumba después de un prolongado letargo que ha durado casi una década. Puestos a robar encabezamientos, pensé primero en usar el subtítulo de la página de créditos de esta misma publicación: “El regreso de la línea cafre”, pero al final lo desestimé porque si bien es cierto que algo de cafre hay en cada uno de ellos no estoy demasiado seguro de que los autores de Ediciones Canallas compartan la misma línea estética.
Por ejemplo, Rafa Infantes tiene una querencia lírica que se aleja del resto, tiene claridad en las formas y un tono de denuncia naif que se acerca a la abstracción. Su estancia en el congelador nos lo ha devuelto seducido por las tramas digitales y afinado con el diapasón de Charles Burns y, en cierto modo, el de Miguel Ángel Martín. Infantes siempre ha sido una de mis debilidades pero lo prefiero plástico antes que plastificado como en este Un mundo sin rostro. Con todo, sencillos ejercicios como El borrón muestran a las claras que sigue siendo un auténtico letrado en esto de la historieta, un autor cargado de recursos y con su propio universo conceptual.
Pero empecemos por el principio, Miguel Ángel Cáceres, otrora enfant terrible de esta generación reencontrada, dibuja sin rastro de lirismo la espléndida portada que autohomenajea a aquella del primer Killer Toons de la anterior época. Aparte de esta, su aportación principal vuelve a ser una estampa de acción sanguinolenta protagonizada por Simeón Órdago, el ciborg follador y leñero salido de los sótanos de la mezquita de una futurista Megacórdoba. Como suele ser habitual, sus desenfrenadas andanzas se leen con el mismo desparpajo con que se leían, qué se yo, las viejas historietas de relleno del Creepy, aunque, como en estas, el desarrollo sea francamente intrascendente.
Los soeces chistes de Moi trufan por todas partes el Killer y uno no puede sino agradecer al destino que nos haya devuelto a esta bestia del humor escatológico y su histriónico Mundo Pichón. Moi tiene una verborrea propia y no poca mala leche y, en sus momentos más bestias, recuerda al Vallés de los Aguirre. Pero confieso que lamento el descuido en la rotulación y composición de página. Como apología de lo cutre, no es lo suficientemente cutre; y lo que queda es un difuso territorio intermedio que refleja una cierta sensación de desaliño que acaba demeritando en parte el resultado final. Aún así, el desparpajo de Moi deja un regusto indeleble en la lectura.
Por su parte, El caso del pintamonas, la cuota de diez páginas de El Juan Pérez brilla algo por debajo del estándar de este autor personalísimo y oblicuo, poseedor de una estética primaria que siempre me ha encandilado y de la que les hablaré, así como del resto del asunto, en el próximo artículo.

Javier Fernández

25 noviembre 2009

V de VENDETTA: Una opinión muy personal

Sí, metí la pata.
Terminaba de releer V de Vendetta, por fin en mi propio ejemplar, regalo de Alberto y Rafa. Es curioso lo que mutan las lecturas cuando en vez de 14 o 15 tienes 30 años, sabes un poco más (o un poco menos) de qué va todo esto, y puedes detenerte, paladear y deleitarte con la delicia que supone cada gota de tinta impresa que, contoneándose sugerente, convierten al vulgar papel en arte y alimento del alma.
Disfruto con aquello que no me deja indiferente, que me hace pensar o soñar, que me abstrae y me convulsiona, que me muestra el más allá de mi cerrazón cotidiana, convirtiéndome en algo nuevo.
Debe ser por eso que estoy disfrutando a muchos niveles abordando la obra de Alan Moore.
Un mensaje duro, muy duro e impactante el de V de Vendetta, sin concesiones. Personajes muy oscuros, donde V florece en el caos necesario que él mismo orquesta dentro de un sistema totalitario (nuevamente brotan las lecturas de H.G. Wells) de índole fascista.
Un intelectual modus operandi, propio del genio criminal que insinúa ser más allá del filósofo, el arquitecto y el operario que encarna. Azote de sus semejantes, alguien que demuestra lo pernicioso de nuestras conductas cobardes, que en tantas y tristes ocasiones han dibujado la historia de esta especie, más allá de la literatura barata y las mentiras de Estado que encumbran a unos y defenestran a otros, designando arbitrariamente a héroes y villanos, confeccionando nuestras luces y nuestras sombras.
Tres palabras inundan las viñetas de V de Vendetta: Anarquía, Venganza y Libertad.
Esto es, un valor abiertamente positivo, la Libertad, e incuestionable a priori, del que los autores van desvelando lo perverso de su uso indiscriminado y lo falaz de esta libertad que con tanta alegría se nos vende y que, sin necesidad de distopía fascista, tenemos hoy en día completamente hipotecada y prostituida (muchos pensarán que al menos en esto que llamamos Occidente tenemos algo parecido a libertad. Yo no niego tal realidad, pero sinceramente, espero que el género humano sea capaz de construir algo mejor que estas migajas, alimento de famélicos).
Venganza, venganza. Qué sentimiento tan nefasto y a la par, ¡qué humano! Hace mucho tiempo hubo un tipo que decidió poner la otra mejilla y resultó tan sorprendente que la gente lo creyó un dios.
Nuevamente el cómic plantea la viabilidad y catadura moral de un acto vil a priori, de un ocaso que escala desde las raíces del odio, del miedo y de la violencia.
Yo apuntaría a decir, como ya han dicho antes muchos otros con distintas palabras, que la Razón ilustrada es meramente la madrastra de la Justicia que nos ampara, su verdadera madre es la Venganza. Y eso, para el hombre moderno como tú y como yo, no es fácil de aceptar ni es políticamente correcto, preferimos verla bella de vista cegada por cinta sin mácula, erguida con balanza equidistante pendiente sobre un brazo y la fiereza de la espada en el otro.
Y Anarquía. Qué delicia de exposición la de Moore cuando habla de ella, la gran derrotada y olvidada postura política en nuestro flamante siglo XXI. Posiblemente, la horda de memos que enarbolando tópicos desdibujan un concepto tan intelectualmente sugerente como turbio, ha conseguido noquearla.
No hay un anarquismo, hay muchos. Tal vez ese sea el problema, o tal vez la confusión que al menos en España a raíz de tan nefasta guerra reina en el imaginario colectivo identificando anarquismo con comunismo. No en todos los casos hay tantas vinculaciones ideológicas.
Cuando uno lee a Moore, anarquista confeso, está leyendo a alguno de los grandes ideólogos románticos ingleses, como Godwin. Un anarquismo intelectual, que mide a las personas sin clasificarlos en burgueses y proletarios, unificando su relevancia como seres humanos. Un anarquismo que rezuma y apuesta por una libertad más real, obviamente menos productivo que este sistema capitalista que nos asfixia, (algo que en tantas ocasiones, nos negamos a reconocer) pero indudablemente más sano y digno para cada uno de nosotros.
Bla. bla, bla, bla....
Y tonto de mí, me da por volver a ver la película de los Wachowski, que en su momento no me disgustara en absoluto. Normal, hacía como 15 años que había leído el cómic, lo que podía recordar no quedaba mal retratado.
Y claro...
Quizás, en la carátula de estas películas deberían de rotular: "CONTIENE UNA FUENTE DE FELANINA", como en las tapas de los productos light edulcorados, ¿no creéis? ¡Cómo pude dar el pase a semejante cosa!
La susodicha película no tiene casi nada que ver con la genial novela de Lloyd y Moore, todo queda en un juego de niños, en agua de borrajas, en un esbozo pueril recurrente que prefiera unas "Meninas" hechas con macarrones al lienzo de Velázquez.
Aquí una prostituta de 16 años se transforma en una trabajadora de realización de la tele, el Líder mentalmente trastornado y sumamente deshumanizado en un inquebrantable ejemplo de voluntad férrea. La sordidez se disfraza de estilo, el caos de orden, las numerosas citas literarias en chascarrillo (ojo, no siempre), El Maestro que es idea, en amante bobalicón, las ratas son menos ratas humanizadas, la crueldad del mundo por parte de todos acaba por ser maniquea, cutre, irreal. Si se pierden estos matices se mancilla lo que hace grande a la obra, si redimensionas la historia hacia los patrones canónicos del alelamiento supino del cine comercial norteamericano, el arte se convierte en bodrio y lo trascendente en ramplón.
La adaptación de Watchmen, infinitamente más compleja que la de V de Vendetta, parece una joya al compararse con esta cosa. Al menos hay un mínimo de respeto dentro del "homenaje" y la adaptación.
Y digo yo... ¿Quién cojones me mandaría ver otra vez la película?... Me volví a equivocar, para variar...

Francisco J. Serrano de la Vega.

23 noviembre 2009

FANTASÍAS DEL AMOR ADOLESCENTE

Título: I’’S
Autor: MASAKAZU KATSURA
Editorial: PLANETA
Páginas: 256
PVP: 9,95 €

Si me permiten la intrusión, me gustaría comenzar haciendo mención a un asunto personal: la que están a punto de leer es la nota número cincuenta que dedico aquí consecutivamente al bello arte de las viñetas, esa pasión que me acompaña desde el útero pues la considero herencia de las lecturas paternas y, sobre todo, maternas –aquellos cachorro y jabatos que leía mi madre–. Y aunque entiendo que lo que sigue inmediatamente no les interesará lo más mínimo, aprovecho para dirigir, a modo de celebración y parafraseando a T. S. Eliot, una palabras privadas en público: Gabriel, va por ti; Alfredo, muchas gracias por todo; Ana, te quiero.
En fin, ahora sí vamos a ello. Animado por una especie de espíritu festivo –los que hemos crecido coleccionando los cómics Marvel estamos bien acostumbrados a las efemérides: el número 25 de Spider-Man, el veinte aniversario de Los Cuatro Fantásticos, el número 100 de La Espada Salvaje de Conan… se ve que algo de esto me ha quedado– he pensado dedicar mi medio centenar a la nueva y flamante reedición en formato kanzenban de I’’s, el célebre shonen de Masakazu Katzura. Y como quiera que todo el que no sea aficionado al manga debe de haber pensado que hablo en chino –en realidad es japonés–, me explico muy sucintamente: shonen es el término empleado para designar el manga diseñado para jóvenes varones de entre 14 y 18 años y kanzenban es un formato algo mayor de lo habitual, de mejor calidad de papel e impresión, que suelen incluir material extra y portadas realizadas ex profeso y en el que se editan los mangas más populares del mercado, generalmente en ocasiones especiales o, como ahora, con motivo de una reedición. Por otra parte, I’’s es simplemente el título: inicial del nombre de cada uno de los vértices del triángulo protagonista de la serie y plural figurado de I, yo en inglés, o sea una especie de nosotros, cuya pronunciación anglosajona –ais– equivale a la de ice, término igualmente inglés y que en nuestro idioma significa hielo. Lo de la doble comilla, me van a perdonar pero no tengo manera ahora de comprobarlo, así que me fiaré de mi memoria, creo que era una cuestión meramente estética.
No descarto que el hielo venga al caso por aquello del patinaje, y es que el asunto del manga en cuestión son los patinazos amoroso-masturbatorios del adolescente Ichitaka Seto con su turgente y algo mojigata compañera de instituto Iori Yoshizuki, aderezados por la presencia de Itsuki Akiba, un vendaval femenino que regresa sorpresivamente a la vida de Ichitaka y con el que este, al parecer, se había prometido en la más tierna infancia. En el más genuino estilo de Katsura –el mismo de Video Girl Ai o, dicho de otro modo: ay, para cuándo una reedición ultimate de Video Girl– la serie es un alarde naif de situaciones morbosas y vergonzantes, confusiones y desaciertos pasionales que, una de dos, irritan al lector hasta el aburrimiento o, como en mi caso, lo mantienen pegado a la silla de puro y delirante y morboso goce estilístico.

Javier Fernández

21 noviembre 2009

LAS LÍNEAS SE DILUYEN. (Reflexión acerca del pasado y presente del universo Marvel)

Los tejados de la Cocina del Infierno se perfilan ya contra los tonos plúmbeos de un cansado atardecer, cuando sobre ellos vemos pasar, como una exhalación escarlata, la roja figura de Daredevil, el hombre sin Miedo… ¡Alto ahí! ¿He dicho roja, escarlata? ¡No!. Hete aquí que nuestro héroe se pasea entre las azoteas en pelota picada y en su cráneo, donde otrora luciesen las doradas guedejas, oscila al viento una soberbia cresta multicolor. Al mismo tiempo, a varias manzanas de allí, tía May y Jonah Jameson Sr. aprovechan sus frecuentes encuentros para apurar las últimas sugerencias del Kamasutra con el retrato del tío Ben al fondo, tocando las palmas.

Si dirigimos nuestra vista a muchos kilómetros de allí, observamos que los héroes más poderosos de la Tierra han trasladado su cuartel general a un club gay de Chicago donde el Capitán América procede a cambiar oficialmente el himno tradicional de: “¡Vengadores, reuníos!” por un mucho más sonoro: “¡Ay, que me da, que me da y que me da!”. Por su parte, Norman Osborn acaba confesando que lo de Gwen y él era mentira, y que todo se debió al inconfesable deseo de comerle la boca a pellizcos Peter Parker.

¡ Así, pues, todo se ha consumado!. La Era Quesada del universo Marvel ha llegado a su culmen, mientras su orondo artífice se regodea en el yakuzi, acariciando con ternura un patito de goma con la cara de Marilyn Manson.

Espero sinceramente que los aficionados al cosmos marvelita –especialmente los de rancio abolengo- sepan disculpar al que suscribe esta introducción pesadillesca. Si con ello logro hacer reflexionar al fandom sobre lo que ha sido el devenir de personajes y contextos en estos últimos años, habrá cumplido su propósito. Estableciendo una comparación entre esta sátira (que incluye un par de detalles ya perpetrados en la continuidad real) y la política editorial de la Casa, me atrevería a afirmar que las líneas se diluyen. A la desnaturalización de iconos como Gwen Stacy o la propia tía May – no sólo por cuestiones estéticas, sino por la imposibilidad de ciertas actitudes dada la personalidad con que se les definió genuinamente – se une el aluvión de acontecimientos apocalípticos que aportan cada vez más confusión e irrealidad a un universo con el que un día tantos nos sentimos identificados, precisamente por su parecido con el nuestro. Esa antigua “apacibilidad” habitual de la “sociedad Marvel”, por lo que a sus ciudadanos normales de refiere, se veía ocasionalmente truncada por inusuales macro-acontecimientos como la llegada de Galactus o la guerra Kree- Skrull. Era precisamente eso, el contraste entre la normalidad y su atípica ruptura lo que conseguía el deseado efecto de fascinación.

Invasión Secreta, Dinastía de “M”, holocaustos diversos a escala mundial, el enésimo Ragnarok asgardiano con implicaciones terrícolas… Sin negar algún que otro retazo de calidad y originalidad en los planteamientos, el hecho de que los “Apocalipsis” acaben menudeando tanto como un estornudo vulgarizan y adocenan inevitablemente un mundo de ficción antaño mucho más cercano y entrañable.

No se trata, en modo alguno, de que un grupo de aficionados “fósiles” reclamemos la vuelta de postulados y situaciones irrecuperables, tanto como la época a la que pertenecieron, sino del deseo de que presente y futuro dimanen directamente de un pasado tan glorioso como el que urdieran Stan Lee, Jack Kirby, Steve Ditko y otros genios del ayer, por encima de revisionismos delirantes.

En definitiva, cuando el cielo no se desplome a diario sobre las cabezas de unos personajes irreconocibles, podremos volver a exclamar con orgullo:

¡Excelsior!

José Luis Moreno de León.

16 noviembre 2009

BATMAN R.I.P.

Título: BATMAN R.I.P.
Autor: GRANT MORRISON / TONY DANIEL
Editorial: PlanetadeAgostini
Formato: Libro cartoné, 168 págs., color.
PVP: 16,95€
Edición original: Batman y Batman R.I.P. Deluxe Edition Hardcover nº 676-681 USA

Tras cómics del calibre de EL REGRESO DEL CABALLERO OSCURO (antes SEÑOR DE LA NOCHE, depende de la edición), LA BROMA ASESINA y ARKHAM ASYLUM, entre otros de una más o menos larga lista de títulos estimables surgidos de DC Cómics en las últimas dos décadas (casi tres) y protagonizados por BATMAN, no esperaba encontrar ninguna nueva vuelta de tuerca interesante al concepto del hombre murciélago, a sus motivaciones y personalidad. Más bien me conformaba con leer de vez en cuando alguna aventura entretenida del cruzado enmascarado que repetiría sin duda fórmulas comunes empleadas antes con mayor o menor acierto, como es habitual en esto de los cómics de superhéroes.
Sin embargo, en BATMAN R.I.P. la habitual imaginación desbordante de Grant Morrison, que parece inagotable en profusión de pequeñas y atractivas ideas que arropan barrocas tramas como las de la maxiserie (o colección de siete miniseries más especiales) de LOS SIETE SOLDADOS DE LA VICTORIA o CRISIS FINAL - por poner dos ejemplos recientes de su dilatada trayectoria de escritor - aporta a la serie regular de BATMAN un revulsivo interesante, en un ejercicio de retrocontinuidad sugerente que revisa momentos convenientemente escogidos de toda la trayectoria del señor de la noche desde sus primeros cómics hasta el presente para, colocándolos bajo un prisma diferente, hilar una trama orientada a descomponer a Bruce Wayne y su alter ego, destruyéndolo desde su propia simiente en el callejón del crimen sin desvirtuarlo y proponiendo un tono de irrealidad que lleve al lector a entrar en el juego que se le ofrece sin que el fan más purista se lleve las manos a la cabeza por las pinzas de la historia que sutilmente hurgan en las profundas heridas del origen del personaje, con momentos hilarantes tan sencillamente inspirados y plasmados con habilidad por Tony Daniel (más entintadores y coloristas, entre otros, que los cómics como el cine son casi siempre un arte de equipo) como el del BATMAN de ZUR-EN-ARRH en una cornisa charlando con unas gárgolas y el duende Batmito.
Con probable seguridad no es una gran novela gráfica como los títulos mencionados que abren esta reseña, y tampoco creará la polémica de la saga PECADOS DEL PASADO ,de J. M. Straczynski y Mike Deodato - a los lápices- , que convulsionó el pasado clásico de SPIDERMAN durante una temporada.
Es una lectura que se sigue con interés y provoca ganas de más. Además la bonita y manejable edición en tomo de BATMAN R.I.P., aunque puede leerse de forma aislada, delata claramente que está ubicada en un trama de largo recorrido en la actual serie del personaje, por lo que para su total comprensión es necesaria la lectura de números anteriores de la misma, especialmente los que sirven de prólogo a la saga, aunque no sobraría tampoco la revisión de todos los ejemplares escritos por Morrison en la actual etapa y echarle un ojo a los números clásicos revisados por él para la presente historia, que tiene una conclusión más que abierta a seguir generando nuevas desventuras para los habitantes disfrazados de Gotham.

J. A. Santiago

14 noviembre 2009

TREINTA AÑOS DE COMIX

El catálogo de La Cúpula, iniciado en 1979 y construido pacientemente a lo largo de las últimas tres décadas, es probablemente el más claro resumen de las tendencias de la historieta de ese mismo periodo. Para los amantes de lo nuevo, de lo que se cuece en el instante presente, la barcelonesa ha sido –y en buena parte sigue siendo– la editorial por antonomasia. Frente a propuestas más conservadoras, la línea de Berenguer y los suyos ha apostado desde siempre por una ética del descubrimiento, nacional y foráneo, y por la complicidad estética con los círculos underground o el hermanamiento de intenciones con las cabeceras de más riesgo de Europa, Estados Unidos o Japón.
Joven, contemporánea, elegante sin quererlo y a veces cutre –eso sí, de vocación–, la revista El Víbora (diciembre, 1979-enero 2005), primera publicación de la casa, fue el buque insignia que catapultó a Max, Martí, Nazario y Gallardo, y por sus páginas circuló un verdadero quién es quién de la historieta española que incluyó firmas tan significativas como las de Mauro Entrialgo, Miguel Ángel Martín o Álvarez Rabo. A lo largo de sus 300 números, la subtitulada revista de Cómix para supervivientes acercó al lector español lo más cañero del panorama alemán, estadounidense, francés, británico, italiano... Y cuando la tan cacareada crisis del mercado adulto del tebeo fue fulminando, una por una, todas las publicaciones que poblaban los quioscos, El Víbora volvió a reinventarse sacando el erotismo a pasear en portada y abriendo sus puertas al manga –que se había asomado ya tímidamente desde los orígenes mismos de la revista con uno de sus más geniales representantes: Yoshihiro Tatsumi–. Elasticidad frente a rigidez, la subsistencia por encima de todo. Aunque al final de la historia, como era previsible, se hizo realidad el dicho: todo lo bueno –y lo malo– se acaba. Y adiós al magazine.
Desde entonces, y dejando a un lado la monótona y exitosa cabecera erótica Kiss Comix, La Cúpula ha ofrecido una extraordinaria selección de álbumes que reflejan un gusto astuto, amplio y, en no pocas ocasiones, arriesgado. Centrándonos, por poner sólo un ejemplo, en el alternativo estadounidense, cuna de la novela gráfica contemporánea, la variedad de nombres que figuran en las filas de la editorial es amplísima y de alta calidad: Allison Bechdel, Gabrielle Bell, Jeffrey Brown, Kim Deitch, Evan Dorkin, Debbie Drechsler, Phoebe Gloeckner, David Lapham, Jason Lutes, Cathy Malkasian, Joe Matt, Tony Millonaire, Harvey Pekar, Nathan Powell, Ted Stern, James Sturm y Adrian Tomine son algunos de los nombres que vienen a sumarse a los de celebridades como Peter Bagge, Chester Brown, Charles Burns, Daniel Clowes, Robert Crumb, los hermanos Hernández o Gilbert Shelton, extensamente publicados por La Cúpula. Contar con todos ellos en un mismo catálogo es un privilegio al alcance de muy pocos. Y, como he señalado antes, se trata de un ejemplo.
Visión, valentía y eclecticismo. Después de treinta años, La Cúpula es el referente editorial de nuestro país en el campo de los tebeos y una de las mejores escuelas para estudiar el medio. ¿He dicho una de las mejores? No, la mejor.

Javier Fernández

07 noviembre 2009

PERMANEZCAN A LA ESCUCHA

Título: EL OTRO MUNDO
Autor: MIGUEL BRIEVA
Editorial: MONDADORI
Páginas: 144
PVP: 16,90 €

El surgimiento de Miguel Brieva (Sevilla, 1974) en la escena intelectual española demuestra que, pese al intenso olor a podrido, no está todo perdido.
He aquí un librepensador, o un libreprensador –parafraseando el estilo de Brieva– que podría ser algo así como el partidario de la doctrina que utiliza la razón para apretar las cosas en la prensa. Una prensa, la del autor de El otro mundo, que se asemeja a esas otras de los grandes Agustín García Calvo y Rafael Sánchez Ferlosio, dos de nuestros más genuinos intelectos, influencias confesas del sevillano y que, en sus propias palabras, no han permitido “como a menudo han hecho otros intelectuales mucho más celebrados, el desvanecimiento autocomplaciente de su compromiso político y moral” –el hedor al que antes hacía mención–.
Al leer a Brieva uno recuerda las enseñanzas de García Calvo acerca del individuo y su desempeño en el nefasto y deshumanizado mundo actual, que se vacía a ojos vista de objetivos colectivos en favor de los movimientos unísonos: “Cuando todo el mundo, creyéndose que hace lo que le da la gana, hace exactamente lo mismo que todos los demás, tenemos indicios para sospechar que, o bien hemos llegado a una sociedad perfecta y sorprendentemente bien sincronizada, o bien que se ha inducido muy hábilmente a la gente a pensar que es libre mientras que obedece de manera estricta”. Sí, podría haber sido Agustín, pero era Miguel, entrevistado en Generación XXI. Y entiéndase que cuando digo el mundo, quiero decir el nuestro, Occidente, porque no es que otro mundo sea posible, es que existe realmente a la vuelta de la autoproclamada civilización, y resulta ser más numeroso y mucho más interesante que el nuestro.
Y hay también trazas de la incómoda rebeldía de Ferlosio, esa estúpida valentía del escritor lúcido, en la subversión continua de los mensajes acomodaticios por parte de Brieva, en el esclarecimiento que provoca su mirada, la inteligente y continua construcción de estampas de la estupidez humana –Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, ¿recuerdan?– que casi siempre resultan de invertirlos estereotipos, de representar lo que se piensa si se piensa del revés. Y claro, el resultado más que un chiste es un cuadro hiperrealista. Porque, y cito de nuevo: “Pensemos si no en ese Gran Hermano que ha comenzado en Alemania, en el que ya no hay límite de duración, es decir, que es algo así como una cárcel monitorizada, o en las declaraciones de Bush acerca de la necesaria tala de los bosques estadounidenses como medida idónea para prevenir incendios. Francamente, esto es intrusismo profesional; en un mundo así, ¿qué espacio queda para los humoristas?”.
Y ahora que caigo, aún no he dicho que Brieva es humorista, aunque yo lo considero más bien un moralista, no por marcar el camino que debemos seguir sino por señalar las grietas del camino que seguimos. Y sí, qué duda cabe, es divertidísimo.


Javier Fernández

03 noviembre 2009

NO SOPORTO MI VOZ

Título: CALLING YOU
Autor: OTSUICHI (guión) y HIRO KIYOIHARA (dibujo)
Editorial: GLÉNAT
Páginas: 200
PVP: 8.95 €

En el epílogo de Calling you, su guionista confiesa: “Escribí esta historia con el objetivo de llegar a hacer algún día algo tan bueno como la novela de Jack Finney La carta de amor”. Y precisamente La carta de amor –relato, que no novela, publicado por primera vez en The Saturday Evening Post en 1959, ignoro si el fallo es de Otsuichi o de la traductora– contiene una frase que viene muy al caso para comentar el tomito editado por Glénat: “Estoy seguro que lo que pasó no hubiese pasado en absoluto si me hubiese sentido de otro modo”.
La carta de amor narra la extraña comunicación que se establece entre Jake Belknap, un joven soltero de 24 años que vive en el Brooklyn de 1959 y una tal señorita Helen Elizabeth Worley, habitante también de Brooklyn pero en la década de 1880. La relación entre ambos se produce mediante el escritorio adquirido por Belknap en una tienda de antigüedades, el mismo que perteneció a Helen casi ochenta años antes. Escondida en un compartimiento secreto, Belknap halla una vieja carta de amor fechada el 14 de mayo de 1882 y escrita al aire por la señorita en cuestión que él, embargado por una extraña y algo ominosa sensación, se decide a contestar formalmente, esto es, echando la respuesta al correo.
Y he aquí que no hay más motivación que el impulso de hacerlo, un sentimiento sin explicación, lo que, en una fantasía menos sutil, correspondería a un encantamiento. Dice también Finney –quien, por cierto y para el que no lo sepa, es el autor de la estupenda novela Los ladrones de cuerpos, la misma que ha generado una ristra de adaptaciones cinematográficas–: “La noche es un periodo extraño; las cosas son distintas de noche, como todo ser humano sabe muy dentro de sí”. Obviamente, la carta de Belknap acabará en manos de Helen, y aquel encontrará un segundo cajón secreto y una nueva carta, y... pero mejor se leen el cuento, ¿no?
Pues bien, lo que quería decir es que Calling you no puede explicarse –ni disfrutarse– sin ese mismo sentimiento inexplicable, esa suspensión de la credibilidad que en este caso toma la forma de anhelo adolescente: una chica, Ryô, estudiante de instituto, que carece de móvil y soporta una especie de exclusión social por parte de sus compañeros se obsesiona con tener uno, y lo imagina con tanto detalle que acaba contactando mentalmente –vía “telefónica”– con una mujer, Harada, y con otro chico, Nozaki, todos separados temporalmente entre sí.
La noche aquí, el periodo extraño de Finney, no es otro que la adolescencia, y el personaje de Otsuichi raya la oscuridad. Como le confiesa a Nozaki: “La verdad es que odio mi voz. Me pone enferma, no puedo oírla. ¡Tanto que me rajaría la garganta si pudiera!”. Nozaki, como cabe esperar, tratará de levantar el ánimo de Ryô, pero el final de Calling you juega con lo inesperado y el manga –apoyado en los bellos dibujos de Hiro Kiyohara– acaba funcionando como retrato de la deriva de una generación hipercomunicada.

Javier Fernández

26 octubre 2009

UNA HERMOSA ADAPTACIÓN

Título: CORALINE
Autor: P. CRAIG RUSSELL
Editorial: ROCA
Páginas: 186
PVP: 18 €

Coraline es la adaptación gráfica de la celebradísima y multipremiada novela homónima del británico Neil Gaiman (Portchester, 1960), que data de 2002 y que en el año en curso ha saltado a la gran pantalla, al musical e incluso al lenguaje binario de los videojuegos. El cómic vino un poco antes, en 2008, luego les hablo de él.
La reputación de Gaiman se cimentó precisamente en el mundo de la historieta, allá a finales de la década de 1980 cuando el impacto del también británico Alan Moore permitió el desembarco en la industria estadounidense de una oleada de firmas procedente de las islas. Concretando y por simplificar, su éxito puede atribuirse a los 75 números que componen The Sandman (1989-1996) –especiales y novelas gráficas aparte–, una larga saga de fantasía de la editorial DC protagonizada por Morfeo, Señor de los Sueños, quien es liberado en la actualidad luego de permanecer siete décadas prisionero por causas místicas y que, desde ese momento, ofrece al lector un colorido periplo por diversos mundos de la imaginación –incluido el nuestro, en diferentes épocas– caracterizado por el ingenio, la mezcla de géneros, la acumulación de referencias literarias y el eclecticismo estético. Lo cierto es que, más allá del fárrago y la artificialidad de muchos de sus pasajes, la serie contiene diversos destellos de brillantez y una eficacia modélica que le hizo granjearse una excelente recepción crítica y un interés aún mayor por parte del público.
Convertido en autor de culto desde entonces, recubierto de una pátina de prestigio, su trayectoria es la de un escritor correoso que dispone de buenas ideas, un estilo bien definido y un pequeño aunque sobradamente probado arsenal de recursos narrativos que combina con una importante dosis de autocomplacencia, un excesivo gusto por el truco argumental y un abuso del pastiche. En mi opinión, casi todos sus trabajos resultan atractivos en una primera lectura, pero pocos de ellos interesan en la segunda. Y es que Gaiman, tan dado al uso decorativo de símbolos y motivos, es cualquier cosa menos denso.
Pero no quiero dar una falsa impresión. Hablamos de un tipo listo al que hay que reconocer su filiación con palos del género de la fantasía que no siguen los gastados cánones de Tolkien –algo muy de agradecer, pues Tolkien sólo hay uno–, posee un lenguaje fluido y cierto sabor, no muy penetrante pero bien definido. Y Coraline es uno de los mejores ejemplos de su literatura, un libro infantil que juega acertadamente la baza del terror.
En fin, como quiera que de lo que se trataba de hablar aquí era del tebeo de P. Craig Russell (Ohio, 1951), premio Locus 2009 al mejor libro de arte y premio Eisner 2009 al mejor álbum juvenil, y no de la novela, y puesto que se me ha acabado el espacio, trataré de resumir tras los dos puntos el trabajo de este esteticista –un Ditko domesticado– especializado desde hace años en tareas de adaptador: Magnífico.

Javier Fernández

19 octubre 2009

“EL CIELO QUE CUBRE LA PATRIA MÍA”

Título: CARLOS GARDEL. LA VOZ DE ARGENTINA
Autor: MUÑOZ & SAMPAYO
Editorial: PLANETA DeAGOSTINI
Páginas: 64
PVP: 9,95 €

El arte de los argentinos José Muñoz (1942) y Carlos Sampayo (1943) es incomparable. Por separado han realizado trabajos notables pero juntos, amalgamados ambos en la firma Muñoz & Sampayo, constituyen uno de los hitos principales de esta forma de expresión que es la historieta. Hablar de Muñoz & Sampayo, dibujante y guionista respectivamente, es hablar de una leyenda viva que engrandece el medio y lo reinventa en una obra rica y extensa jalonada de obras extraordinarias. A ellos se deben trabajos capitales de la historia del cómic como la serie Alack Sinner, sobresaliente de principio a fin, compuesta hasta la fecha por ocho volúmenes, algunos de los cuales, como Encuentros y reencuentros o Nicaragua, podrían ser utilizados para delimitar la excelencia. O Sophie y Sudor sudaca, dos álbumes dolientes, de belleza extravagante y bastarda, intercontinental, que mira a los ojos a su ascendiente occidental con rasgos –rostro, voz, olor, color de piel– completa y rabiosamente criollos.
Editada originalmente en francés en 2008, Carlos Gardel. La voz de Argentina es la traducción a nuestro idioma –aprovecho desde aquí para agradecer la edición a Planeta– de la nueva colaboración del dúo, un trabajo que ofrece cierta transparencia en comparación con las mejores obras del equipo creativo pero que se sitúa a altísimo nivel, gráfica y literariamente.
El Gardel de Muñoz y Sampayo es, en palabras de ambos: “nuestra declinación de la vida de Carlos Gardel, y cuando decimos declinación no queremos insinuar que se trata de una interpretación, sino más bien de una obra artística basada en aspectos de la vida de un artista”. La anécdota narrativa toma como punto de partida un debate televisivo en torno al cantante mantenido por el doctor Delfín Leocadio Barrasa, “la mayor autoridad mundial sobre Gardel”, y Horacio Herrera Schwartz, un sociólogo especialista en identidad nacional, que es, a su vez, visto por diversos espectadores entre los que destaca un tal Romualdo Nerval, imitador de Gardel. La mirada poliédrica permite a los autores ir acotando distintas escenas del ídolo en formación desde diversos puntos de vista, sin dar nada por sentado. Y este parece ser el sentido último del análisis propuesto: la ambigüedad. Gardel murió en Colombia en un accidente de aviación pero quizá fue en realidad asesinado por Nerval; Gardel canta para los políticos conservadores pero también para los comunistas; su relación con las mujeres puede sugerir una homosexualidad aunque quizá se trate sólo de un respeto beatífico a la figura materna; o, dicho de otro modo, el que será símbolo nacional ¿nació en Argentina? ¿En Francia? ¿En Uruguay?
Y es que, en última instancia, esta libre aproximación al “argentino ideal” encierra, por vía de la especulación estética, una meditación sobre la propia identidad de Argentina: “Barrasa: Algunos testigos demuestran que Gardel había puesto muy alto el listón de la identidad nacional. Herrera S.: ¿Nacional, de qué nación?”.

Javier Fernández

13 octubre 2009

UN PUÑADO DE GRANDES TEBEOS

Hoy, sin más, me gustaría compartir con ustedes un desordenado vistazo a las publicaciones recientes de Glénat, la filial española de la editorial gala fundada por Jacques Glénat a comienzos de la década de 1970.
Observando las novedades del año en curso –y procurando no retroceder demasiado– uno encuentra virguerías como la edición integral en un tomo de las páginas ácidas e iconoclastas de León el terrible, de Wim T. Schippers y Theo Van Den Boogard, aquella estupenda serie de humor absurdo y sin concesiones que aquí pudimos leer dentro de cabeceras como Cairo y Tótem –qué tiempos aquellos–. León iluminó mi juventud con su estúpida lucidez, y me hace realmente feliz volver a verlo por estos lares. Mayor respeto aún produce la reedición en un solo tomazo de Sambre, de Yslaire y Balac –este último aparece sólo en los inicios de la serie, comenzada en 1986–, un drama histórico de atmósfera gótica y voluntad romántica, melancólico y apasionado, situado en épocas de la revolución francesa y que es, sencillamente, uno de los tebeos más extraordinarios, delicados y hermosos que ha dado el cómic europeo en las últimas décadas, quizá a lo largo de su historia.
Siguiendo con las reediciones, Glénat ha devuelto a los anaqueles Los náufragos del tiempo, otra emblemática serie europea de los 70 y 80, debida en este caso a Paul Gillon y a un siempre histriónico Jean-Claude Forest –que firma el guión de los cuatro primeros episodios–, desaliñado y sin complejos. En total son diez álbumes, recopilados ahora de dos en dos, de una magnífica space opera futurista cuya primera edición española quedó interrumpida hace más de veinte años y que desde aquí recomiendo vivamente por su loca inventiva, su calidad creciente y la elegante finura del trazo de Gillon.
Cambiando el tercio, del mangaka Suehiro Maruo ha visto la luz La extraña historia de la isla Panorama, adaptación de la novela homónima del escritor Ranpo Edogawa que me atrevo a incluir en esta lista sin haber tenido aún oportunidad de leer por la fascinación que despierta en mí este autor raro y perverso al que sigo incondicionalmente. Furioso y truculento, el arte de Maruo marca, en mi opinión, una de las cimas del manga contemporáneo con su imaginería transgresora, sangrienta y perturbadora. De cualquier modo, en esta ocasión, el artista nacido en Nagasaki abandona los motivos habituales y se explaya tiernamente en un estilo puramente esteticista.
Y para acabar, incluyo en mi repaso la colección en cuatro volúmenes The One Pound Gospel, de mi adorada Rumiko Takahashi, que, de las obras citadas, es la que más tiempo lleva en las librerías. Comedia romántica protagonizada por un joven boxeador y una monja, The One Pound Gospel es un ejemplo más de la formidable calidad de la autora de Maison Ikkoku, quien vuelve a desplegar aquí una narrativa aparentemente sencilla pero que esconde esa maestría incomparable que la sitúa entre los más grandes creadores de este arte llamado historieta.

Javier Fernández

03 octubre 2009

CLAROSCURO MENTAL

Título: TRÁGAME ENTERA
Autor: NATE POWELL
Editorial: LA CÚPULA
Páginas: 220
PVP: 20 €

El caso es que andaba yo dudando entre escribir una crítica discreta de Trágame entera o pasar directamente del tema, pues confieso que la lectura de la primera novela gráfica de Nate Powell (Arkansas, 1978) me ha dejado bastante indiferente, cuando al revisar el palmarés del citado tebeo encuentro que va camino de convertirse en una de las obras mas celebradas de los últimos tiempos.
Apunten: ganadora del premio Ignatz al debut más destacado de 2008, ganadora del premio Eisner de 2009 a la mejor novela gráfica original –premio en el que también estuvo nominada en las categorías de mejor dibujante y mejor rotulado–, finalista del Los Angeles Times Book Prize –y ojo aquí, que Trágame entera es la primera novela gráfica que logra entrar en esta lista desde la inclusión del mismísimo Maus de Art Spiegelman en 1992–, nominada al premio de la Young Adult Library Services Association (YALSA) de 2010 a la mejor novela gráfica para jóvenes y, cerrando el círculo, ganador de nuevo del premio Ignatz, pero esta vez en la reciente convocatoria de 2009 y en la categoría de mejor dibujante.
Y bueno, les dejo ahí el párrafo anterior –un poco densillo, no nos engañemos– para que vean que uno hace las tareas y también para que conste que el álbum en cuestión es una de las sensaciones de la temporada. Dicho lo cual, me pongo a lo mío que, en este caso, es opinar.
Sin querer restar méritos a la narrativa ordenada y fluida de Nate Powell, Trágame entera adolece desde mi punto de vista de la intensidad necesaria para sacudir y embriagar al lector y del vuelo propio de una gran obra. Ingredientes que sí caracterizan, por ilustrar el asunto, a dos novelas gráficas de la última década tan impactantes como Blankets, de Craig Thompson, y Agujero negro, de Charles Burns. Traigo estas a colación porque, con ambas, el trabajo de Powell guarda relación temática: el análisis del aislamiento de unos jóvenes con taras comunicativas y de integración social; si bien el hilo que une Trágame entera con el trabajo de Thompson traspasa lo temático para alcanzar también una cierta filiación estética.
De todas ellas, no me cabe duda que es la historieta de Burns la que habita a mayor altura por su capacidad metafórica y su magistral y sofocante atmósfera que, siendo irreal, nos obliga a considerarla en plano de igualdad con la realidad. El libro de Thompson es emocionante y sentimental, y está apoyado en el alarde expresivo del autor. Pero lo de Powell, lo he dicho antes de otra manera, falla en la construcción de la metáfora: una pareja trivial de hermanastros adolescentes azotados por la enfermedad mental que se refugian en una serie de trastornos compulsivos de lo más anodinos –nótense los adjetivos trivial y anodino–; y también falla en la expresión: eficaz, delicada si se quiere, pero tibia en exceso, carente del ardor o el frío que, en definitivas cuentas, separa la mediocridad de las cotas elevadas.

Javier Fernández