22 noviembre 2010

KULL Y EL BÁRBARO

Título: THE SAVAGE SWORD OF KULL, 1
Autor: VV. AA.
Editorial: DARK HORSE
Páginas: 448
PVP: 19,99 $

Aquí me tienen, terminando de empacar las maletas, prácticamente listo para la mudanza transoceánica que me llevará de regreso a España tras cerca de dos años de estancia en México. Feliz y triste, pero más feliz que triste, aunque, eso sí, en chinga, como dicen de este lado. He pasado la última semana entregado a la imposible tarea de meter en la valija todos los libros y tebeos acumulados en este tiempo. Los he calzado en el espacio disponible, por debajo de la delgada línea de un sobrepeso más o menos razonable. O irrazonable, según se mire, porque a ver quién está dispuesto a pagar, digamos, quinientos o seiscientos euros por mover tanto papel. Lo que pasa es que, ya que me voy, vendí el sofá cama, el refrigerador, el armario, el televisor, la base de la cama, el colchón, la cajonera, el cilindro del gas, el mueble de la cocina y un anaquel completo de libros, así que me alcanza. A duras penas, pero me alcanza. ¿No conocen a alguien que necesite una lavadora? Vendo también una mesa con cuatro sillas, muy monas y robustas. Y cachivaches.
Pero no nos desviemos del asunto, o mejor dicho, comencemos con el asunto. Si alguno de ustedes lee más o menos frecuentemente esta página ya sabrá que me gustan los tebeos de Conan –aprovecho desde aquí para saludar afectuosamente al tal Ferchu que se asomó hace un par de semanas por la versión digital de crash comics, sita en la dirección de blogspot que se indica al final de estas líneas, “adicto” (según sus propias palabras) “al cimmerio”–. Lo de gustar, según se mire, es un eufemismo. Veámoslo de otro modo: ¿Quieren saber cuál es la medida exacta de mi afición por Conan? Una maleta de cuatro. Veintitrés kilos de sobrepeso. El doble de lo que llevo de ropa.
Pero no piensen que soy yo uno de esos que se compran todas y cada una de las reediciones que se hacen de las historietas del personaje, no. Ya que tengo tres o cuatro versiones de cada tebeo me conformo. Más me parece exagerado. Y bueno, sucede que cuando a uno le van los tebeos de Conan, generalmente le van también los de Kull, los de Solomon Kane y hasta, según el caso, los de Red Sonja. Ya saben, esas que se dicen adaptaciones de Robert E. Howard. De modo que la aparición del esperadísimo –al menos por mí– primer volumen de The Savage Sword of Kull, recopilación cronológica de las historietas en blanco y negro del monarca de Valusia editadas en su día por Marvel Comics –y que incluye historietas e ilustraciones de los magazines Savage Tales, The Savage Sword of Conan, Kull and the Barbarians, Marvel Preview y Bizarre Adventures– me ha puesto en un brete. Pues no queda ni un rincón libre en la maleta y no me es posible meter ni un solo gramo de más. Pero no se preocupen, algo se me ocurrirá… (Ah, ya sé. ¿En qué maleta metí el tostón aquel de Baudrillard? Yo diría que pesan más o menos lo mismo.)

Javier Fernández

09 noviembre 2010

LA VENGANZA DE TEX

Título: TEX (ESPECIAL JOE KUBERT)
Autores: CLAUDIO NIZZI (guión) y JOE KUBERT (dibujos)
Editorial: PLANETA DEAGOSTINI
Páginas: 240
PVP: 10 €

Acabo de terminar de leer el Tex de Joe Kubert y Claudio Nizzi, ya ven que llevo unos cuantos años de retraso en algunas de mis lecturas. Y sí, he pasado un buen rato con las andanzas del Ranger de Texas. No es que haya vibrado de principio a fin, pero tampoco me he aburrido. Vamos, que la cosa ha estado entretenida.
La mayor parte del mérito, qué duda cabe, la tiene Joe Kubert (Brooklyn, 1926), ese genio de la narrativa gráfica, un maestro de maestros que no necesita presentación. Kubert respira viñetas por los cuatro costados, tiene un don natural para secuenciar argumentos en imágenes y posee mucho, mucho oficio: son casi setenta años en la brecha, que se dice pronto. Claro está que lo suyo no es el vanguardismo, ni la experimentación, ni falta que le hace. Su impronta es la de un firme narrador, pleno de recursos, eficiente como pocos y poseedor de un estilo influyente, personal, bello y gozosamente reconocible. No diré que Tex. El jinete solitario, que es como se llama la historieta que nos ocupa, sea su mejor trabajo porque no lo es. Falta aquí el detallismo de Tor, el dinamismo de Abraham Stone o el vigor de Fax from Sarajevo, pero el trabajo del dibujante es lindo y honesto. Sin duda más lindo y más honesto en las secuencias iniciales que en las postreras, y, con todo, las últimas, de acabado más tosco, presentan un storytelling perfecto, al alcance de unos cuantos elegidos. (Y es que uno se pregunta si Kubert no sería capaz de enganchar al lector incluso si se propusiese ilustrar las instrucciones de una lavadora dibujando con la mano izquierda.)
Por su parte, el guión de Nizzi (Sétif, 1938) parte de una premisa manida aunque efectiva. Cuatro malandrines de esos que pueblan el género del western matan por pura y libidinosa diversión a una angelical familia de colonos, amigos de Tex Willer para más señas, el icónico protagonista de esta archiconocida cabecera italiana creada por Gian Luigi Bonelli y Aurelio Gallepini en 1948. Y en estas que Willer, casualmente de visita, se topa con los cadáveres y promete venganza. En seguida sigue la pista del sanguinario grupo y pronto se enfrenta a ellos, pero es derrotado, golpeado y lanzado por un precipicio hacia una muerte segura de la que, obviamente, escapa. A partir de aquí, y luego de la necesaria (y vertiginosa) reposición física del héroe, Tex se lanza a la busca y captura de los criminales que a estas alturas, y para dotar de estructura episódica al conjunto, han roto filas y separado sus caminos. Desde mi punto de vista, las debilidades de la historia son la bisoñez psicológica de los personajes, la falta de originalidad en la resolución de los conflictos, alguna que otra repetición de esquemas y una cierta simpleza general. Y lo mejor, la eficacia y agilidad argumentales y la truculencia de determinadas escenas, que, por momentos, se alejan de lo convencional.
Si buscan un esparcimiento sencillo, sin más pretensión, Tex. El jinete solitario les alegrará la tarde.

Javier Fernández

05 noviembre 2010

ERES UN VICIOSO, COMO TU PADRE

Si es usted aficionado a los tebeos, ya sabrá que la oferta mensual de títulos en España apabulla al más pintado. Si no, le invito a que se dé un garbeo por el estante de novedades de cualquier librería especializada. ¿No le parecen muchos cómics? Lo son. Y es que no hay bolsillo que aguante el ritmo no digo ya del mes completo, sino de la quincena y hasta –según la semana– de la semana.
Hombre, claro está que no quiere uno comprarlo todo. ¿No es cierto? Yo, por ejemplo, soy de los que se lo piensan mucho antes de decidirme a llevarme algo a casa. Por lo menos cinco o diez minutos. No, no me hagan caso, estoy bromeando. Sí es verdad que traigo de mi infancia la amenaza perpetua de recaer en el coleccionismo, como el que ha dejado de fumar y sabe lo fácil que es volver a quemar cigarrillos. Se podría decir que he madurado, que he dejado atrás los caprichos infantiles, que he aprendido a controlar mis propios impulsos. Pero, para ser honestos, les diré que estoy permanentemente alerta. Y no sólo por evitar la sangría dineraria, no se crean. También tiene su miga la clásica pregunta: “¿Y ahora dónde meto yo todo esto?”. Pregunten si no a mi madre, que tiene media casa a reventar de cajas mías, con especial hincapié en la palabra “cajas”. Apiladas, asépticas, quitadas –en lo posible– de en medio. Porque los libros son cultura y visten cualquier estantería, pero no me imagino yo a las visitas familiares admirando la tebeoteca: “Anda, si tienes la colección completa de Los pitufos”, “Hombre, a ver si me prestas El sulfato atómico, que he leído en el Babelia que está muy bien”. Y eso sin mencionar la instintiva e invariable tendencia materna a ofrecer un tebeo y una caja de ceras o de rotuladores al sobrinito de turno. Que todo hay que explicarlo: “¿Ves esas dos cifras que hay junto al código de barras? Es el precio. Sí, sí, tanto, a ver si te crees que los regalan”.
Estaba yo el otro día –es un decir, una figura retórica, en verdad sucedió hace unos años– en casa de un amigo, casado y con dos niños, y el mayor de ellos, en edad de comulgar, le pidió a su madre dinero para comprarse no-recuerdo-qué-cosa en el puestecillo de la esquina, y allá que ella –desde aquí un beso– le contestó: “Eres un vicioso, como tu padre”. Así, con la boca llena de “vicioso” y de “tu padre”, ya saben. Total, a mi amigo, que yo sepa, no le gusta la droga, ni los bares de carretera, ni jugar a las cartas, ni el bingo, y ni fuma, ni bebe. Eso sí, compra tebeos. Porque dirán ustedes lo que quieran, que el tebeo se llama ahora novela gráfica, y es muy cool y está de moda, y es un producto cultural de primer nivel y lo lee la gente seria, pero eso será en su barrio. En el mío…
Ah, pero qué buenos tiempos aquellos en que iba uno al quiosco y ponía debajo del brazo dos o tres tebeos por semana. O más tarde, cuando se fue teniendo algo más de dinerillo y ya eran cinco o seis. Y luego diez o doce, y algún álbum que otro…
Ya me podían haber dado entonces una hostia bien dada. Vamos, digo yo.

Javier Fernández

04 noviembre 2010

HAUNT

Nombre: THE HAUNT Nº 01
Autores: ROBERT KIRKMAN / GREG CAPULLO
Edición original: The Haunt USA
Fecha de edición: 14/09/2010
Formato: Libro rústica, 144 págs. a color.
Precio: 14,95 €

Confieso que cuando leí la premisa de HAUNT me pareció que podría tratarse de algo demasiado similar a SPAWN y estéticamente semejante al SPIDERMAN dibujado por McFarlane. Pero el tratarse de un nuevo personaje, escrito además por Robert Kirkman, responsable de LOS MUERTOS VIVIENTES y mi grato recuerdo de los primeros números de la entretenida THE DARKNESS escritos por Garth Ennis, con su puntito canalla al protagonizarla un matón mafioso reconvertido en antihéroe sobrenatural (sospechaba que HAUNT podía contar también algo de ese estilo) me decidieron a comprarla, además de observar un dibujo más de mi gusto que el clásico exagerado de McFarlane (quizás ahora algo trasnochado), semejante por fortuna al de series como la mencionada LOS MUERTOS VIVIENTES o INVENCIBLE (fluidos en su narrativa y casi de línea clara, aunque abundante en detalles) más que al de los títulos de TOP COW, sugestivos pero a menudo pobres como soporte de una buena historia.
Y el caso es que HAUNT ha resultado ser una agradable sorpresa, no sólo en su arte gráfico. La historia de estos dos hermanos de mediana edad que se llevan fatal, uno cura, descreído, amargado y con el corazón roto, que se gasta el dinero de su iglesia en una prostituta a la que además confiesa (nada que ver con el Jesse Custer de PREDICADOR, salvo en su aspecto), y el otro superagente secreto de una de esas agencias de inteligencia que sólo existen en los cómics, asesino, marido, buena gente, y ademàs muerto...interesa desde las primeras páginas y atrapa en su lectura hasta el final de los 6 números que componen el tomo, con unos diálogos que se respiran auténticos y situaciones tan disparatadas como creíbles (características que comparte con la serie de zombis de Kirkman), utilizando los lugares comunes del género para eludir tópicos y, en definitiva, construir un buen cómic.

J.A.Santiago

02 noviembre 2010

EL ESCAPISTA DEFINITIVO


Título: STERANKO SUPERSTAR
Autor: ÁNGEL DE LA CALLE
Editorial: DOLMEN
Páginas: 112
PVP: 10,95 €

Frente a la obra de Jim Steranko (Pennsylvania, 1938) sólo caben dos posturas: se ama o se ama. Y es que el norteamericano, hijo de emigrantes ucranianos, es un narrador gráfico portentoso, especialmente dotado para la composición de página, el montaje, el ritmo visual, el acabado y el diseño. Pero, además, Steranko tiene madera de pionero, es un innovador incansable, un raro, un artista singular acostumbrado a rechazar las fórmulas preconcebidas y reinventarse a cada rato, lo que lo convierte también en un tipo inclasificable y elusivo.
Su heterodoxa carrera –llegados a este punto suele citarse que su trayectoria apenas incluye un puñado de tebeos y se extiende hacia campos tan diversos como la edición, la magia en general y el escapismo en particular, el estudio teórico de la historieta y la cultura popular, la ilustración o el storyboard fílmico– no le ha impedido ganarse un lugar prominente en la narrativa gráfica, merced a trabajos seminales como los protagonizados por Nick Furia y el Capitán América a finales de la década de 1960, epítomes de la estética pop aplicada al mundo de los superhéroes, pero también a obras de una inusual madurez como Chandler: Marea roja, ese peculiar y elegante híbrido entre tebeo y novela de género negro, Atmósfera Cero, la pasmosa adaptación gráfica del filme dirigido por Peter Hyams (Outland, 1981), o “The Exile at the Edge of Eternity”, una joyita de diez páginas incluida en el número 400 de Superman (octubre, 1984) que mereció mención destacada en la monumental The Encyclopedia of Science Fiction, de John Clute y Peter Nicholls. Ejemplos todos ellos de la ductilidad y la rebeldía conceptual del que durante muchos años fue considerado dibujante de culto y que, desde 2006, forma parte del selecto elenco incluido en el Will Eisner Comic Book Hall of Fame, una de las máximas distinciones que concede la industria estadounidense de los tebeos a los autores más destacados del medio.
El presente librito de Ángel de la Calle, reedición ampliada de uno de los textos contenidos en Steranko. Arte Noir (Vanguard Productions/Semana Negra, 2002), repasa la figura, la obra y los elementos narrativos más destacables de Steranko, demostrando que, más allá de los obsesivos cambios de registro del de Pennsylvania, existen líneas estructurales y argumentales que se repiten a lo largo y ancho de una producción que comenzó a la sombra de Jack Kirby y pronto evolucionó hacia un eclecticismo consciente y refinado que integra elementos propios del arte pop, el surrealismo, la psicodelia o el cine.
En palabras de De la Calle: “Conocer a Steranko es amarlo, y amar aún más su obra. Más allá de su pose, majestuosa, y de sus maneras tan americanas –y de sus dientes imposibles–, está uno de los más grandes autores de la expresión en viñetas del siglo pasado. Un innovador, un experimentador; alguien para quien los cómics son verdaderamente importantes; tanto como para jugar con su lenguaje y, de paso, hacerlo crecer. Una superestrella, en definitiva”.

Javier Fernandez

DICHO EN POCAS PALABRAS

Título: EL AMOR DUELE
Autor: KIRIKO NANANAN
Editorial: PONENT MON
Páginas: 210
PVP: 15 €

Si me propusiese caracterizar en tres palabras el estilo de Kiriko Nananan (Tsubame, 1972) diría que es riguroso, elegante y emocional.
Me explico: riguroso –diccionario en mano– valdría en los significados de muy severo, austero, exacto y minucioso; y quizá también en estos otros: áspero, acre, cruel y duro de soportar, pero eso depende del gusto de cada uno y de si ustedes las consideran cualidades peyorativas. Si es así, mejor no las tengan en cuenta.
He escrito “elegante”, y tomo de nuevo el diccionario: dotado de gracia, sencillez, airoso, bien proporcionado y –dicho de una cosa– que revela distinción, refinamiento y buen gusto. Nótese que me he saltado las cualidades de la palabra que se aplican a personas y que he gastado aquí todos los significados, excepto “dotado de nobleza”. Y eso que la cuarta acepción de noble incluye “singular o particular en su especie”, dos características que considero intrínsecas a lo de Nananan, pero entiendo en el sentido general del término “noble” una valoración comparativa del individuo –por indivisible– con los demás de su misma especie. Y hoy, sencillamente, no quiero entrar en comparaciones. Trato de valorar la cosa en ausencia de otras cosas.
¿Qué más? Emocional: que produce emoción. Esto es, que produce una alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática. Dos puntualizaciones: primero, pasajera implica “que pasa presto o dura poco”, y lo mucho o lo poco son conceptos relativos. Claro está que no se queda uno intensamente alterado para siempre, ni por un largo periodo de tiempo como si le hubiese ocurrido una desgracia o le hubiese tocado la lotería, pero, vean, me acuerdo de El amor duele y me emociono. Y luego se me pasa. ¿Me explico? Segundo, como “conmoción somática” vale la piel de gallina o el vello erizado. También las lágrimas, pero que conste que no es mi caso. Y, antes de que lo olvide, me falta reseñar el otro significado de emoción: interés expectante con que se participa en algo que está ocurriendo. Pues eso.
Ahora bien, si quisiera ser más conciso, si en lugar de con tres palabras tuviese que definir el trabajo de la japonesa con una sola, esta sería delicado. Fíjense que “delicado” es fino, suave, tierno, pero también sabroso, regalado, gustoso; difícil –y me quedo aquí, ojo, con la acepción de que no se logra o ejecuta sin mucho trabajo, no porque no se entienda con facilidad–; primoroso, exquisito; bien parecido, agraciado; sutil, agudo e ingenioso. En donde ingenioso se relaciona con la intuición, el entendimiento y las facultades poéticas y creadoras. Y si de una sola palabra se trata también me valdría minucioso en lugar de delicado. Porque minucioso equivale a que se detiene en las cosas más pequeñas. Como pequeño es el amor adolescente sobre el que Nananan da vueltas y vueltas, obsesiva, detallada, milimétricamente.
Aunque, bien pensado, preferiría quedarme con las dos, minucioso y delicado. Pero entonces ya no sería una sola palabra y me he propuesto ser conciso.

Javier Fernández

26 octubre 2010

EL CAMERINO DEL ARTISTA

Título: SENDEROS
Autor: PACO ROCA
Editorial: LAUKATU
Páginas: 272
PVP: 22 €

Para no engañarles les diré que, en general, la obra de Paco Roca me deja un tanto indiferente. No quiero decir con esto que la considere poco valiosa, o que esté yo ciego a las virtudes temáticas, estéticas y narratológicas del dibujante valenciano. Todo lo contrario, la rápida consolidación de su trabajo me parece una gran noticia dentro del panorama del tebeo español actual, y si algo demuestra Senderos. Una retrospectiva de la obra de Paco Roca es la solidez del camino recorrido hasta ahora por el autor de Las calles de arena. Es, sencillamente, una cuestión de gusto: hay a quien le gusta la sopa fría y quien la prefiere caliente. Yo soy de estos últimos.
¿Qué es lo que no me convence –en general, insisto– del trabajo de Roca? Por un lado su tibieza o, dejando ya el símil gastronómico y yendo a cuestiones de composición literaria, su simpleza, que no sencillez. También el que esté lleno de lugares comunes, de referencias manidas, y de una amabilidad en la mirada que me resulta a veces empalagosa. Hay artificiosidad, pero no lo bastante como para significar un estilo. También naturalismo, e ídem de lo mismo.
Ahora bien, si de lo que hablamos es de eficacia narrativa, Paco Roca tiene un don natural muy superior a la media de historietistas. Su modo de contar es limpio, directo, casi perfecto. Utiliza la viñeta con la agilidad de un guionista cinematográfico; y ágil es también el ritmo de todas y cada una de sus historias. Se da además la circunstancia de que su dominio del storytelling no es nuevo, basta ojear el volumen que nos ocupa para caer en la cuenta de que lo trae de fábrica. Aunque, eso sí, se ha ido refinando y haciendo más y más preciso con el tiempo. Dicho de otro modo, Roca es de los que capta la atención de principio a fin. No se trata tanto de un creador de imágenes –en el sentido literario– como de un auténtico relator.
Siguiendo con el haber de Roca, encuentro excelente su manejo de las tintas, más conforme avanza su carrera. Admiro su búsqueda de la peculiaridad estética en el estrecho campo de la línea clara, así como la incansable marcha de su estilo hacia la síntesis. Valoro también su progresivo alejamiento de los clichés, la incorporación de lo emocional y del intimismo a su trabajo y esa firme voluntad de ir contracorriente, de arribar a la propia personalidad, que le ha granjeado el respeto y la admiración de propios y desconocidos, y que anuncia futuras cimas.
El libro editado por Laukatu repasa en profundidad la trayectoria del historietista y se suma a la larga fiesta de celebración del premio nacional obtenido por Arrugas en 2008. Y lo hace con el acierto de una edición de bella factura, repleta de bocetos, historietas e ilustraciones de Roca y trufada de notas divulgativas e impresiones de diversos escritores e historietistas. Todo ello articulado alrededor de una amplia y amena entrevista realizada por Koldo Azpitarte que, amén de innumerables anécdotas, nos desvela la mentalidad y el método del artista.

Javier Fernández

19 octubre 2010

FRUTAS, VIÑETAS Y HORTALIZAS

Título: VIÑETAS A LA LUNA DE VALENCIA. LA HISTORIA DEL TEBEO VALENCIANO. 1965-2006
Autor: ÁLVARO PONS, PEDRO PORCEL y VICENTE SORNÍ
Editorial: EDICIONS DE PONENT
Páginas: 324
PVP: 28 €

No soy yo de esos que cuando escuchan la palabra “Valencia” salivan imaginando una paella o los productos de la Huerta, ni de los que piensan seguidamente en las fallas o Mario Kempes, por redondear el tópico. Y no es que no me guste el fútbol, la juerga, las frutas y hortalizas o el arroz bien aliñado, todo lo contrario, en esto soy idéntico a cualquier hijo de vecina. Sucede que cuando alguien nombra Valencia lo primero que me viene a la cabeza son sus tebeos. Porque sabrán ustedes que, en esto de las viñetas, la cantera valenciana es una de las más amplias y relevantes de nuestra historieta –quizá los que me conocen añadirían que, se hable de lo que se hable, siempre pensaré primero en tebeos, pero eso no invalida el argumento.
Jaimito, El guerrero del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín o Pumby son sólo algunos ejemplos del legado tebeístico producido en la Valencia posterior a la guerra civil. Y la nómina que participó en lo que se ha dado en llamar Escuela Valenciana de historieta –me refiero ahora a la primera de ellas, la que fructificó entre los años 40 y 60 del pasado siglo– es extraordinaria: Gago, Karpa, Palop, Sanchís y Vañó se cuentan entre el nutrido número de artistas que trabajó en editoriales como Valenciana o Maga. Una nómina, ya digo, que merece un sitio prominente en la historia del tebeo español. Aunque confieso mi debilidad por el conjunto de creadores con idéntica denominación de origen que comenzó a sorprender a propios y extraños a comienzos de la década de 1980, la Nueva Escuela Valenciana, con sus Mique Beltrán, Micharmut, Sento y Daniel Torres a la cabeza, traviesos reformadores de la línea clara –y a los que cabría sumar el alicantino Miguel Calatayud, un demente, un inclasificable, un genio situado a caballo entre generaciones y que guarda ciertas semejanzas estéticas con estos últimos.
Sucede que aún hoy, requeteconsumada la desintegración del tebeo patrio, una legión de valencianos pasea el palmito por las mesas de novedades, no diría como último reducto de la Galia ocupada, pues no queda ya apenas una pulgada sin conquistar, sino más bien como esas hermosas ascuas que se siguen de toda hoguera. Los hay que han encontrado su nicho en nuestro mercado –es un decir– luego de haber publicado aquí, allí y en francés, como el multipremiado Paco Roca y sus Arrugas, pero también los hay que sobreviven a la española, esto es, sobre el alambre, como mi querido Carlos Maiques, por citarles sólo un par de ejemplos.
En fin, puestos a examinar con detalle la historia del tebeo valenciano, no se me ocurre nada mejor que recomendarles la lectura del libro colectivo Viñetas a la luna de Valencia. La historia del tebeo valenciano. 1965-2006, dizque segunda parte de Clásicos en Jauja. La historia del tebeo valenciano, aquel magnífico trabajo en solitario de Pedro Porcel en el que se daba cumplida y exhaustiva cuenta del periodo anterior a 1965. Los edita ambos De Ponent, uno de esos locos y escasos pobladores, ahora sí, de la pulgada irredenta.

Javier Fernández

DEL ALMA DE LAS MÁQUINAS

Título: GHOST IN THE SHELL
Autor: MASAMUNE SHIROW
Editorial: PLANETA
Páginas: 352
PVP: 11,95 €

Ya sé que, formalmente hablando, Ghost in the Shell no es el mejor manga de la historia. A menudo se cita que su ritmo es caótico y poco fluido, que su argumento pasa de lo liviano a lo denso sin solución de continuidad ni justificación aparente y que, a menudo, su prosa se decanta por lo farragoso. Por no hablar de que la querencia digresiva de su autor, Masamune Shirow, llega a veces a lo delirante. De modo que lo enfocaré de este otro modo: Ghost in the Shell es mi manga favorito.
No sólo lo considero un texto excitante, inteligente y divertido, que se beneficia ampliamente de la relectura, sino que, en mi opinión –compartida por la legión de seguidores del fenómeno GITS, que abarca también dos películas cinematográficas, dos temporadas televisivas de anime, un OVA, varios videojuegos, libros y, en general, todo tipo de merchandising– es uno de los hitos de la ciencia ficción reciente. Tan influyente e imperecedero como Blade Runner o Neuromante, Ghost in the Shell es una obra penetrante y vasta, como la red de bytes que acaba seduciendo a la protagonista Motoko Kusanagi, el cyborg policía que sostiene por sí solo la lectura, personaje singular y atractivo donde los haya.
Claro que, puestos a comparar, Shirow carece del impacto del que hacen gala otros mangakas como Maruo o Kago. Y no es menos cierto que sus páginas no tienen
la fuerza emocional de un Hayashi ni la sencillez expositiva de un Tatsumi –vean que les estoy citando sólo creadores del más alto calibre–, pero es que sean cuales sean las carencias de Ghost in the Shell, considero que el tebeo de Shirow comparte cima con todos ellos. Desde mi punto de vista, las fallas narratológicas de la obra magna de Shirow no son sino elementos característicos de un estilo peculiar e inimitable, cualidades de un terreno hermosamente abrupto que conduce a lo alto.
Ilustrador, diseñador, animador gráfico e historietista, Masamune Shirow nació en Kobe, en la prefectura de Hyogo, el 23 de noviembre de 1961, y su bibliografía tebeística no es tan extensa como suele ser habitual en el país del sol naciente. Además del volumen inicial de la serie, Ghost in the Shell (Kodansha, 1991, aclaro que esta fecha y las que siguen corresponden al año de publicación en libro de cada título), Shirow ha firmado dos secuelas, Ghost in the Shell 2: Man Machine Interface (Kodansha, 2001) y Ghost in the Shell 1.5: Human Error Processor (Kodansha, 2003), bastante menos apreciables que el original. Suyos son también títulos como Black Magic (Atlas, 1983), Appleseed vol. 1 a 4 (Seishinsha, 1984, 1985, 1987 y 1989), Dominion (Hakusensha, 1986, con una continuación, Dominion Conflict, publicada por Seishinsha en 1995), Orion (Seishinsha, 1991) y los cuatro tomos de ilustraciones Intron Depot (Seishinsha, 1992, 1998, 2003 y 2004), el primero de los cuales contiene una extensa y memorable sección dedicada a Ghost in the Shell.

Javier Fernández

LO QUE ME GUSTA DE CEREBUS

Título: CEREBUS. ALTA SOCIEDAD
Autor: DAVE SIM
Editorial: PONENT MON
Páginas: 520
PVP: 30 €

Si usted ha nacido en este planeta y es más o menos adicto a los tebeos, no hará falta que le cuente qué es Cerebus. Pero por si acaso no pertenece al anterior grupo, aquí le dejo una sucinta y exacta descripción debida a su propio creador, el canadiense Dave Sim (Hamilton, 1956): “Cerebus es una novela gráfica de 6.000 páginas que comencé con el número 1, allá por diciembre de 1977, y concluí recientemente con el número 300, marzo de 2004, serializada en forma periódica y luego reimpresa y mantenida en catálogo en 16 volúmenes recopilatorios”.
Cerebus, pronunciado sérebas, es también el nombre del protagonista de Cerebus, un antropomórfico oso hormiguero de color gris y bastante mala leche –al estilo del pato Howard de Steve Gerber, de quien toma cierta inspiración inicial–, y que tiene tendencia a vivir variopintas aventuras que a menudo escapan de lo anecdótico y se convierten en recuento de las ideas e inquietudes del propio Sim. Hay quien le perdona todo a Cerebus porque la considera una obra maestra de la historieta y quien, por el contrario, discute airadamente las polémicas opiniones del autor, sobre todo en lo que a feminismo y homosexualidad se refiere –merece la pena anotar que un porcentaje de estos últimos siguen considerándola una obra maestra a pesar de ello–.
Por mi parte, diré que del extenso tebeo de Sim admiro lo siguiente: su cualidad de pionero del mercado independiente y epítome de la autoedición, pues ha de saberse que el dibujante se montó su propio tinglado y tuvo la tenacidad de mantenerlo, mes tras mes, año tras año, al margen de grandes y pequeñas compañías. Admiro también su impetuosidad, que bien podríamos llamar ambición, así como su fidelidad a una idea: a los 23 años, en un viaje lisérgico, Sim se dijo a sí mismo que su serie alcanzaría los 300 números mensuales, ni uno más ni uno menos. Y así ha sido. Considero algo más que meritoria la experimentación formal que exuda la obra por los cuatro costados –algo que queda bien patente en este segundo volumen de la saga, Alta sociedad, con que Ponent Mon, según consejo del artista, da comienzo a la anhelada edición en castellano de Cerebus–, así como lo inagotable de su inventiva gráfica. Y me quedo embobado mirando los dibujos de Sim, especialmente a partir de su asociación con Gerhard, quien eleva exponencialmente la calidad final de la página.
Y por último, me gusta que Cerebus sea una historieta seria y paródica a un tiempo. Que Sim tenga humor, pero también la valentía de expresar sus controvertidas convicciones religiosas, filosóficas, sexuales, sociales y políticas, coincidan o no con las mías. Porque, ya ven, estoy hastiado de las medias tintas, de la zona gris y de los discursos que reman a favor de la corriente. Pienso que estos nada aportan a la discusión, y que de ellos nada se aprende.

Javier Fernández

29 septiembre 2010

MAD PARA AMANTES DE LA LUPA

Título: CLÁSICOS MAD, 1
Autor: VARIOS AUTORES
Editorial: PLANETA
Páginas: 376
PVP: 19,95 €

Hoy me dispongo a escribir una nota sobre los dos volúmenes de Clásicos Mad editados por Planeta en 2006 y 2009, pero realmente no sé si debería recomendarlos o no. Aclaro que mis dudas no tienen que ver con el material en sí –a saber, los primeros 23 números de la archiconocida cabecera satírica que más tarde alcanzaría el rango de icono cultural estadounidense, editados todos ellos por el sin par Harvey Kurtzman entre octubre de 1952 y mayo de 1955–, sino con las propias características físicas de la edición. Porque es cierto que estos dos tomitos son baratos, manejables y hasta están impresos a color, pero no es menos cierto que el formato ofrecido por el editor, minúsculo y parco donde los haya, dificulta el disfrute de la lectura.
Es un lástima, en fin, que ya que alguien se decide a publicar joyitas de este tipo o, dicho de otro modo, a rellenar alguno de los numerosos huecos existentes en la bibliografía tebeística en español, lo haga con tan poco tino, máxime cuando se tiene el ejemplo de los estupendos The Mad Archives impresos en gran formato sobre buen papel y encuadernados con tapa dura y sobrecubiertas por la neoyorkina DC. Eso sí, les interesará saber que cada tomo de The Mad Archives contiene sólo 6 números –a la fecha van dos editados– y viene a costar unos 50 dólares, casi lo mismo que el total de estos dos minilibros de Planeta. Por mi parte –y de esto ya les hablé no hace mucho–, opino que la experiencia suscitada por uno y otro producto no es comparable, y puestos a escoger entre coleccionar, en el modo que sea, la totalidad de esta primera etapa de Mad o disponer aunque sea de una muestra que permita apreciar y gozar realmente el asunto…, pues me quedo con la segunda opción.
Así que los que ansiábamos la traducción al castellano de los orígenes de Mad nos quedamos con la miel en los labios, y se tiene de nuevo la sensación de una oportunidad perdida, de un producto tirado al olvido, o a la basura, si se quiere. (Me pregunto si alguien se decidirá alguna vez a editar estos tebeos en formato y calidades dignas. Y entretanto proliferan ediciones de lujo de cualquier medianía, pero mejor lo dejo aquí, que empecé con buen humor y me estoy encabronando.) El caso es que me veo en la tesitura de recomendar o no los Clásicos Mad y, aun con la larga aclaración previa en mente, supongo que la respuesta adecuada es sí.
De un modo u otro, son la única opción para el hispanoparlante de acercarse al genio visionario y desatado de Kurtzman, uno de los más grandes historietistas estadounidenses del siglo XX –similar en calibre a Robert Crumb o Will Eisner, por poner dos ejemplos–, quien no sólo creó el concepto de la publicación y dibujó diversas portadas e historietas durante su etapa al frente de Mad, sino que escribió y abocetó la práctica totalidad de estos 23 números. Como argumento de venta, conviene también añadir que el elenco artístico incluye a luminarias como Jack Davis, Wally Wood, Bill Elder, John Severin, Bernie Krigstein y Basil Wolverton. Ahí es nada.

Javier Fernández

27 septiembre 2010

MENOS ES MENOS

Título: THE EC ARCHIVES. TWO-FISTED TALES. VOL. 1
Autor: VARIOS AUTORES
Editorial: GEMSTONE
Páginas: 212
PVP: 49,95 $

Bueno, pues de casualidad ha llegado a mis manos un ejemplar de los The EC Archives editados hasta hace poco menos de dos años por Gemstone. Se cuenta por ahí que los problemas financieros de la casa editora han dado al traste con este extraordinario proyecto: la reedición definitiva, en gran formato, pasta dura con sobrecubiertas, papel de alta calidad y lindo recoloreado –nada que ver, por ejemplo, con las porquerías que ofrece sistemáticamente Marvel Comics o con las últimas pifias de Dark Horse– del fondo editorial más importante, controvertido y significativo de la historia del cómic-book estadounidense.
Para los curiosos o despistados, diré que The EC Archives se sitúa, o situaba, en las antípodas de la serie publicada hace ya unos años por la editorial Planeta con idéntico material: formato minúsculo, pésima encuadernación, papel más que corriente e impresión en blanco y negro. Con todo, supongo que habrá a quien le guste la rácana versión patria. O quien se consuele pensando que es un mal menor, una forma barata y sencilla de hacerse con todo el legado de Entertaining Comics. Nada más lejos de la realidad. Lo expresaré de otro modo: después de cerrar el libro de Gemstone, que recopila los seis primeros números de Two-Fisted Tales, la cabecera de aventuras ideada por Harvey Kurtzman rápidamente reconducida al género bélico, he tenido la sensación de haber leído por primera vez un tebeo EC –y yo, no es la primera vez que los leo–. Algo similar, en otro orden de cosas, a lo que me ocurrió la vez aquella que me senté en la butaca del teatro a ver 2001, luego de haberla vista un chorro de veces en VHS.
Porque, qué duda cabe, los subversivos y estremecedores argumentos de estas historietas son tan importantes como los propios dibujos; pero es que lo contrario no es menos cierto: los impactantes y hermosos dibujos de estas historietas son tan importantes como los propios argumentos. Y contenidas aquí hay páginas de Harvey Kurtzman, Jack Davis, Johnny Craig, Al Feldstein, Wally Wood, John Severin –en tándem con Will Elder– y Alex Toth, una extraordinaria reunión de nombres propios de la narrativa gráfica, estilistas que se benefician sobremanera del cuidado y el trato adecuados.
Pienso que el afán coleccionista no es sólo enemigo del buen gusto, sino que también provoca extrañas paradojas como esta: se ofrece al lector un producto extenso, pero deformado, de pésima calidad, cuando basta el mínimo fragmento, dignamente editado, para arribar de bruces a la esencia del asunto. No digo yo que alguien se vaya a atrever a reeditar la biblioteca EC entera en castellano, pero sí que me gustaría sugerir que se traduzca al menos uno de los volúmenes de Gemstone. El que sea. O, ya puestos a pedir, una selección de las mejores historietas de la mítica editorial en edición Absolute. Vean que forma más sencilla de enriquecer cualquier estantería.




Javier Fernández

21 septiembre 2010

UNA, GRANDE Y CAUTIVA

Título: EL ARTE DE VOLAR
Autor: ANTONIO ALTARRIBA (guión) y KIM (dibujos)
Editorial: EDICIONS DE PONENT
Páginas: 208
PVP: 22 €

Puestos a hablar de El arte de volar (Edicions de Ponent, 2009), la impresionante y multipremiada novela gráfica escrita por Antonio Altarriba y dibujada por Kim, lo primero que me viene a la cabeza es la siguiente cita de Albert Camus, extraída de su libro Moral y política: “El siglo XVII fue el siglo de las matemáticas, el XVIII el de las ciencias físicas y el XIX el de la biología. Nuestro siglo XX es el siglo del miedo. Se me dirá que el miedo no es una ciencia. (…) No hay duda de que es, sin embargo, una técnica”.
Viene la cita a cuento del terror histórico descrito por los autores a lo largo de las casi doscientas páginas de este extraordinario tour de force, y que, salvando las distancias, me ha producido sensaciones similares a las que sentí leyendo, por ejemplo, El vértigo, de Eugenia Ginzburg. Ambos textos comparten la voluntad testimonial –el de Ginzburg de primera mano, el otro mediante la evocación o, mejor dicho, la recreación de experiencias familiares– y el pasmo ante el imparable advenimiento de la catástrofe. Catástrofe que en la rusa, atrapada en el sinsentido del gulag estalinista, es primero intelectual y luego vivencial. Nace de su ceguera política, del prolongado rechazo a admitir la inocencia de los condenados a los campos de castigo y desemboca en la terrible culpa de descubrirse a sí misma como una más de la legión de injustamente encarcelados por el régimen totalitario.
El protagonista de El arte de volar, por su parte, personifica la inocencia, la sencillez de espíritu del hombre común que vive ajeno a los dictados y proclamas del statu quo, pero los padece. Su primera lucha es vivir una vida decente, su siguiente objetivo, ya que estalla la guerra civil española, es sencillamente sobrevivir. Finalmente, Antonio, padre y máscara del guionista, acaba recorriendo la misma dirección que Ginzburg, aunque en sentido inverso: va de lo vivencial a lo intelectual, pues, más allá de los mapas sociales esbozados en El arte de volar, el auténtico territorio de la novela gráfica es el del aprendizaje político del individuo, el del alzamiento de la conciencia y su posterior caída, que toma aquí tintes de tragedia, de nuevo, sencilla, silenciosa, pero no por ello menos punzante.
El rapto de los ideales libertarios, que es tanto como decir el rapto de la propia humanidad, el cautiverio de la nación contradictoria y descosida que llamamos España, se funde con el aliento vital en esta pequeña obra maestra embellecida por un Kim en estado de gracia –tampoco les voy a descubrir ahora las bondades de uno de nuestros mejores artistas–. Y en este sentido, El arte de volar es una lección de historia contemporánea narrada por los que no tienen voz, los que nada significan, los meros figurantes. O, dicho de otro modo, el retrato de uno cualquiera de nosotros, una simple gota, que lleva en su interior la memoria del océano.

Javier Fernández

13 septiembre 2010

CUANDO VINIERON A BUSCARME

Título: STUCK RUBBER BABY (MUNDOS DIFERENTES)
Autor: HOWARD CRUSE
Editorial: DOLMEN
Páginas: 216
PVP: 25 €

Permítanme que haga trampa. Voy a recomendarles la lectura en castellano de la obra principal de Howard Cruse, pero en realidad yo no he leído el volumen de Dolmen sino la edición en inglés publicada por Vertigo ahora que se cumple el décimo quinto aniversario de la aparición de Stuck Rubber Baby (Paradox Press, 1995). En mi descargo diré que vivo a medio mundo de distancia de España y que es raro, casi impensable, encontrar por estas tierras historietas traducidas en la madre patria. De modo que nada puedo decirles sobre la traducción de Diego García, aunque si se dan un garbeo por la red verán que los que sí la conocen le otorgan un sobresaliente, y que idéntica nota obtiene, por norma general, la hechura editorial de la versión española, calificada aquí y allí de excelente. Dicho lo cual, paso comentar la novela gráfica, que los caracteres mandan.
Stuck Rubber Baby , cuyo título se vale del slang y de la ambigüedad lingüística para describir, entre otras cosas, la homosexualidad latente, la inesperada paternidad y la falta de decisión ideológica del protagonista, es un libro portentoso, heredero en forma y fondo del underground estadounidense –esa fértil corriente de la historieta americana traducida poco y mal a nuestro idioma–, remozado, eso sí, con el largo aliento y la pulcritud de que hace gala buena parte de la nueva novela gráfica. El relato de Cruse sumerge al lector en la convulsa Norteamérica de la década de 1960, con pequeñas incursiones en los años previos y algún que otro asomo al momento actual del narrador. O, más concretamente, en el sur de una nación descosida por el miedo al cambio y la crueldad con el diferente. Porque la desigual batalla que se nos plantea entre status quo y ciudadanos no tiene tanto que ver con la orientación sexual, el color de la piel o la ideología política como con la defensa de la propia libertad. En palabras del protagonista de Stuck Rubber Baby, luego del linchamiento de un amigo homosexual y el brutal atentado que deja malherido al negro Shiloh: “It could’ve been me” (podría haber sido yo).
Puestos a hablar de este libro, insisto, portentoso, cabría referir la densidad argumental y estética, la riqueza de los diálogos y textos de apoyo, el detallado entramado histórico o el didactismo en la exposición de los derechos civiles en juego, pero, personalmente, destaco este otro logro de Cruse: la detallada y precisa construcción de un mundo y unos personajes que comienzan siendo ajenos y acaban siendo propios. Pues cuando se alcanza el final del libro uno se siente negro u homosexual, más allá de la propia raza o la preferencia afectiva. Y entiende de primera mano la urgencia de entender al otro, de compartir su lucha antes de que, parafraseando al pastor luterano Martin Niemöller, venga el odio a buscarnos y nos encontremos solos. Preguntándonos por qué callamos cuando debimos protestar.

Javier Fernández

19 agosto 2010

UN DIABLO EN EL PURGATORIO

Título: BORN AGAIN

Autor: FRANK MILLER (guión) y DAVID MAZZUCCHELLI (dibujos)

Editorial: PANINI

Páginas: 224

PVP: 22,95 €

La primera vez que leí el Born Again andaba yo por el bachillerato, y bastante desencantado de los tebeos de superhéroes, todo sea dicho. Aunque, eso sí, seguía comprándolos por toneladas, pues aún no me había yo percatado de lo ancho y largo que es esto de la historieta. O lo había olvidado, para ser más exactos. Si echo la vista atrás, muy atrás, me veo en la cuna devorando los Spirou de Franquin palabras mayores, se tenga la edad que se tenga, el pato Donald de Carlk Barks –tres cuartos de lo mismo–, el DDT, el Pumby o el Mortadelo semanal, por citar lo primero que se me viene a la cabeza. Y es que el mar está lleno de peces.

El caso es que, ahora que lo pienso, me doy cuenta de que fue precisamente este tebeo de Miller y Mazzucchelli el que logró curarme del virus Marvel que afectó a mi generación. Ojo, digo curarme no porque haya acabado yo regalando mis Spiderman, sino porque hace ya un ciento que no me fundo los ahorros en coleccionarlos. Creerá alguno que estoy sugiriendo que el Born Again es un engendro infumable. Todo lo contrario, me parece un tebeo excitante, bien escrito y mejor dibujado. Tanto que, en comparación, y siempre hablando en términos generales, las desventuras de los supertipos me resultan un tanto insípidas y bastante sandias. Que no digo yo que no haya quien las considere algo muy serio, allá cada cual, pero a mí es que me da la risa. Será por eso que prefiero el trepamuros de Ditko al de Romita, el pato Howard al Capitán América, los X-Statix a los X-Men.

Pero no es de esto de lo que estamos hablando. Hablamos del Born Again o, lo que es lo mismo, de los números 227 a 233 de la serie Daredevil, editados originalmente entre febrero y agosto de 1986. Son magníficos tebeos de acción, aderezados con su poquito de existencialismo, un toque de mala leche y determinados fraseos herededados del género negro. El argumento de Miller maneja también elementos de la religiosidad cristiana, empezando por el título, que es un tópico de la conversión a Cristo. Pero, convendrán conmigo en que la mayor parte de la simbología manejada por los tebeos de superhéroes es bastante gruesa, mid-cult, de medio pelo. A qué engañarnos, no es por eso por los que nos fascinan obras como el Born Again. Lo que nos impele a releerlas tiene más que ver con la excitación emocional y con la eficacia narratológica que con lo propiamente ideológico, algo así como lo que ocurre con el cine de John Ford.

¿Les he dicho ya que los dibujos de Mazzucchelli son primorosos? Sólo por ellos merecería ya la pena apoquinar los casi 23 eurazos, pero es que el trabajo de Miller es realmente absorbente, y la suma de los dos talentos resulta en un tebeo trepidante y singular como pocos. Es de esos raros ejemplos que se disfrutan con la misma intensidad dos décadas y media después. Lo que se dice una pasada.

Javier Fernández

10 agosto 2010

¡GERBER EN EL SALÓN DE LA FAMA!

Ya sé, ya sé. Los ingresados este año en el Salón de la Fama durante la pasada ceremonia de entrega de los premios Eisner fueron seis, y no uno como podría deducirse por el título. Pero es que me he puesto tan contento al conocer la noticia de la concesión del The Will Eisner Award Hall of Fame al creador de Howard the Duck nada que ver con la película, no vayan a decir luego que les recomiendo basura que lo he escrito tal cual, sin pensármelo dos veces.

Y no es que el resto de los ganadores ax aequo sean tipos cualesquiera, no. Hay entre ellos nombres propios del tebeo estadounidense como Burne Hogarth (1911-1996), el excelso dibujante que nos deleitó a todos con su imperecedera versión de Tarzán, y Bob Montana (1920-1975), nada menos que el creador gráfico de Archie. Vean que, en ambos casos, el premio fue concedido directamente por el jurado. Pero ojo, los otros tres que junto a Steve Gerber (1947-2008) se alzaron con el premio por votación popular también tienen lo suyo. Mort Weisinger (1915-1978), escritor y editor, dirigió las riendas de Supermán durante buena parte de las décadas de 1950 y 1960; el recientemente fallecido Dick Giordano (1932-2010), recordado por sus dibujos y sus hermosas tintas, ejerció de alto ejecutivo de DC durante casi una década; y Mike Kaluta (1947), el único vivo de los seis, es un elegante ilustrador y un dibujante delicado, no demasiado prolífico, pero sí suficientemente apreciable.


Puestos en el mismo saco que todos ellos o, mejor aún, del centenar largo de integrantes actuales del Salón de la Fama, se podría argumentar que la aportación de Gerber al medio es más bien modesta. Que básicamente fue un escritor de superhéroes sin éxito comercial, un guionista de culto más recordado por su vena ácida y sus continuos problemas legales con Marvel que por sus propias historias. Yo, sin embargo, lo considero de otro modo, y es por eso que me felicito de que el tiempo le esté concediendo el crédito que mereció en vida. En mi opinión, Gerber fue un autor oblicuo e inesperado, original, incisivo y penetrante, un adelantado a su tiempo. Y la suya es una voz singular de la moderna industria del cómic-book. Firmó trabajos tan fenomenales como Man-Thing, The Defenders, Omega o Countdown to Mistery, pero también Void Indigo, Nevada, Hard Time o el propio pato Howard. Tebeos todos ellos inclasificables que, en conjunto, se erigen como una suerte de expresión íntima, un comentario valiente y personal sobre las transformaciones culturales, políticas y sociales recientes de Estados Unidos. Sólo por esto, está sobradamente justificado su ingreso en el Salón de la Fama; pero es que, además, su cruzada en favor de los derechos de autor que lo condujo en última instancia a la bancarrota lo señalan como precursor del tebeo independiente, de nuevo un adelantado, una especie de mártir necesario.


De modo que, ya les digo, hoy me siento feliz por Gerber y hasta se me ha olvidado por un instante que hace ya más de dos años que no está con nosotros. Por los otros cinco también, que conste, pero menos.


Javier Fernández

EL PRIMERO DE LA CLASE

Bueno, pues como cada año desde 1988 ya tenemos la lista de ganadores de los premios Eisner, los máximos galardones de la industria del tebeo en Estados Unidos. Por si no lo saben, les comento que la ceremonia de entrega se celebró el pasado 23 de julio en el marco de la convención anual de cómics de San Diego, uno de los encuentros historietísticos más relevantes del panorama mundial y, sin duda, el más importante de los muchos que se celebran en el nuevo continente.

No es mi intención referirles aquí la lista completa de premiados, menos aún la kilométrica relación de nominados, pues ambas pueden consultarse vía internet en la página oficial del evento: www.comic-con.org, pero sí quisiera dedicar una líneas a celebrar la triple corona obtenida por mi adorado David Mazzucchelli (Providence, NY, 1960): Mejor novela gráfica, Mejor escritor-dibujante y Mejor rotulista, lo que, en palabras de la organización, lo convierte en “el máximo ganador” de esta edición.

Qué quieren que les diga, me congratulo de que la industria haya al fin premiado a uno de sus creadores más genuinos y originales, un tipo formado como historietista en el corazón mismo del negocio –suyos son los dibujos de dos de las obras más influyentes del tebeo de superhéroes de la década de 1980, la saga Born Again de Daredevil y el Año uno de Batman, ambas escritas por Frank Miller–, pero que, en el por entonces pináculo de su carrera, decidió alejarse de las fórmulas comerciales para alcanzar cotas creativas aún más altas dentro del mercado independiente. Los tres números de su espléndida revista Rubber Blanket, autoeditada entre 1991 y 1993, permanecen como un hermoso ejercicio de libertad creativa y una profunda lección de narratividad, y aun cuando algunas de sus páginas han visto esporádicamente la luz en nuestro idioma, el conjunto sigue esperando la oportunidad de una edición española a la altura del material. Aunque si de lecciones narrativas hablamos, a pocos escapa que su adaptación

gráfica de la novela Ciudad de cristal, de Paul Auster, realizada en 1994 a medias con Paul Karasik –la adaptación, no la no

vela–, es uno de los hitos recientes del tebeo estadounidense, un soberbio ejemplo de hasta donde puede llegar esto de las viñetas, bocadillos y textos de apoyo.

Asterios Polyp (Pantheon Books, 2009) es su más reciente trabajo largo, luego de una miriada de historietas de corta extensión publicadas en revistas, antologías y demás, y el que le ha conducido al éxito crítico una década y media más tarde de la anterior novela gráfica. Me he deleitado ojeando diversas páginas de Asterios Polyp, pero lamento no darles hoy una nota precisa de su contenido, ya que sigo a la espera del ejemplar que encargué hace varios meses. Les adelanto que, visto lo visto, promete ser aún más personal, sorprendente y renovadora que Ciudad de cristal, lo cual es mucho decir. Por lo pronto, la industria se ha rendido a sus pies, y esto tampoco es moco de pavo.

Javier Fernández













EL VIAJE INTERMINABLE

Título: POR EL CAMINO YO ME ENTRETENGO

Autor: JOAQUÍN LÓPEZ CRUCES

Editorial: EDICIONS DE PONENT

Páginas: 164

PVP: 20 €


No exagero si digo que Por el camino yo me entretengo (De Ponent, 2008) es una de las lecturas más refrescantes y deleitosas que me he echado al rostro de un tiempo a esta parte. Claro que, dicho esto, debo confesar que López Cruces lo tiene fácil conmigo; o yo con él, soy lo que se dice un entregado a la causa, un fan.


Hace unos días les hablaba de Del Barrio y venía a decirles que el dibujante madrileño es de los que se prodigan poco –o será que a mí me lo parece–, pero es que la producción historietística de López Cruces es todavía más exigua. Se compone básicamente de un puñadito esporádico de colaboraciones en revistas y tres monografías: Sol poniente (Cajal, 1990), Obras encogidas (Malasombra/Camaleón, 1997) y la antes citada; cuatro si contamos el cuadernito Las mantas de Ramonet (Malasombra, 1995). Aunque, eso sí, dibujos suyos se los encuentra uno por aquí y por allí, pues a fin de cuentas el tipo se dedica al diseño gráfico y la ilustración. Pero en lo de los tebeos ya ven que López Cruces es un poco como Tarrence Mallick: rueda sin prisas. Por si vale para algo, desde aquí propongo fundar un club de admiradores del dibujante que se dice almeriense nacido en Granada –del otro, el cineasta, también, pero no dudo que ya habrá.


Podría glosarles las excelencias de la obra de López Cruces, destacar la singularidad emocional de trabajos como Sol poniente, la ternura y sencillez del grueso de su producción –y se vienen a la memoria otros nombres con mayor o menor grado de afinidad con el andaluz, funambulistas de los pies a la cabeza: Rubén Garrido, Javier Olivares, LPO, Victoria Martos–, pero he decidido no hacerlo. Antes que abocarles a una dificultosa búsqueda de tebeos harto escondidos, agotados como nuestra historieta, prefiero conducirles al volumen editado por De Ponent a finales de 2008 y que, por ende, se halla aún en el canal de distribución.


Por el camino yo me entretengo es una selección y compilación de los dibujos de viaje de López Cruces realizados entre agosto de 1986 y julio de 2007. Como tal, el librito puede ojearse a gusto del consumidor, de principio a fin, de fin a principio e incluso a saltos, como quien juega a la comba. Pero, tratándose de quien se trata, uno espera ese algo más que se sitúa bajo –o sobre, según se mire– lo estético, la capacidad narrativa de los cuentistas de raza. Dicho y hecho. El cuaderno de viajes de López Cruces trasciende su condición primera de colección de memorabilia para convertirse en un tebeo de tomo y lomo, pues antes que estampas, los dibujos y textos en él contenidos son las divertidas e informales piezas de una peculiar historieta autobiográfica narrada desde el incansable punto de vista del viajero. Y he aquí un logro de López Cruces: iniciada la lectura, uno olvida de inmediato su condición de vouyeaur para sentir la emoción, el gozo mismo del viaje. Ya ven, y sin salir de casa.


Javier Fernández

19 julio 2010

¡AH, BELLOS OJOS... BELLOS OJOS!

Título: EL HOMBRE DE ARENA
Autores: MAI PROL (guión) y FEDERICO DEL BARRIO (ilustraciones)
Editorial: EDICIONS DE PONENT
Páginas: 72
PVP: 20 €

Al hilo de la reciente publicación de El hombre de arena, la otra semana les escribí algunas notas sobre la vuelta a escena de Federico del Barrio o, mejor dicho, sobre el placer que me produce su retorno, luego de que el madrileño haya pasado los últimos años camuflado bajo diversos seudónimos y alejado de las candilejas. El caso es que repasando lo escrito he caído en la cuenta de que les hablé del pecador y apenas nada del pecado, esto es, del propio libro. Si leen habitualmente la sección, sabrán que no es raro que me vaya por las ramas. Y es cierto que a menudo doy por buena la digresión, pues de lo que mayormente se trata es de motivar a la lectura, de dar noticia, y para esto sirve cualquier estrategia. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, siento que se quedó casi todo en el tintero, de modo que ahí va una segunda nota sobre El hombre de arena.
Con guión de Mai Prol e ilustraciones y diseño de Del Barrio, esta peculiar revisión del clásico relato de E.T.A. Hoffmann sobre simulacros y perversiones de la mirada se construye con la separación de los elementos narrativos que conforman el discurso y su posterior reunión, que no disolución, en el espacio de la página. Se podría discutir aquí si El hombre de arena de Prol y Del Barrio es un libro ilustrado por aquello de que el texto nunca invade los dibujos; yo lo considero simplemente un cómic. En mi opinión, aún cuando cada elemento ocupa un lugar fijo en el desarrollo de la adaptación, todos juntos forman el tejido compositivo de una extraordinaria colección de splash pages, de páginas dobles, necesariamente interrumpidas por el lomo. Son tres, los elementos, digo: signo, palabra e imagen. Los signos son las reproducciones, unas fieles, otras hermosamente deformadas, del Tarot de Marsella –del que, desde aquí, me declaro un ferviente enamorado, aunque no tanto del fraseo y el método interpretativo seguido por los autores–, que aportan la estructura y dividen el conjunto en jornadas constantes de dos páginas de extensión, las que siguen a los proemios.
Del lado izquierdo del lomo, la palabra titula cada sección y se refugia en pequeños fragmentos que recuentan paso a paso el misterioso argumento de Hoffmann. Y también salpica las cornisas del lado derecho, dominado por las ilustraciones de Del Barrio, visiones fugaces del mundo de pesadilla de Nathanael y compañía que materializan tal o cual aspecto del universo obsesivo y ambiguo de Der Sandmann, en especial su atmósfera pesada y gótica. El resultado es una obra bella y ambiciosa, milimétricamente diseñada, que absorbe al lector de principio a fin.
Y ahora pasaría con gusto a resumirles el argumento, pero ya ven que se trata de un clásico entre los clásicos. Si lo han leído, les sobrará mi resumen. Si no, aquí tienen una excelente oportunidad de descubrirlo. Lo harán de la mano de un lenguaje mestizo y moderno que se antoja inagotable.

Javier Fernández

15 julio 2010

¡¡¡CRASH COMICS SE REFORMA!!!

Crash Comics estará de reforma durante el mes de Agosto
A consecuencia de esto, el local de C/Duque de Fernán Núñez 2 permanecerá cerrado al público durante todo el mes de Agosto; mientras dure la reforma les seguiremos atendiendo en C/ Eduardo Dato (local Carnicería, paralela a Duque de Fernán Núñez dirección Paseo de la Victoria) de lunes a viernes de 11:00 a 13:30.
A partir de Septiembre volvemos a atenderles en el local de siempre (C/Duque de Fernán Núñez 2).

El Horario de verano de Crash Comics será el siguiente:

-Hasta el 22 de Julio: de Lunes a Sábado: 10:30 a 14:00 y de 18:00 a 21:00 (Sábado tarde cerrado), LOCAL DUQUE DE FERNÁN NÚÑEZ
-Del 23 de Julio al 29 de Julio: de Lunes a Sábado: 10:30 a 14:00, LOCAL DUQUE DE FERNÁN NÚÑEZ
-30 y 31 de Julio cerrado por traslado.
-Del 2 de Agosto al 2 de Septiembre: de Lunes a Sábado de 11:00 a 13:30, LOCAL EDUARDO DATO
-3 y 4 de Septiembre cerrado por traslado.
-A partir del 6 de Septiembre: 10:30 a 14:00 y de 18:00 a 21:00 (Sábado tarde cerrado), LOCAL DUQUE DE FERNÁN NÚÑEZ

Para cualquier pregunta no duden contactar con nosotros por correo electrónico (crashcomics@gmail.com) o por teléfono (957 48 13 95).

Un cordial saludo y perdonen las molestias
Crash Comics

12 julio 2010

DEL RETORNO ANSIADO

Título: EL HOMBRE DE ARENA
Autores: MAI PROL (guión) y FEDERICO DEL BARRIO (ilustraciones)
Editorial: EDICIONS DE PONENT
Páginas: 72
PVP: 20 €

Hay silencios y silencios. Quiero decir que existen autores que desaparecen de la faz de la tierra sin dejar rastro y uno se pregunta si no sería mejor que se hubiesen marchado un poco más lejos, no vaya a ser que les dé por regresar. Y luego están los otros, los que no deberían irse nunca y se van. En el mejor de los casos, estos últimos retornan brevemente a escena y es una lástima, una verdadera lástima, que nunca estén por quedarse. Se me vienen varios nombres a la cabeza, Raúl el primero, pero no es de él de quien quiero hablarles hoy sino de Federico del Barrio (Madrid, 1957), el segundo de mi lista particular de añoranzas.
Aunque, claro, eso de desaparecer es una forma de hablar. Primero porque Del Barrio apenas estuvo aquí. Lo suyo, ya pasada la pubertad creativa, fueron diez escasos años, la segunda mitad de los ochenta y la primera de los noventa, de historietas servidas con cuentagotas, asombrosas y elegantes; mestizas, hijas del tebeo, pero también de la literatura. De laboratorio y trinchera. Me refiero a lo compilado en La orilla (1985) y en León Doderlin (1991), dos libritos de esos que uno ama u odia sin término medio, y también a ese puñado de páginas diseminadas en revistas o antologías, a menudo compuestas a medias con Raúl –ya ven que, después de todo, teníamos que acabar citándolo de nuevo–. O su interpretación de los guiones de Hernández Cava en dos de las series más celebradas de este último: Las memorias de Amorós y Lope de Aguirre. De lo primero lo dibujó todo, cuatro álbumes en cascada (Firmado: Mister Foo, 1988; La luz de un siglo muerto, 1993; Las alas calmas, 1993; y Ars Profética, 1993) y un quinto que hasta ganó el premio al mejor tebeo en Barcelona, El artefacto perverso (1996), que no pertenece propiamente a la serie, pero guarda un aire de familia. De lo de Aguirre, Del Barrio dibujó y coloreó el segundo volumen, tenso y furioso, La conjura (1993).
Como les decía, desaparecer es un decir. Segundo porque Del Barrio nunca se marchó realmente. Los soberbios Relaciones (1996) y Simple (1999) no llevan su firma sino la de un tal Silvestre, pero a quién vamos a engañar. Y Caín (2007), pequeña muestra de la tira satírica publicada diariamente en La Razón –la cultura hace extraños compañeros de cama–, es el producto de otra máscara, compartida en este caso con Hernández Cava. Por no mencionar a aquel Del Barrio, escritor teatral de El día que voló Renata, Viaje al tártaro, Caín (no confundir con lo ya citado) y ¿Qué? Nada. O el ilustrador de trazo fino y áreas esponjosas con el que uno, alegremente, se topa de vez en cuando, o ese otro, brecciano hasta la médula, que retorna ahora en El hombre de arena (2010), hermosa, extravagante y oscura adaptación gráfica del relato homónimo de E.T.A Hoffman guionizada por Mai Prol, una lectura absorbente y gozosa.
Ya ven, casi nada me alegra tanto el día como encontrarme con un nuevo trabajo de Federico del Barrio. Y puestos uno detrás del otro hasta se diría que hay un buen número de ellos. Pero, créanme, son pocos. Y todos ellos sobresalientes.

Javier Fernández

03 julio 2010

GÓTICO CINEMATOGRÁFICO

Título: EVELYN
Autor: ANDRES G. LEIVA
Editorial: SINS ENTIDO
Páginas: 64
PVP: 13 €

En días recientes he tenido al fin la oportunidad de sumergirme a mis anchas en las páginas de Andrés G. Leiva, pues me he leído de una tacada El misterio de Electra / Horrible hórreo (2002), Juana de arco (2005) y la más reciente Evelyn (2009), todas ellas publicadas por la madrileña Sins Entido, uno de los espacios capitales del tebeo español contemporáneo. ¿Qué les puedo contar? El empacho ha sido de lo más gratificante. Siendo precisos debería añadir a la lista la historieta corta “El ojo del huracán”, un simpático western guionizado por Jorge García que aparece incluido en el número 21 de la revista Dos veces breve y del que poco comentaré aquí, aparte de que supone un sano e interesante cambio de registro para Leiva, quien deja las ceras para abandonarse a una estética suelta apoyada en el rotulador y en la que se aprecia con inmediatez el sobresaliente storytelling del dibujante.
De Leiva (Córdoba, 1969) se ha destacado por encima de todo su estética de trazo grueso, su capacidad para fabricar atmósferas, y lo expresivo, bien de su color, bien de su blanco y negro, en la línea, para entendernos, de Alberto Breccia. Se dice de él que gusta de llevar la anécdota narrativa, sea esta cual sea, al terreno de lo íntimo, y ya su primera monografía, dividida en dos secciones convergentes en el centro, mostraba una abierta querencia lírica. Eran dos historias cualesquiera ensambladas férreamente por la vía plástica, pero con cierta debilidad estructural que no impedía el asombro del lector ante la, por entonces, sorpresiva aparición de una voz creativa singular y excepcionalmente madura.
Con Juana de Arco, Leiva se atrevió con el relato de mayor aliento y complejidad hasta la fecha. Basado en el exhuberante uso del color, el álbum avanza en estallidos cromáticos que, en cierta medida, restan sutileza al conjunto y enmascaran los hermosos contrastes en que se cimenta la revisión histórica emprendida. Con todo, el tebeo es un logro superior, Juana de Arco contiene secuencias memorables que se quedan en la retina mucho tiempo después de su lectura. No en vano, fue nominado a la Mejor Obra en el 23º Saló de Cómic de Barcelona e incluso ha conocido una edición de pequeño tiraje en francés, un mercado que se me antoja poco natural para esta obra furiosa, potente y poco amiga de convencionalismos.
Evelyn, premio de cómic Sins Entido-Diputación de Cuenca, es el siguiente paso en la carrera ascendente del artista. Se trata de una historia de terror gótico que poco o nada debe a las piezas literarias del periodo y sí mucho a su regurgitación por la vía cinematográfica. Me refiero, claro está, a joyas como los filmes de la Universal o los posteriores de la Hammer. Con más empeño si cabe que en sus trabajos anteriores, Leiva se deleita aquí recreando con maestría una atmósfera densa y neblinosa, al servicio de un relato de obsesiones, dependencias y personajes ligados entre sí. Un trabajo delicioso que permite soñar con nuevas entregas de una hipotética serie dedicada a las peripecias del protagonista doctor Corman y que, desde aquí, les recomiendo vivamente junto con todo lo anterior.

Javier Fernández