28 julio 2011

HABLA, HIJO MÍO

Título: BINKY BROWN CONOCE A LA VIRGEN MARÍA
Autor: JUSTIN GREEN
Editorial: LA CÚPULA
Páginas: 72
PVP: 18 €

Dice Robert Crumb en la contraportada de Binky Brown conoce a la Virgen María que Justin Green fue “el primer, completamente el primer dibujante que creó comics autobiográficos profundamente personales”, y sirve la frase de Crumb como reclamo publicitario, pero –sea o no exacta la afirmación– el hecho es lo de menos. Lo discute el propio Green en su extenso epílogo, tan interesante, si cabe, como la propia novela gráfica: “La autobiografía es un fait accompli, una fruta lista para ser cosechada. La historia de Binky era contingente en mí habiendo visto los primeros trabajos de otros historietistas underground. Además del Retrato del artista adolescente, de Joyce, había leído El lamento de Portnoy, de Philip Roth y La trilogía de Studs Lonigan, de James T. Farrell”. Véase que Green no sólo no se adjudica la medalla de haber inventado el subgénero sino que relaciona su pretendida obra biográfica con tres joyas de la ficción literaria del siglo XX, tres novelas. O, por acercarnos lo máximo posible, con tres ejercicios de ocultación biográfica en la ficción. Y es que subyace en la modestia de Green la clara sugerencia de que todo artista tiene algo de autobiógrafo y que toda biografía es similar a la ficción. Y visto así, quién ha inventado qué.
Pero no quiero con esto restarle mérito al libro –válgame Dios, o la Virgen María, que diría Binky Brown–, muy al contrario, lo que pretendo es darle su auténtico valor al relato, una de las piezas más singulares, valientes y hermosas que conozco, y, sí, pionera en la historia del medio, pero ¿en qué sentido? Lo dice esa representación de El colgado, arcano mayor del tarot, en la página de créditos, que representa la introspección, la inacción como forma de germinación: “Oh, lectores míos, la saga de Binky Brown no la hice únicamente para que vosotros os entretengáis, sino también para purgarme de la neurosis compulsiva que sufro desde que abandoné oficialmente el catolicismo”. Porque, bien mirado, también en Binky Brown conoce a la Virgen María la religión católica pasa a un segundo plano, es un mero catalizador que permite el surgimiento del verdadero tema del libro: el desorden obsesivo-compulsivo.
Bajo esta óptica, y siempre siguiendo el epílogo de Green, la portada del álbum dibuja otro arcano, La fuerza, símbolo de los comienzos, y la Virgen María que sostiene la cabeza del postrado protagonista deja de ser un icono cristiano para convertirse en el elemento jungiano que “urge a Binky, el león cobarde, a tener valor para hablar, a confiar en que su verdad personal, aunque extraña y desoladora, es definitivamente válida”. Dice Green: “tengo que concederme un mérito que sí me merezco” y no es otro que haber realizado el primer “trabajo literario consciente” sobre la enfermedad que padece, el desorden ya citado. Y opino que es una experiencia inaudita y alucinante vivir en la cabeza de Binky Brown –tan similar a su autor como lo son entre sí Joyce y Stephen Dedalus– y ver el mundo desde su perspectiva desquiciada y sorprendente, aunque sólo sea por espacio de cuarenta páginas.
“El underground es un terreno de extrema pobreza”, nos recuerda Justin Green, y está claro que no se refiere a la pobreza artística. En esto el underground es una bolsa petrolífera, y Binky Brown conoce a la Virgen María un pozo inagotable.

Javier Fernández

21 julio 2011

¿QUÉ PENSARÁ DITKO DE TODO ESTO?

TITULO: Spiderman. Fiebre (Marvel Graphic Novels). AUTORES: Stan Lee, Brendan McCarthy, Steve Ditko, Brendan McCarthy. FORMATO: Libro cartoné, 96 páginas a color. PRECIO: 11€


Hace años que me desenganché (¿desengañé?) de la serie regular de Spiderman. Cuando tus primeros tebeos de Spiderman estaban guionizados por Stan Lee y dibujados por Steve Ditko y después por Buscema, llega un momento en el que dices esto no es lo que era. No viene a cuento recordar cuándo lo dije o cuando me hice demasiado viejo. Pero durante todos estos años no he dejado de echar de vez en cuando un vistazo a las paredes a las que se agarraba Peter Parker. He gastado dinero tontamente para encontrarme con recopilatorios en los que encontraba a un Spiderman que no identificaba. No lo digo porque iba vestido de negro. Claro que la culpa la tenía yo, por creerme propaganda del tipo “aventuras visualmente apasionantes” o “las aventuras que suponen el cambio más importante etc etc”. ¿Y qué me encontraba? Pues me encontraba lo mismo que cuando te dicen vente a jugar al fútbol a tal sitio que es un campo de césped y cuando llegas resulta que es un patatal, lleno de jaramagos y en el que, si sigues leyendo, acabarás con el tobillo hecho mistos. Podría poner numerosos ejemplos, pero basta con “una de las etapas más recordadas por los lectores del trepamuros”, en la que un sobrevalorado Todd Mc Farlane intenta hacerse famoso con los (estúpidos e infantiles) guiones de David Micheline. Si la Mary Jane es, por exigencias del guión, una ama de casa desprovista de la gracia y libertad que esta muchacha siempre había mostrado y es convertida en un 0 a la izquierda (¿por ser mujer casada?), peor es la imagen que Mc Farlane le da: una muñeca hinchable de esas que salen como relleno en el Playboy, que todos sabemos que enseña menos que el Penthouse.
Menos mal que entre tanta morralla que aprovecha la franquicia del trepamuros, a veces llegan episodios que te devuelven la fe, no en el héroe, sino en los escritores y los dibujantes. Así le ocurre al Cacería Macabra guionizado por Joe Kelly y Michael Lark, en donde la sangre sale a borbotones de las páginas, la estirpe de las arañas sale mal parada y no menos la de Kraven el Cazador. Confieso mi predilección por los dibujos de Lark, a quien conocí en su etapa en Daredevil y en Batman, pero no es menor el buen hacer del guionista para completar una obra que no desmerece al personaje de Lee y Ditko.
Dicho esto, voy a lo que iba, que no era otra cosa que hablar de la novela gráfica Spiderman Fiebre de Brendan Mc Carthy, publicada primorosamente en tapa dura y que contiene los tres episodios americanos de esta fiebre, además del Annual 2 USA de 1965 en el que el trepamuros y el Dr. Extraño, las dos grandes niñas de sus ojos de Steve Ditko (junto a Stan Lee), se enfrentan a los malos. ¿Qué pensaría Ditko de todo esto? esa es la cuestión. Cada lector tendrá su opinión, pero no me cabe duda de que Ditko, si el Fiebre ha llegado a sus manos, lo ha leído hasta el final. Dudo, por contra, que haya leído más de cuatro páginas del Spiderman Micheline-Farlane y otras inmundicias. Aquí podría acabar este artículo, puesto que no tengo ni la más remota idea de lo que pensaría Ditko, un tipo raro que creía en la filosofía del objetivismo del filósofo Ayn Rand y que consiste en que o eres bueno o eres malo, no hay término medio. No acabará porque el trabajo de McCarthy en Spiderman Fiebre es, como poco, valiente, además de singular, psicodélico (¡ole!) y transgresor. Aunque se trate de un homenaje a Ditko hasta el punto de que la portada del primer número americano imita el citado Annual del 65, el autor escapa allí donde puede de su influencia. No lo hace en la parte gráfica, donde la sombra del Dr. Extraño de Ditko es tan alargada que el supuesto protagonista, Spiderman, es un injerto en el yeyé mundo del maestro de las artes místicas; pero sí lo es en el guión, donde esos submundos, ultramundos y otras dimensiones y puertas astrales del Extraño son “vividos” por Spidey, algo que no hace el Spiderman de Ditko en el mencionado Annual porque en él, el mundo del doctor era apenas un detalle para dar color a la realidad del mundo de Spiderman. Esa es la virtud de este Fiebre, aunque luego te encuentres con personajes secundarios prescindibles, especialmente la señora Ningirril, que parece escapada de otro sitio. A pesar de ello, el Fiebre podrá gustar más o menos, pero hay que ponerlo aparte, en un cajón que podría llamarse “lo que hubiese sido de Spiderman si Ditko no se cabrea con Stan Lee y sigue adelante”. Por último, este tebeo, no exento de ironía, tiene otra virtud pues en él, uno de los personajes, se hace la eterna pregunta sobre Spiderman: Es un hombre o es una araña. Claro que, en este caso, el personaje que se hace la pregunta -que no es Peter Parker- es un tal Rey Korozon que tiene la particularidad de ser una araña; una araña algo antropomorfizada. Ni los creadores de Los Simpson se hubiesen atrevido a tanto.

Fernando González Viñas

12 julio 2011

LA ODISEA

Título: Wonder Woman Nº 01: ODISEA. Autores: Geoff Johns, George Perez. Formato: Rústica, 200 páginas a color. Precio: 16,95 €.

El primer número de la nueva colección de Wonder Woman, un tomo titulado "Odisea", es una especie de reboot del personaje dentro de la continuidad de siempre, aunque la recreación de su particular subuniverso dentro del gran marco de ficción de DC Cómics, ideada por el popular J. Michael Straczynski habría encajado bien con el peculiar y alternativo origen actualizado de Superman descrito en el reciente SUPERMAN: TIERRA UNO, por el mismo escritor y ubicado para mayor libertad creativa en otro de los 52 universos actuales de los que dispone la editorial (en cuanto a superhéroes) para jugar con sus personajes más relevantes. Ambas nuevas reinterpretaciones (las del Kal-El de Tierra Uno y esta un tanto atípica Diana de Themyscira) disfrutan de un barniz cool de lo más efectivo que recuerda al que lucen las estrellas de la competencia en la más veterana línea Ultimate de Marvel Cómics, renovadora (con cada vez mayor libertad para distanciarse de sus modelos originales) de personajes de siempre como Spiderman y Los Vengadores, llevándolos en ocasiones hasta territorios impensables, al menos hasta hace poco, en sus colecciones de toda la vida.
Pero esta Wonder Woman que nos han cambiado, en principio parece estar en el Universo Dc clásico que todos conocemos, lo que añade la intriga acerca de qué ha sucedido y porqué su mundo se ha "movido" (copiando la expresión de la introducción habitual de los tebeos de LA TORRE OSCURA "..en un mundo que se ha movido.."). Un mundo que integra ahora la mitología de la princesa amazona y su reino en un contexto radicalmente distinto, que la emparenta (en una vertiente mas heroica, eso sí) con la premisa original de la larguísima y apreciada serie de la línea Vértigo FABULAS (donde se ubica a los personajes de los cuentos populares europeos en un forzado exilio en el mundo de los humanos, manteniendo su sociedad en secreto infiltrada en la nuestra, no sin numerosos puntos oscuros y sórdidos), y con la miniserie GREEK STREET (posiblemente deudora de FABULAS) en la que asistimos a la repetición cíclica de los arquetipos y mitos griegos en el Londres actual.
Ambas series adultas de Vértigo posiblemente deban mucho también en parte de su concepción a la ya clásica SANDMAN, más onírica, poética y literaria (puede que también más irregular en cuanto a resultados en su largo recorrido de 75 números más multitud de especiales y series relacionadas), pero probablemente del todo influyente en buena parte del cómic americano actual, llegando algunos de sus ecos más diluidos pero igualmente sugestivos hasta esta "nueva" e interesante Wonder Woman y su Odisea particular.
Dioses, Eternos y gigantes caminan de nuevo entre nosotros. Como proponían los argumentos iniciales de Gregory Widden para los films LOS INMORTALES (de los 80) y ANGELES Y DEMONIOS (de los 90, con Elias Koteas y Christopher Walken, dirigida por el propio Widden) buscadlos en los más oscuros callejones.

J.A. Santiago

04 julio 2011

DELIRIO POP CON VERTIGO

Título: YOUNG LIARS

Autor: DAVID LAPHAM

Editorial: PLANETA DeAGOSTINI

Páginas: 432

PVP: 32 €

Vuelve David Lapham con una nueva serie.Obra publicada por DC Cómics a través de Vertigo la cual tuvo que ser cancelada por malas ventas en su número 18 (Agosto 2009)....No se echen las manos a la cabeza,mis queridos lectores,vayamos por partes.
Espero que muchos de vosotros recuerde a éste autor por su gran renovación del género negro llamada 'balas perdidas',obra que ningún lector de cómic que se precie debe perderse.
Balas perdidas sigue inconclusa tanto en EEUU como en España(aquí se publicaron todos los números editados en su país de origen),y mientras a Lapham se le ocurren nuevos guiones para su serie estrella,se dedica a escribir otras obras tan interesantes como Mátame (La Cúpula),o Silver Fish (PlanetaDeagostini),y trabajos alimenticios en la serie regular de Batman,Fábulas o la serie de vampiros 30 días de noche.
Echaba en falta como lector y seguidor suyo una obra que rompiera moldes y que me marcara,como en su primera obra importante,porque observaba que no llevaba un buen camino,todo sea dicho.
Y parece que esa obra me llegó sin esperarlo publicada por PlanetaDeAgostini en un sólo tomo integral de más de 400 páginas a color que recopila los 18 números que consta ésta serie.
Después de leída y de dejar pasar un tiempo prudencial,tengo que decir que Lapham ha escrito posiblemente su mejor obra.Es una serie ambiciosa y experimental,dónde se dá rienda suelta a todo un universo personalnarrado de forma magistral(aunque en ocasiones pide mucho por parte del lector lo que puede ocasionar un ritmo lastrado por la incertidumbre de lo que está pasando).
Su argumento a priori puede parecer de una facilidad pasmosa:'Danny Noonan era otro veinteañero sin rumbo, un perdedor con un trabajo de mierda y un grupo que no iba a ninguna parte, hasta que conoció a Sadie, la salvaje hija de un magnate retorcido cuyas perversiones son aún más letales (si cabe) que sus asesinos a sueldo'.
A medida que avanza la serie empieza a ser más y más confusa para tejer todas las líneas argumentales de que constan los 18 números,utilizando recursos muy acertados como saltos temporales,elipsis muy conseguidas y todo ello dá como resultado(entre otros temas que no vamos a desvelar aquí...),una realidad de la juventud de hoy en día dolorosa y difícil donde nada es lo que parece.
El cambio de rumbo que existe en la serie regular,aproximadamente por la mitad de la misma,te hace revisar de nuevo todo lo leído anteriormente.Personalmente no me esperaba algo así,y eso hizo acrecentar más mi interés por esos personajes que se pasan toda su vida engañándose a sí mismos y a los demás e ír por la vida creyendo que lo pueden solucionar todo con la violencia.
Como 'pero' se le puede reprochar cierta precipitación en los últimos números,que te deja la sensación de serie incompleta,pero en defensa de Lapham hay que decirque fue una imposición por parte de la editorial debida a su cancelación prevista por la misma.
Pienso que se deben acercar a ésta serie lectores que tengan la mente muy abierta,porque para zambullirse en ésta mezcla tan delirante que nos está ofreciendo ésta mente tan inquieta hay que estar preparados.
A los que no les guste el delirio pop(por intentar sintetizar algo de temática...),como siempre digo,que se mantengan alejados lo máximo posible.
Me hubiera gustado saber lo que hubiera dado de sí la serie sin la cancelación tan apresurada....¿Estaríamos ante un nuevo clásico del cómic moderno?
Tal como se ha quedado,os puedo asegurar que aguanta lecturas y reelecturas,no cabe la menor duda.
Un experimento demencial,pero a la vez,genial.

Francisco Jose Arcos Serrano

20 junio 2011

EL DÍA ANTES DE SER MAYOR

Título: LA VIDA CON MR. DANGEROUS
Autor: PAUL HORNSCHEMEIER
Editorial: ASTIBERRI
Páginas: 160
PVP: 21 €

Cuando era más pequeño celebraba la publicación de determinados tebeos como si me invitasen a salir. Estaba convencido de que, por ejemplo, los tomos de Crepax lucían en el escaparate sólo para mí, o los de Breccia. Y la niña de mis ojos era Raúl… Recuerdo la vez aquella que llegó un saldo de doce ejemplares de Fe de erratas y compré la docena, que todo sumado era un pico a pesar del descuento. Me los llevé de impulso, para regalarlos como el que reparte puros en la boda, y, sí, los di todos menos ese que aún atesoro como oro en paño.
Pasa que con los años, las mudanzas, lo limitado del espacio y el dinero que escasea, se va uno templando. También porque se ha leído el manso –y porque hace que Raúl no publica tebeos, todo sea dicho–. Sea como sea, el mundo cambia y a uno le gusta notarse crecer y así es que pongo antes mi interés en lo que no conozco que en lo conocido, en plan viejo verde. Aunque en esto de los tebeos me quedan aún varias filias, digamos dos, una que roza la devoción y otra que también. De la primera no les hablo porque hoy no toca, y la segunda es Paul Hornschemeier.
Claro está que cada cual tiene su gusto, que hay quien prefiere las anchoas a los boquerones en vinagre, etcétera. Si saben algo de tebeos habrán visto que he nombrado a un puñado de formalistas, y me viene a la cabeza –lo tengo abierto en el atril, no se crean– la entrevista que le hizo Gary Groth a Hornschemeier en el Mome. Empezaba precisamente así: “Me parece que tuviste una preocupación bastante temprana por los aspectos formales del cómic”. Directo al meollo. Unas líneas después, Hornschemeier reconoce que se pasó varios años estudiando el trabajo de Clowes, y se le nota, como a casi todo el mundo. Porque, según se mire, Clowes es más experimental que el Quimicefa. Pero, a ver, el autor de La vida con Mr. Dangerous hace ya que dejó atrás la casilla de partida y lleva años andando solo la historieta, fabricando una gramática de lo inasible, comunicando lo incomunicable, dibujando la imprecisión epistemológica, la duda, y sí, está también el aspecto indie de su poética, aunque eso son anchoas y yo prefiero los boquerones.
Por otra parte, seguramente sea Hornschemeier el tipo más listo de su generación y, sus tebeos, goces amables y perturbadores a un tiempo. Como este La vida con Mr. Dangerous, que es puro naturalismo contemporáneo, y explica con la precisión de un cirujano por qué uno que lleva un largo encierro apaga la televisión y sale a la calle, el momento justo en que se madura, el proceso por el que el estatismo se transforma en acción y de la deriva surge porque sí la aceptación de uno mismo. Y si no lo explica al menos lo ejemplifica con Amy Breis, esa lunática de medio pelo obsesionada con los dibujos animados de Mr. Dangerous hasta que…
Ea, pues ya saben que cuando sale un tebeo de Hornschemeier, en mi casa es día de fiesta. Para colmo, los edita Astiberri, miel sobre hojuelas. El tebeo perfecto.

Javier Fernández

14 junio 2011

LO CÓSMICO Y LO COTIDIANO

Título: ANTOLOGÍA AMERICAN SPLENDOR. VOL 1
Autor: HARVEY PEKAR Y OTROS
Editorial: LA CÚPULA
Páginas: 196
PVP: 20 €



Cleveland. No sabe uno ni dónde está. Bueno sí, en Ohio, por ahí donde los Grandes Lagos. En Estados Unidos, eso seguro. En fin, Cleveland, he ahí una ciudad sin glamour; y sin embargo hay al menos tres cuestiones que la convierten en un punto clave de la geografía tebeística norteamericana, un vórtice mágico, un volcán.
1932. Dos chavales de 17 años capean en Cleveland el temporal de la Gran Depresión. Uno ha nacido allí, el otro es un canadiense emigrado. La economía se va al garete y tienen la ocurrencia de inventar un villano calvo de poderes telepáticos que pretende el domino del mundo. A falta de mejor nombre lo bautizan “el super-hombre”, como ese de Nietzsche capaz de generar por la voluntad de poder su propio bien y su propio mal. Un año después, le dan un lavado de cara al personaje, le ponen pelo, lo convierten en héroe, pero le mantienen el nombre. Oye, Jerry, ¿y si lo hacemos extraterrestre? Vale, Joe, dibújale una S en el pecho, la S de Superman. Y sí, el mundo ya no volvió a ser el mismo.
1975. Después de meses de caer y caer por un vórtice dimensional, otro insigne extraterrestre, sumido en pensamientos de duda sobre su propia existencia, se da de plumas contra Cleveland en las páginas del número 4 de un tebeo con el ridículo nombre de Giant Size Man-Thing, que en la vernácula viene a ser “el hombre cosa de tamaño gigante”. Se trata del pato Howard, la genial parodia de aquel Superman de Siegel y Shuster ideada por Steve Gerber, un símbolo formidable del cruce de la cultura popular con el underground, del mainstream con la contracultura. Y en Cleveland, mira tú por dónde, fijará su residencia el hombre-pato.
1976. Harvey Pekar cierra el círculo y completa, precisamente en Cleveland, el derribo de Superman iniciado por Gerber. Animado diez años atrás por Robert Crumb, quien le persuadió de las posibilidades narrativas y la sencillez productiva del medio de la historieta, Pekar se lanza al fin a la aventura y autoedita y distribuye American Splendor, una de las más célebres cabeceras de la historia del tebeo gringo independiente, hito del arte confesional que describirá durante más de treinta años el día a día del hombre común, del working class hero, de uno de nosotros. El superhombre escrito por Pekar –y dibujado en aquel primer número por Gary Dumm, Greg Budgett y el propio Crumb, entre otros– no es extraterrestre, sino hijo de emigrantes polacos; no es un símbolo ni una parodia, es real como la vida misma; no vuela, subsiste; no tiene identidad secreta, y a menudo duda de tener siquiera identidad propia.
Los tres citados son monumentos pop, y fíjense que el primero ha derivado en mito, lo que embrolla todo análisis; que el segundo sigue inédito en nuestro idioma tres décadas y media después –y reclama una edición crítica que proporcione al lector el sustrato histórico necesario para apreciarlo–; y que el tercero, popularizado por el filme de 2003, nos había llegado sólo en volúmenes escasos y coyunturales. Hasta hoy, que La Cúpula nos ofrece una espectacular antología de esta gran novela americana de reciente cuño. Lo cósmico y lo cotidiano en la calles de Cleveland. Quién lo iba a decir.

Javier Fernández

07 junio 2011

EL PUÑETERO BATMAN

Título: ALL STAR BATMAN Y ROBIN
Autor: FRANK MILLER (guión) y JIM LEE (dibujo)
Editorial: PLANETA
Páginas: 256
PVP: 20 €


Vale, lo reconozco, me he tomado mi tiempo. El tebeo salió en 2009 y pasé de comprarlo; un amigo se ofreció a prestármelo –en inglés– y pasé de leerlo; lo he tenido frente a mí mil veces y me he vuelto a mirar para otro lado. Pienso que si me lo hubiese topado en la calle, tirado por el suelo, lo habría pisado y habría seguido caminando. Quizá suene a excusa, pero han de saber que a todo contribuye el que el citado amigo me previniese de la ínfima calidad del tebeo, amén de que obtuve esa misma impresión de las dos o tres críticas que uno, de natural curioso, fue cazando por aquí y por allí. El caso es que, ahora que lo pienso, no han sido dos o tres, sino cuatro o cinco o seis, bueno, tantas que al final no he tenido más remedio que comprármelo. Y leerlo.
Vamos por partes. De los dibujos de Jim Lee no hablo porque parece que habemus consenso, que el cien por cien opina que son morrocotudos y no voy a ser yo menos. Y además, viene siendo tradición darle cinco estrellas al dibujante surcoreano de nacionalidad estadounidense, ya incluso desde los estropicios aquellos primeros de Image, de los que se salva en casi todas las palestras. Pero, ay, que la cosa la perpetra también Frank Miller. Y claro, Miller es un ícono –así, con acento en la i, para que suene más divo–, y nos hizo flipar a todos con su Daredevil, que es tan común citarlo que resulta ya hasta burdo. Y fue él el que redefinió precisamente al cruzado enmascarado o al cruzado de la capa o como leñe se le diga al tipo este que protagoniza las películas de Christopher Nolan –las cuales, por cierto, son adaptaciones sui generis de los tebeos de Miller, ya lo habrán notado–. Me refiero, ustedes lo saben, a Batman; y lo de Miller, por no abandonar el terreno de lo consabido, es The Dark Knight Returns y Año Uno –también está el DK2, que vino luego, pero de este no les hablo, o, mejor dicho, convengamos que lo que escriba del All Star Batman y Robin sirve para ambos.
¿Por dónde iba? Ah, bueno, sí, el All Star Batman y Robin, lo último de Batman escrito por Frank Miller –así resumido no tiene tanta gracia–. ¿Que qué me parece? Pues una virguería, ¿no? Y ojo, en el sentido coloquial del término, no en el resto de acepciones del DRAE. Aclarémonos, me vale la cuarta entrada: “Cosa excelente, extraordinaria”. Porque a ver dónde se ha visto un tebeo de superhéroes tan honesto como este, tan avanzado en su concepción del superhéroe, tan divertido, tan canalla, tan sincero. Los hay pares si se quiere –y personalmente prefiero los de Gerber, aunque, claro, estos los prefiero a casi todo–, pero no mejores. Los muchachotes de las mallas que pululan por el All Star son una patada en el estómago, sí, fascistas, sí, desquiciantes, vale, más serios que el copón y pelín sádicos. Si las rotativas imprimieran fragancias me puedo imaginar el olor del nuevo Batman. Es ultimate, está como un cencerro, tiene el léxico y los modales de un troglodita. ¿Es una parodia? No, hombre, no, la parodia son los otros, los que se dicen de verdad, este es real como la vida misma. Ponte un traje y remedia el mundo. Sólo faltaría.

Javier Fernández

02 junio 2011

AQUÍ ESTÁ PASANDO ALGO

Título: BODYWORLD
Autor: DASH SHAW
Editorial: SINS ENTIDO / APA-APA
Páginas: 400
PVP: 25 €

Lo primero que vale la pena reseñar de Bodyworld, el libro de Dash Shaw traído hace poco a nuestro mercado por Apa-Apa y Sins Entido, es la estupenda factura de la edición castellana. Notable ya desde la traducción de Julia Osuna, el volumen que nos ocupa es una auténtica gozada para el degustador. Aquí se ha considerado oportuno, por ejemplo corregir textos o pintar en español los rótulos cuando estos se entrelazan con el dibujo, mérito que no sé si atribuir a Gabriela Miciulevicius o a Sergi Puyol, de modo que se lo agradeceré a ambos. Y es que anda uno tan acostumbrado a esas ediciones ramplonas que pueblan las librerías españolas –baratas en el peor sentido de la palabra– que trabajos como este, respetuosos con el lector, saltan rápida y gozosamente a la vista.
Pasando, ahora sí, al contenido, Bodyworld es un webcomic reconvertido al formato de novela gráfica, que se suma a la corta, pero intensa, trayectoria del estadounidense Dash Shaw (Hollywood, 1983), un tipo ecléctico y esteticista que nos regala aquí otro de sus celebrados experimentos formales. De lectura absorbente, merced a su entretenido storytelling, no sabría decirles si el libro de Shaw es una novelita B con ramalazos indies o una novelita indie con querencia a la ciencia ficción, pues, según se mire, la cosa va de un puñado de inadaptados que comparten momentánea existencia en la América profunda, o de los resultados de la injerencia extraterrestre, vía droga telepática, en la anodina vida de un pueblo gringo.
Shaw dispone en la página la miríada de recursos gráficos propia del alumno aventajado de Bellas Artes, y su visión es particularmente inconformista, cosa que se agradece. Hay bastante pirotecnia, pero también mucha innovación recogida de fuentes diversas entre las que destaca sobremanera Gary Panter. Shaw hace suyos el espíritu y los recursos del genio de Oklahoma, recurre también a cierta imaginación lisérgica a lo William S. Burroughs y hasta cita el Omega de Gerber en el capítulo nueve, entre otras varias apropiaciones. Encuentro especialmente interesante el recurso narrativo de la superposición de capas de color para expresar la telepatía causada por la droga de marras, y hermosas las splash pages que anteceden a cada capítulo. En ellas, como en la larga secuencia de terrazas o en el raccord panorámico de Nueva York –fragmentado por fuerza en la edición en papel– se condensa la enorme expresividad y belleza de todo el conjunto.
Ignoro si, como dice Mazzucchelli en la contraportada, Dash Shaw es el futuro de los cómics; por lo pronto, lo tenemos aquí, en nuestro presente, desbrozando antiguos senderos para fabricar los nuevos, inventando y reinventado, huyendo de lo fácil. Y ya sólo por eso merece la pena asomarse a su propuesta.

Javier Fernández

30 mayo 2011

BAILARÉ SOBRE TU TUMBA

Título: FOUR COLOR FEAR
Autor: VV. AA.
Editorial: DIÁBOLO
Páginas: 320
PVP: 34,95 €

Antes de nada, me confieso de nuevo, y como siempre, adorador de ese patrimonio intangible de la humanidad que son los comics del New Trend de la EC, y lamento, por encima de tantas otras graves torpezas editoriales de nuestro país, que nunca se haya visto por estos lares una edición como dios manda de títulos seminales como Tales of the Crypt, Two-Fisted Tales, Shock SuspenStories o Weird Science –y, ya puestos, del Mad de Harvey Kurtzman, que es la crème de la crème, aun cuando leyéndolo en el formato mini disponible en castellano pueda uno no darse cuenta–. Tenemos, en cambio, una exitosa edición de lujo de Creepy, que viene a ser un sucedáneo descafeinado, por censurado y por sin gracia, de las cabeceras de horror de lo antes dicho, un producto secundario, monótono y soso –bonito, eso sí, como colección de estampas–, pero que, por aquello de la nostalgia, arrastra su propio culto, aunque ese es otro asunto, que habrá que tratar en otra ocasión.
Y tiene uno la sensación, o tenía hasta ahora, de que con una cosa y otra, con la EC y la Warren, estaba repartida la totalidad de lo que estaba permitido conocer de los clásicos estadounidenses del género al lector español. Pero no, fíjense que suerte, ha venido la madrileña editorial Diábolo a ofrecernos la traducción de la valiosa línea de rescate, en lo que a todo esto respecta, emprendida por Fantagraphics. Si primero fue Strange Suspense. Los archivos de Steve Ditko. Vol. 1, un libro capital para comprender la personalidad y el surgimiento del estilo gráfico del tercer punto de apoyo del trípode sobre el que se asentó la era Marvel de los cómics, ahora ha llegado a librerías Four Color Fear, una joya de tomo y lomo; grueso lomo, por cierto.
Compiladas aquí hay cuarenta historietas y un amplio puñado de portadas provenientes de oscuras cabeceras coetáneas al New Trend, o, dicho de otro modo, de la competencia de la EC en los años anteriores al recrudecimiento de la censura por el Comics Code Autorithy; 1951 a 1954, para ser más exactos. La nómina de artistas es sencillamente pasmosa, vean: Bob Powell, Jack Cole, Basil Wolverton, Howard Nostrand, Harry Lazarus, Jack Katz, Wallace Wood, Frank Frazetta, Joe Kubert y un largo, largo etcétera, entre los que, puestos a incluir, se incluyen hasta Simon y Kirby, que firman una portada.
Totum revolutum de epígonos y aventajados, los dibujantes de Four Color Fear son una fiesta para los sentidos a la que estamos todos invitados por un precio que puede parecer caro de antemano, pero que, ya leído el libro, resulta irrisorio. Personalmente, lo considero uno de los mejores de lo que va de año, y no singularizo la distinción porque en esta cosecha han caído ya el Frank, de Jim Woodring, y el Binky Brown conoce a la Virgen María, de Justin Green, y esas son, ya sí, palabras mayores. En fin, hagan ustedes la quiniela que prefieran, pero incluyan Four Color Fear. Saldrán ganando.

Javier Fernández

16 mayo 2011

VISITA A LA GALAXIA EMPÍRICA

Título: LA ODISEA DE LA METAMORFOSIS Y OTRAS HISTORIAS
Autor: JIM STARLIN
Editorial: PLANETA DeAGOSTINI
Páginas: 240
PVP: 25 €

Hace doce años, tal día como hoy, estaba yo paseando por Oxford a lomos de una bicicleta alquilada. Había pedido una excedencia en mi trabajo de asistente editorial de McGraw-Hill y me había marchado a Inglaterra para completar in situ el último trimestre de los cursos de edición organizados por la Oxford Brookes University, que había venido tomando hasta entonces en Madrid. Sé con certeza que me hallaba sobre la bicicleta porque les escribo esta nota a la hora de comer, y a la hora de comer, todos y cada uno de los días que pasé en Oxford, me dediqué a pedalear.
Salía en realidad muy temprano de casa, subía una cuesta empinada, de cerca de un kilómetro, hasta la universidad y, ya en la cima, luego de pasar junto a los edificios de la Brookes, me tiraba por otra pendiente, aún más larga, hacia el Magdalen Bridge y el downtown. O, según el humor del día, evitaba directamente la subida y escogía uno de los largos paseos que circunvalan los suburbios de la ciudad. Asistir a clase no era una opción. Entre los demás alumnos me sentía como un marciano, y la belleza de Oxford me tenía extasiado. No buscaba otro contacto que la visión de calles, plazas y edificios, de la luz resonando en la piedra o en la exuberante y omnipresente vegetación.
Dejaba la bicicleta junto Cornmarket Street o en Broad Street y me ponía a caminar hasta la hora de la comida. Después de comer me subía de nuevo a la bicicleta y daba vueltas y vueltas, en círculos concéntricos, hasta que el día comenzaba a retraerse: el momento de volver a casa.
Allí en Oxford, por la noche, leí sobre todo ciencia ficción y poesía. El espectáculo del día me obligaba a buscar invenciones y metáforas que, si no lo superasen, al menos lo igualasen. Y casi todos los libros que devoré, incluidos los voluminosos tomos de The Encyclopedia of Science Fiction y The Encyclopedia of Fantasy, carecían de imágenes. Hubo tres únicas excepciones, tres libros ilustrados que compré cerca del Magdalen Bridge. Los recuerdo vívidamente porque celebré con alegría su encuentro, y los conservo con la misma alegría. Uno es la edición ilustrada por Howard Chaykin de The Stars My Destination, la novela de Alfred Bester que sigue siendo uno de mis libros favoritos; otro, Six from Sirius, de Doug Moench y Paul Gulacy, que no viene al caso; y el otro, Dreadstar, la vieja novela gráfica de Jim Starlin.
Leer a Starlin, a aquel Starlin de La odisea de la metamorfosis, The Price y el primer Dreadstar, el epígono de Cordwainer Smith, era, y sigue siendo, asomarse a un estado adolescente de las cosas, un estado de fascinación perpetua y sencillez, de amores trágicos y tragedias rimbombantes, de sueños –parafraseando a John Ruskin– más nobles que nuestro mundo, y, por ello, imposibles de digerir si no se suspende esa censura a la que llamamos credulidad. Recomiendo leer estas páginas previas e introductorias al célebre space opera de Jim Starlin –felizmente compiladas en este tomo de Planeta, muchas de ellas por primera vez en nuestro idioma– con el humor del que pedalea para no ir a clase, del que espera la maravilla a la vuelta de la esquina y antepone la belleza a todo lo demás. Del que busca para no encontrar.
Porque sólo así se encuentra

Javier Fernández

10 mayo 2011

100 % DANIEL CLOWES

Título: WILSON
Autor: DANIEL CLOWES
Editorial: RANDOM HOUSE MONDADORI
Páginas: 96
PVP: 17,90 €

Pasa con Daniel Clowes (Chicago, 1961) que impone cierto respeto. No sólo por su trayectoria, una de las más sólidas e influyentes del panorama contemporáneo, sino también, y principalmente, por el espectacular virtuosismo del autor de Ghost World. La mirada de Clowes es una lente de aumento capaz de amplificar las emociones más delgadas y convertirlas en protagonistas absolutas de sus historietas, pero conviene recordar que la mirada no es sólo intuición, se necesita técnica. Y en eso –todo el que lo ha leído lo sabe– nos hallamos ante un maestro.
No diré que Clowes haya inventado esto o aquello, pues qué duda cabe que la historieta es un arte de préstamos –o plagios, el término que más le gusta a mi amigo y poeta Luis Gámez, quien, por cierto, estrena en estos días su ópera prima, El libro de las transformaciones (Aristas Martínez Ediciones, 2011), que ahonda en este y otros temas y que desde aquí celebro y recomiendo– y lo de fulanito se encuentra fácilmente en sultanito si se sabe rastrear. Pero sí diré que su obra ha facilitado el trabajo a muchos. Se puede especular cómo aprendió Clowes a medir el tiempo, a componer la soledad, a abocetar motivaciones o a rotar la cámara alrededor de máscaras que se dicen personajes, pero mucho más sencillo que seguirle la pista a sus afluentes, es localizar a sus epígonos, que son legión. Y es que el autor de Wilson pasa por ser uno de los más imitados del medio, especialmente entre la esfera indie, y no cito a nadie por no faltar al respeto. La aparición de Clowes fue un terremoto, y su onda expansiva todavía no acaba. Véase que tomadas sus obras principales –a mí David Boring me pirra, como a todo el mundo, y Ice Haven y las historietas cortas y etcétera, pero confieso que tengo predilección por Ghost World, vaya usted a saber por qué–, hasta se diría que Clowes se plagia a sí mismo, pero, qué coño, está en su derecho.
Porque no creo que Wilson descubra nada a nadie; a nadie que ya lo conozca, quiero decir. Y claro está que tiene sus momentos, sus muchos momentos, fruto de la técnica portentosa made in Clowes –con las connotaciones ya referidas–. El libro está hecho de elipsis y resonancias, y tiene mensajes encriptados que cobran sentido en el desarrollo, que es lo que viene siendo leer a Daniel Clowes. Quizá lo nuevo sea una cierta madurez, en el sentido fisiológico de la palabra. Porque, sí, el hombre se está haciendo mayor. Y conste que no lo digo en sentido peyorativo, sino como simple constatación de un hecho. Hay a quien no le gusta el Kirby de los setenta, quien lo considera senil, como senil es un calificativo asociado al Miller del All Star Batman y Robin, pero es que a mí me pirran ambos, y me pirra Wilson, con todo y lo dicho. En los tres casos me sobran explicaciones, y por eso no las daré aquí –y que no se piense nadie que no he reparado en el uso de tal o cual motivo en Wilson–. Los encuentro, sencillamente, sobrados y divertidos. Muy, muy divertidos.

Javier Fernández

03 mayo 2011

Y OTRAS AGUDAS OBSERVACIONES

Título: TODO EL MUNDO ES IMBÉCIL MENOS YO
Autor: PETER BAGGE
Editorial: LA CÚPULA
Páginas: 124
PVP: 19 €

Comenzaré poniendo del tirón título, subtítulo y coletilla del libro de Peter Bagge (1957, Peekskill, Nueva York) del que pasaré a hablarles a continuación, ya verán que es largo: Todo el mundo es imbécil menos yo y otras agudas observaciones. Hilarantes reportajes de cómic de investigación sobre la actualidad más candente. Claro está que la candente actualidad a la que hace referencia lo anterior es la estadounidense –que tanto se parece y tanto difiere de la nuestra–, de modo que se agradece, y mucho, el esfuerzo del camaleónico e irredento Hernán Migoya en la estupenda traducción, así como el “Glosario de términos y referencias localistas estadounidenses” que cierra acertada y afortunadamente el libro, y sin el que un ignorante como yo se habría sentido bastante perdido.
Lo que tenemos aquí es la recopilación de un puñado de historietas cortas –a veces de una sola página, nunca de más de cuatro– publicadas originalmente en Reason, la revista libertaria fundada en 1968 y editada por la fundación homónima, una institución no lucrativa de Los Angeles cuyo logotipo traduce a líneas la mano entorchada de la Estatua de la Libertad y tiene por lema “mentes libres y libres mercados”. El que esto suscribe opina que la intención del libro es primera y sencillamente cómica y que cualquier intención política, retrato sociológico o adhesión ideológica están supeditados a lo anterior, aunque quizá haya quien prefiera verlo al contrario. Porque, qué duda cabe que hay aquí un comentario de la realidad tal como la percibe el adepto al libertarismo, pero es que, bajo la óptica de Bagge, el libertario es el tipo sencillo que proclama “vive y deja vivir” y que, por lo mismo, denuncia la indefectible obsesión de tanto hijo de vecina de ordenarle la existencia al prójimo, de solucionarle la vida a la fuerza. ¿No les simpatiza, así de primeras?
Una recopilación, les decía, de sátiras corrosivas, ordenadas en torno a diversos ejes temáticos (la guerra, el sexo, el arte, las finanzas, la política, etc.) y que, en sentido amplio, muestran a las claras lo ridículo, lo absurdo, lo inconstante de la condición humana. Según se mire, sirve el libro de Bagge como informe detallado de las más variopintas tipologías y para entender usos y costumbres sociales, en especial –insisto– los de esa compleja sociedad estadounidense que alguien describió en alguna parte como un guiso enorme de innumerables ingredientes, todos flotando en la misma sopa, y no se me ocurre mejor metáfora que esta del caldo caliente y abigarrado.
Personalmente, valoro como agua de mayo que queden aún tipos gamberros y contestatarios como el autor de Odio, herederos del underground y la contracultura, pues hay días que le queda a uno la sensación de que el indie es un sumidero esteticista, cuando no un mero canal, una marca comercial. Por fortuna, digo, está sentado Peter Bagge a la derecha de Crumb padre, junto a Shelton y compañía. Los oigo dar sus grandes risotadas y es que me meo de la risa.

Javier Fernández

27 abril 2011

DITKO, DITKO, DITKO

Título: STRANGE SUSPENSE. LOS ARCHIVOS DE STEVE DITKO VOL. 1
Autor: STEVE DITKO
Editorial: DIÁBOLO
Páginas: 240
PVP: 35 €

Seguramente es por casualidad que Steve Ditko (Johnstown, 1927) se ha convertido en uno de los nombres propios del medio de la historieta. Es casualidad, digo, porque tiene uno la sospecha de que se libró por poco de integrar el montón de los invisibles, de los autores de culto. Ese poco, claro está, es Spider-Man. Ya saben ustedes que el de Pennsylvania fue el creador gráfico del trepamuros, y eso le cambia la vida a cualquiera.
Que no digo yo que Ditko no sea fabuloso, o, mejor dicho, afirmo que es fabuloso, la bomba, una pasada, pero –mal que me pese– su arte no se distingue precisamente por el hallazgo de un público. De modo que la casualidad, sí, bendita sea, lo puso un día en el escaparate y de ahí que todos lo hayamos leído. Todos, sin excepción. Por eso es que hablar de Ditko es hablar de un autor influyente, una rama principal del árbol de la historieta estadounidense; un poco apartada de la luz, eso sí, pero gruesa al fin y al cabo. De Craig Russell a Beto Hernández, pasando por el mismísimo Frank Miller, se siguen fácilmente las trazas de su estilo raro y personalísimo.
Puestos a distinguir etapas en la carrera de Ditko, por mí está bien si hoy las dejamos en tres: formación, consagración y rompimiento, con el breve éxito ya citado en pleno medio. Y bien, esta compilación que celebramos, Strange Suspense, editada originalmente por Fantagraphics y traída a lengua española en hermosa edición por Diábolo, da cuenta de los primeros estadios de la formación, lo que vendría a ser propiamente el surgimiento del artista. Se sabe que Ditko aprendió a narrar de Jerry Robinson –literalmente, asistió a sus clases– y que tuvo a Mort Meskin como autor ideal, y resulta no menos evidente al lector avisado la influencia de Joe Kubert en estas viñetas primeras, aunque nada de esto importa realmente. Lo que cuenta es que Strange Stories es puro Ditko. Dicho de otro modo, aquí están ya, de inicio, las cualidades estéticas que se reconocerán como propias del autor. Hay planos heredados de, y modos de entintar a lo, y ritmos que remiten a, pero la reunión de todo ello, y más, es Ditko, Ditko desatado: atmósferas bizarras, motivos imposibles, el expresionismo narrativo, la densidad plástica…
Las historietas de este primer volumen de Los archivos de Steve Ditko pertenecen a una gozosa variedad de géneros, si bien es el terror el que más abunda, y son fruto de una libertad creativa absoluta, propiciada por los editores de aquellas cabeceras, remedos casi siempre de la EC, segundonas y aspirantes al olvido: Fantastic Fear, The Thing, Strange Suspense Stories, Crime and Justice, Space Adventures, etcétera. Literariamente, el volumen es infame y sobresaliente. Malo porque los argumentos son necedades de absurdo twist argumental, y maravilloso por entretenido y macabro, de una atrayente violencia, anterior al recrudecimiento de la censura y, por tanto, libre de ella. Artísticamente, lo vengo diciendo, es un deleite. Y el conjunto, qué duda cabe, una joya.

Javier Fernández

18 abril 2011

UNA SENSACIÓN DE PERFECTA DICHA

Título: CONSUMIDO

Autor: JOE MATT

Editorial: FULGENCIO PIMENTEL

Páginas: 128

PVP: 20 €


Si han leído a Joe Matt (Filadelfia, 1963) ya saben qué es eso que le produce la dicha a ese trasunto del propio artista que es el protagonista de Consumido. Cito por si es que no: “Los músculos no me responden. Qué sensación más maravillosa… Es como estar flotando… Es como un interruptor interior. Ya no me siento neurótico ni deprimido, al contrario, me recorre una sensación de paz y complacencia, de perfecta dicha. Si soy adicto a algo, es a esta sensación de abandono. Es la evasión perfecta para una vida miserable y solitaria: es placentero, barato y tampoco perjudica a la salud”. ¿No lo pillan? Echen un vistazo a la cubierta. ¿Ven todo ese papel higiénico? No, el personaje no ha estado llorando ni está resfriado, se halla sencillamente exhausto, y siente una dicha perfecta. Claro que la imagen es bastante clara y explícita, y no necesita justificación alguna, pero, si se quiere, se le puede encontrar también su lado metafórico. En otra clave, lo de Matt cabría entenderse como “reflejo de la decadencia de un artista que ha tardado casi una década en completar las exiguas cien páginas de este libro”, tal como reza la cuarta de cubierta, pero también como una representación cómica del propio género autobiográfico, reducido argumentalmente aquí a un recuento masturbatorio. De Justin Green a Phoebe Gloeckner, pasando por Allison Bechdel, Gabrielle Bell, Harvey Pekar o el propio Crumb, la historieta norteamericana tiene grandes exponentes del “¡mira lo que hago, mamá!”, que tanto nos gusta a los humanos. No es que sea un género infinito, pero lo parece. Los hay que son refinados como Seth, que han jugado ocasionalmente a la confusión entre realidad y ficción; sensibles, como Chester Brown y sus historietas zen; y los hay que dan lástima, como Joe Matt –no me malinterpreten, me refiero a que dar lástima es uno de los objetivos de Matt, el corazón de su vis cómica. Los tres antedichos, Seth, Brown y Matt, amigos dentro y fuera de las viñetas, protagonizan algunos de los momentos estelares de Consumido, y uno termina la lectura del álbum con la sensación de conocerlos de toda la vida. Es lo que tienen las buenas comedias de situación, que enseguida se empatiza con sus personajes, y se los quiere. El otro protagonista destacado es la videograbadora, o mejor dicho, las videograbadoras que Matt usa para editar su particular colección de grandes fragmentos del éxtasis cinematográfico. Todo un alarde artesanal que –piensa uno– se habrá quedado en nada en estos tiempos de recursos digitales. Consumido compila historietas de los números 11 a 14 de Peepshow, corregidas para su edición en tomo, y, en lo formal, Joe Matt alcanza aquí un nivel de exquisitez en la secuenciación y en el acabado que sorprenderá a propios y extraños. En otro orden de cosas, conviene resaltar que la edición de Fulgencio Pimentel, en tritono, es toda una delicia de factura y confección. ¿Qué más les puedo decir? Que lo compren. Es Joe Matt, no hay dos como él.


Javier Fernández

11 abril 2011

¡HAY RECESIÓN, JOE!

Título: TRÁEME TU AMOR Autor: CHARLES BUKOWSKI, ROBERT CRUMB (ilustrador) Editorial: LIBROS DEL ZORRO ROJO Páginas: 60 PVP: 17 €



Charles Bukowski y Robert Crumb. Miel sobre hojuelas. Vale, no es la expresión más adecuada, pero ya me entienden. Me dice Luis Gámez que la reunión de estos dos en un mismo libro es algo así como echar tónica a la ginebra, un hecho lógico y natural, y hasta inevitable. Y sí, que Crumb ilustre a Bukowski, que Bukowski se lea en clave de Crumb, equivale en matemáticas a sumar dos y dos. Pero ya basta de comparaciones, vayamos al grano. Traducidos por Marcial Souto –a quien, sin conocer en persona, tanto estimo, especialmente por sus versiones de J. G. Ballard–, se incluyen aquí tres relatos del maestro del realismo sucio, un escritor que siempre vuelve a uno renovado, fresco y brillante como la primera vez. Leer a Bukowski es abandonarse al voyeurismo más placentero, asomarse a la vida ajena, que tiene parte de la propia. No tanto en situaciones o ambientes, máxime porque el que esto suscribe habita en el sur de España y no en los suburbios de una metrópoli gringa, y lo que allí es natural como la vida misma aquí se vive como ficción, como metáfora de la condición humana. Las imágenes de Bukowski carecen de sutileza y refinamiento, son descarnadas en el sentido en que son puramente carnales, sudorosas, inmediatas, pero no por ello simples, ni carentes de manufactura. El escritor era un maestro de la tensión y la palabra, y su maestría comienza por el oído, o por el ojo, según se quiera entender su faena artística, que consiste en retratar fidedignamente tipos y situaciones. O más precisamente, recrearlos. Todo el que lee a Bukowski lo sabe, que se asoma al mundo, y en realidad se asoma a una invención del mundo en la que flashes de realidad se han transformado en personajes y la anécdota cierta es una excusa para moldear certeras motivaciones. Tráeme tu amor y otros relatos enciende y apaga la luz en tres ocasiones, pues tres son los cuentos aquí incluidos: “Tráeme tu amor”, “No funciona el negocio” y “Bop, bop, contra aquel telón”. En lo que a la temporalidad de la acción importa, el libro camina en progresión desde un incidente breve, y luego otro, hasta el recuento de toda una época, y en todos los casos se tiene la sensación de estar asistiendo a una crisis interminable, a una recesión que no acaba. Quisiera estar eternamente hablando de Bukowski, pero más aún me gusta hablar de Robert Crumb, y debe ser por eso que lo he dejado para el final, para no tener más remedio que citarlo escuetamente. Dice la solapa del libro que es “quizá el historietista más importante de todos los tiempos”. Por mí vale, y además es un ilustrador cojonudo; en algún lugar escribí que Crumb es el mejor dibujante de América. No sigo, mis últimas palabras van para la edición de Libros del Zorro Rojo, que se disfruta desde la sobrecubierta al colofón. Lo dice un connoisseur, por si les sirve de algo.



Javier Fernández

04 abril 2011

CONTORNO Y FIGURACIÓN

Título: CECIL Y JORDAN EN NUEVA YORK, Autor: GABRIELLE BELL, Editorial: LA CÚPULA, Páginas: 160, PVP: 20 €


Hace poco más de dos años, comencé mi reseña de Afortunada (La Cúpula, 2008) diciendo que adoro a Gabrielle Bell. Y recuerdo que entonces estaba yo por tomar un avión a México para empezar una vida nueva y que me cayó la monografía de la Bell como un abrazo de despedida. Pues bien, la nueva vida empezó y me trajo de vuelta, y apenas tomo tierra y me encuentro con Cecil y Jordan en Nueva York, lo nuevo de Gabrielle Bell, que es casi un regalo de bienvenida. Porque hay cosas que cambian con el tiempo, pero este no es el caso. Insisto, adoro a Gabrielle Bell. También entonces escribí: “Bell comienza Afortunada anotando de manera sistemática los hechos significativos del día a día y termina decantándose por la búsqueda del momento más revelador, la elección meditada de la anécdota para dejarla crecer a lo largo de las páginas, en una técnica final más similar a la ficción que a la pura confesión”. Y bien, de Cecil y Jordan cabría decir lo contrario, que utiliza la ficción como técnica para delinear una confesión, un retrato íntimo. En los mejores momentos de la compilación, la temperatura de los relatos invita a sospechar que Bell se oculta en diversas máscaras, pero claro, la fabulación permite al lector implicarse más allá del voyeurismo, y, en este sentido, el libro cobra una altura nueva, mayor, si cabe, que la de Afortunada. Tradicionalmente, los terrenos aquí transitados eran propios de la literatura, pero hace ya que el indie se ha encargado de reivindicarlos para el cómic. Y dentro de esta tendencia, conviene remarcar que Bell tiene buen oído, un estilo personal y hermoso, basado en la peculiar mezcla de sobriedad y dulzura –lo que la diferencia, por ejemplo, de Adrian Tomine–, y en un deseo de sencillez y limpieza que la aleja –citando otro parecido razonable– de la alargada sombra de Julie Doucet. Se puede definir a la Bell como una prosista de la imagen, y vean que la expresión tiene su miga. En un sentido inmediato, y en el contexto del arte secuencial que nos ocupa, la imagen es el recurso básico y principal, pero en otro más amplio la imagen no es sino el territorio propio de la poesía. Es decir, hay figuración, pero también una cierta abstracción emocional que emana de los contornos del argumento, de las simples figuras, de las que la silla del relato “Cecil y Jordan en Nueva York” es el ejemplo más inmediato. Mención aparte merece la edición de La Cúpula, que cuenta con una excelente traducción de Montserrat Terrones y una estupenda rotulación de Iris Bernárdez. La primera construye un tono sincero y natural, que permite al lector quedar absorbido de principio a fin, y la segunda trabaja con tipos que mimetizan el original y completan la belleza de las páginas. Trabajos como estos elevan el estándar de la lectura de tebeos y le devuelven la magia que otros, que se dicen editores, transforman en vulgaridad.


Javier Fernández

28 marzo 2011

TODO EL MUNDO ME QUIERE

Título: PENNY CENTURY, Autor: JAIME HERNANDEZ, Editorial: LA CÚPULA, Páginas: 260, PVP: 19 €


Por si alguien aún no se ha enterado, Locas es la bomba. Gusta por igual a mujeres y hombres, a padres e hijos, a terrícolas y marcianos, a rojos y fachas… Cada vez que alguien me pide que le recomiende un tebeo, antes de nada le pregunto: ¿Has leído Locas? Todos los que lo prueban –y cuando digo todos, me refiero a todos–, repiten. ¿Por qué? Porque Jaime Hernandez es muy, muy bueno y Locas es la bomba. Verán que escribo Hernandez sin tilde; y es que hablamos de un chicano nacido en 1959 y criado en California, pero eso ya lo saben ustedes, así que pasemos a otra cosa. ¿Qué es Penny Century? ¿Lo tengo? ¿Me lo compro? Vayamos por partes. Penny Century se sitúa cronológicamente después de los tres tomos titulados sencillamente Locas, ya publicados por La Cúpula, y antes de las historietas que van viendo la luz en la segunda etapa de la revista Love and Rockets –entre las que se cuentan, por ejemplo, las contenidas en La educación de Hopey Glass–. El volumen que nos ocupa traduce el tomo homónimo publicado por Fantagraphics en 2010, compuesto por el grueso de la miniserie Penny Century, que ya había sido editada en nuestro idioma –en cinco cuadernillos en 2004–, así como tres joyitas que no. A saber, la desopilante novela gráfica Whoa, Nellie! (1996), el comic book Maggie and Hopey Color Fun (1997) y la historieta corta Bay of Threes, una suerte de epílogo de la ya citada miniserie publicado en 2002 en Love and Rockets y que sirve de broche al libro. Referente a la novela gráfica, Whoa, Nellie!, que tiene a Vicki Glory y Maggie Chascarrillo como protagonistas secundarias, ha de saberse que toda la cosa es una mera excusa para retratar una sucesión de delirantes y visualmente estruendosas estampas de luchadoras de esas que se citaban día sí, día no, en los primeros tiempos de Locas. Jaime Hernandez aprovecha aquí para explayarse y profundizar en el ritmo narrativo elíptico que caracteriza parte de su producción, de tal forma que la sucesión de planos de voluminosas luchadoras en el cuadrilátero lo dejan a uno maravillado, no sólo por el prodigio estético y compositivo, sino también por esa cadencia propia y exclusiva del lenguaje de la historieta, que nada tiene que ver, felizmente, con lo cinematográfico. Y en cuanto al Color Fun, es una lástima que un tebeo como este, que se distingue dentro de la saga precisamente por el color, se publique en blanco y negro, aunque en esto, quede claro, La Cúpula respeta la edición de Fantagraphics, que ya le quitó la cuatricromía al compilarlo en inglés. Como sugiere el título, Maggie and Hopey Color Fun tiene una frescura particular, su poquito de coña marinera, y prepara al lector para adentrarse en esa virguería, esa oda al fragmento, ese caleidoscopio de personajes, puntos de vista, tonos y estilos que es propiamente Penny Century.

Javier Fernández

BODYWORLD

Título: BODYWORLD, Autor: DASH SHAW, Editorial: SINS ENTIDO/APA APA, Páginas: 400, PVP: 25 €.

Vamos a comenzar ésta reseña diciendo que es muy complicado recomendar un cómic de Dash Shaw. Y sobretodo uno como el que hoy les traigo. Éste jóven autor (27 añitos) siempre vá más allá en buscar nuevos caminos (con resultados dispares), pero al que hay que reconocerle su valía por el inmenso esfuerzo que conlleva, ya que esa experimentación formal no diluye ni entorpece la narrativa, sino todo lo contrario. Bodyworld tiene como protagonista en un futuro incierto a un profesor que llega a Boney Borough para experimentar con los posibles efectos psicotrópicos de una especie vegetal que sólo crece en esa tierra. A partir de ahí se desencadena una serie de acontecimientos que ponen en una situación muy delicada el microsistema de éste pequeño poblado. Éste autor, siempre mirando al futuro y nunca al pasado, utiliza también el color como recurso novedoso y de forma expresionista. De la mano de Sins Entido y Apa Apa en una cuidada edición en cartoné (con desplegable incluido), en su interior podemos encontrar una mezcla perfecta entre el universo de Philip K.Dick, arte moderno, culebrón estudiantil y David Lynch (sobretodo de Twin Peaks). Hablando de Philip K.Dick la influencia vá mas allá de lo evidente (el protagonista lleva en su maletín una copia de los Tres Estigmas de Palmer Eldritch). También su sombra se deja ver en las secuencias surrealistas dónde se fusionan las conciencias. Aquí se utiliza un tipo de dibujo superpuesto y expresionista con texturas digitales dando como resultado escenas de alto espectáculo imaginativo, que queda perfecto para lo que se está contando, ya que transmite esa sensación de incomodidad. El órden de lectura es vertical, heredado de su primera publicación en formato digital. Lo que a priori parece un formato incómodo para el lector, pronto se convierte en una composición narrativa diferente. Una de las características de Shaw en su narrativa es la evocación de las intensas experiencias corporales,en definitiva,es un método sensorial rara vez visto en el medio. Los personajes sudan,sienten calor,y Shaw incluye éstas reacciones en el mismo dibujo, sin necesidad de bocadillos ni textos de apoyo. Es una de sus grandes bazas como autor. Decir también que es un cómic que aprovecha al máximo su espacio vertical de forma encomiable, hecho que está al alcance de muy pocos autores. Deudor de Chris Ware y Charles Burns, sobretodo coinciden en éste último en su ingenioso e inquietante ritmo que ambos autores imprimen a sus obras. Pese a su juventud, se está convirtiendo en un referente en el mundo del cómic. Es un cómic que se debe leer aunque sea para estar al día en lo que se refiere a cómic para adultos diferentes y de narrativa valiente, que compensará a los que se acerquen a sus páginas. Aunque a mí me haya gustado mucho, recomendado con reservas.


Francisco José Arcos Serrano

24 marzo 2011

¡TEMBLAD, RATAS DEL LUMPEN!

Título: LA IRA DEL ESPECTRO
Autor: MICHAEL FLEISHER (guión) y JIM APARO (dibujo)
Editorial: PLANETA DeAGOSTINI
Páginas: 208
PVP: 13,95 €

¿Cómo les explico? Corría el año 1974, Perros salvajes, el filme de Peckinpah, era ya un clásico, y la saga de Harry el sucio contaba con dos títulos en su haber, el último de 1973. El verano del amor había terminado y Norteamérica se preparaba para un largo y violento otoño, de inminente claudicación bélica, crisis energéticas, decepción política y rabia social. De modo que es no es difícil entender que la cultura popular se llenase de pronto de vengadores sangrientos y reaccionarios, rayanos en la locura y emergidos penosamente de las grietas de aquella edulcorada imagen de tranquilidad y orden de las décadas anteriores. Punisher es hijo de ese tiempo, fue creado precisamente en 1974, también Wolverine, aunque los atributos salvajes que acabarían definiendo a este último llegarían algo más tarde. Y, cómo no, en 1974 llegó el Espectro de Orlando, Fleisher y Aparo.
Verán que he colocado el nombre del editor Joe Orlando junto al del escritor y el dibujante de aquellos iracundos diez episodios del superhéroe sobrenatural reconvertido en verdugo que vieron la luz en Adventure Comics, más concretamente en los números 431 a 440 –tres guiones se quedaron en el cajón cuando la serie fue cancelada bruscamente; Aparo los dibujó a finales de la década siguiente, y estos también se incluyen en el volumen que publicó Planeta hace un par de años–. Sucede que, en palabras del propio Orlando, la inspiración para el tono implacable de la serie, para la actitud despiadada del zombi justiciero, vino de una traumática experiencia personal: “Yo vivía en el West Side y mi mujer estaba embarazada de ocho meses. Fuimos atracados a plena luz del día. Nos empujaron contra el muro de una iglesia, y eran sólo unos críos de alrededor de 14 años. Mi esposa comenzó a llorar y temblar y abrió su monedero y yo les di todo el dinero que llevaba en el bolsillo. Entonces se marcharon caminando, tan arrogante y lentamente que me inflamó la furia de no poder hacer nada al respecto. Salí en busca de un policía y de pronto me asaltó la soledad de la víctima. Toda esa rabia salió al exterior y encajó con las necesidades de Fleisher, de modo que creamos unas historias de horror bastante chulas”. Cabe recordar que Orlando se había criado como artista en la mítica EC, y su sistema de trabajo con Fleisher recuerda, por momentos, al de Gaines y Feldstein: el editor crea la premisa narrativa y el escritor la desarrolla. Russell Carey, un amigo de Fleisher, también aportó sus ideas y ayudó a desarrollar visualmente la serie.
Asesinos que acaban convertidos en cristal y son luego rotos sin compasión, o mueren metamorfoseados en cactus, o derretidos como la cera, o cortados en dos por gigantescas tijeras, o son transformados en madera y seccionados más tarde con una sierra mecánica… La ira del Espectro es una colección de mil y una maneras de liquidar a los malhechores, a las “ratas del lumpen”, como se los denomina en el textito que abre cada episodio de esta singular compilación. Todo un desahogo que hizo que Harlan Ellison dedicase a Fleisher los calificativos de lunático, demente, loco y trastornado. Y es que no importa lo inocentes que estas historietas puedan parecer al gusto actual, bien leídas son una verdadera bomba.

Javier Fernández

17 marzo 2011

ME DESPIERTO Y NO SÉ DÓNDE ESTOY

Título: TÓXICO
Autor: CHARLES BURNS
Editorial: MONDADORI
Páginas: 64
PVP: 17,90 €

De los muchos elementos reseñables de Tóxico –que es como Rocío de la Maya ha solventado la traducción al castellano del título original, pero de eso les hablaré después– empezaremos por el color.
Claro está que uno conoce las ilustraciones en cuatricromía de Charles Burns (Washington DC, 1955) y recuerda, por ejemplo, la edición en cuadernillos a todo color de Blood Club realizada en los 90 por Kitchen Sink, pero, salvo error o despiste, conviene notar que este es el primer álbum de Burns ideado e impreso directamente a cuatro tintas. Y verán que tratándose del autor de Agujero negro la cosa no carece de importancia, pues se trata de un artista asociado a fuego con el blanco y negro y cuyo estilo gráfico –en la estela de Chester Gould o Al Feldstein, por citar sólo dos nombres que vienen de inmediato a la cabeza– concedía tradicionalmente todo el protagonismo al entintado. Con Tóxico, el protagonismo de las masas de negro se comparte con las variadas y luminosas tintas planas que sustituyen al blanco. Como investigador que es, Burns se permite crear algunos juegos con el color –la foto de polaroid revelándose, la transición del azul al rosa en el paso de una realidad a otra, la cadencia constante de rectángulos negros y de color, el rojo de la sangre de Sarah mostrada al paso de la cuchilla, etcétera–, aunque, en última instancia, resulta evidente que el sentido principal de la cuatricromía es, simple y llanamente, acercar el tono del libro al de la bande dessineé, en concreto a Tintín, influencia confesa en la poética de Burns.
La cubierta de Tóxico homenajea a aquella ilustración icónica de La estrella misteriosa –precisamente el primer álbum de Tintín que se imprimió directamente en color– y hay en todo el libro una inquietante fusión de indie estadounidense e historieta francobelga. En cuanto a lo primero, Tóxico puede entenderse como apéndice de Agujero negro, y en este sentido se disfruta con gusto, pero sin sorpresas –el accidente, la enfermedad, el aborto, la pérdida, la alienación familiar, la sexualidad bizarra son motivos recurrentes en Burns–; en cuanto a lo segundo, la cosa adquiere su propio atractivo y el mundo onírico, sin ser algo excepcional, es una pasada. Con todo, la novedad de la obra, qué duda cabe, no está en uno u otro, sino en la citada mezcla. Y el conjunto deja en el lector el regusto de la imaginación potente y enfermiza de un William Burroughs –quien, por cierto, aparece expresamente citado en Tóxico.
Retomando por último la cuestión del título, y sin ánimo de menospreciar para nada la excelente labor de la traductora de Tóxico, que sobresale en todos los aspectos, sí me gustaría hacer notar al lector que el original X’ed Out –de compleja traslación, pues hace referencia a tachar algo con una equis, como en un cuestionario, pero también a pulsar la X de la ventana de un software para cerrarla– tiene su equivalencia gráfica con la portadilla interior del álbum, una página de rectángulos negros sobre rojos que no son sino una gigantesca X sobre una O, esto es, una representación visual de las iniciales de las dos palabras del título. Dicho queda.

Javier Fernández

07 marzo 2011

TIERNO COMO UN CORDERITO

Título: LA CARA MÁS DULCE DE CRUMB
Autor: ROBERT CRUMB
Editorial: LA CÚPULA
Páginas: 122
PVP: 18 €

En su irregular estudio –el adjetivo “dudoso” también me ha pasado por la mente, pero lo he acabado descartando– La contracultura a través de los tiempos: De Abraham al Acid-House, un iluminado Ken Goffman afirmaba que la contracultura es mayormente el motor de la historia, la fuente de la que emana casi todo lo guay en el mundo ha habido, el culmen de la diversidad, la mayor cantera de innovaciones artísticas y culturales de la que se tiene noticia y, claro está, la necesaria conciencia crítica por la que –Dios mediante– advendrá un individualismo sano y deseable, que es lo diametralmente opuesto a esa cosa chunga que se llama autoritarismo.
El natural buen rollo y empatía del contracultural con la esencia universal, así como el atinado uso de determinadas sustancias y el disfrute continuado de instrumentos tales como la música rock, el sexo en multitud o la larga y profunda charla entre almas sensibles forman parte del bagaje positivo descrito por Goffman, y ante tal caudal de información útil no puede uno dejar de preguntarse dónde está la comuna más próxima y cuándo sale para allá el próximo tren, se sea o no contracultural. Ignoro si, como afirma el autor, la genealogía de la contracultura se remonta como mínimo hasta Abraham o si el mito de Prometeo era poco menos que una consigna entre los hippies grecolatinos, aunque lo cierto es que me huele todo a dislate propio del mismísimo Timothy Leary, quien, por cierto, regresa de la tumba para firmar el prólogo del libro de Goffman y anima el asunto desde el más allá, seguramente stoned.
Si me preguntan a mí por la contracultura, que he fumado menos, follado menos y charlado, larga y profundamente, menos que los antes citados, lo más probable es que les recite –con Roszak, el padre del término– que suele caracterizarse por su opinión de que la cultura contemporánea está abocada al suicidio social y planetario, que cree en el cambio, en el caos, como mayor –cuando no única– constante histórica, que suele promulgar un inmediatismo rotundo y la libertad propia como valor paradójicamente absoluto y que se rodea de un misticismo de dudosa reputación, que acarrea costumbres asociadas al éxtasis.
Pero si vuelven a preguntarme, con ganas sinceras de escucharme, a mí que me he leído cuanto tebeo ha caído en mis manos desde que vine al mundo, antes o después acabaré contándoles la verdad. Que la contracultura es esa cosa que hace Robert Crumb, el tío más grande que ha parido madre. Ahí tienen, por ejemplo, La cara más dulce de Crumb, esta “colección de adorables, reconfortantes y amorosas estampas dibujadas” que ahora nos regala La Cúpula y que, en palabras de su autor, “no le harán al lector sentirse amenazado en ningún sentido, y que lo llevarán a un estado de calidez, arrebujamiento y mimo para con el artista y la vida en general”. El libro es tan hermoso, tan sensual, tan elegante, tan personal y su lectura resulta tan edificante, que le entran a uno ganas de tomar por los cuernos esta cultura hedonista, ansiosa e hipermoderna y estrellarla violentamente contra el suelo. De volverse, definitiva y permanentemente, ahora sí, un contracultural.

Javier Fernández

01 marzo 2011

LA BENDITA DIVERSIDAD


Título: DOLMEN EUROPA
Autor: VV. AA.
Editorial: DOLMEN
Páginas: 82
PVP: 9,95 €

Pasa que si va uno a la librería de tebeos y se deja guiar por lo que ve es fácil que acabe disfrazándose en carnavales de superhéroe o chapurreando el japonés, y menos fácil que reciba los buqués sofisticados, muy diversos y mayormente ocultos, de eso que se dice cómic europeo. Paradojas que tiene la globalización. Y vaya por delante que esto del tebeo europeo no es tanto una nacionalidad como una forma de entender la historieta. Una manera de escribir, de leer, un estado mental, si me permiten la cursilería. Como denominación de origen, se podría afirmar que el cómic europeo incluye trabajos hechos, qué se yo, en París, pero también en Buenos Aires; en Madrid, y en Tokio. Pues de lo que aquí se trata es de un estilo distintivo, un savoir-faire, algo casi imposible de definir por sí mismo y que, sin embargo, salta a la vista cuando se pone en contacto con las formas mayoritarias de fabricación de historietas.
Tiene la cosa una especial conciencia, de autor y de obra, y no es tanto un tebeo de resistencia como un tebeo resistente, no sé si me explico. Un producto que busca constantemente su mercado sin perderse por el camino, fiel al lector curioso, al lector perspicaz, avispado e inconformista. A ese que valora matices y compromisos y espera llenar ojo y cerebro a un mismo tiempo. Y al que aburre el más de lo mismo. Aunque no nos engañemos, no es oro todo lo que lleva impreso la etiqueta europeo, sólo faltaría. Créanme que el grueso de lo etiquetado apunta maneras, pero no me culpen a mí si compran un truño y se lo echan a la cara. Hay que saber escoger.
Hablando de lo cual, da uno gracias a Dios a que Vicente García et al. se hayan embarcado en la publicación de Dolmen Europa, la hermana, pequeña y grande a un tiempo, de Dolmen, la conocida revista de información de tebeos. Digo pequeña porque apenas lleva tres años con nosotros –a diferencia de la otra, que comenzó su andadura a mediados de la década de los 90–, y grande porque tiene formato álbum; europea, ya ven, hasta en las formas. Y lo digo sinceramente, lo de dar gracias, pues encuentro el esfuerzo necesario como agua de mayo, máxime en los tiempos que corren, con esta sequía interminable, enquistada en el sistema.
Dolmen Europa es una rosa de los vientos, un instrumento de navegación que permite al lector navegar por los mares, ríos y afluentes de la historieta europea. ¿En qué otro lugar puede uno deleitarse, por ejemplo, con la melancólica voluptuosidad de Juillard o charlar cara a cara con la poética de Frederik Peeters; recordar que alguna vez hubo en nuestro mercado sitio para maravillas como Strong o repasar el Jeremiah de Hermann? Es también un catálogo de maravillas, pero no sólo un catálogo, se disfruta con el gusto con el que se lee mismamente un tebeo y engancha tanto como una serie de ficción. Cómprenlo y verán.

Javier Fernández