
Pero es que para ser un auténtico bestia, según el DRAE online, además de rudo se ha de ser ignorante. Y no es que Conan no sea rudo, que lo es –¡sólo faltaría!–, si no que a diferencia del gobernador de California –no me hagan caso, es una licencia poética–, el cimmerio tiene una personalidad compleja y hasta refinada, es astuto, romántico y apasionado, si bien, insisto, no se anda con chiquitas. Por no extenderme más en el asunto, les dejo aquí la definición del personaje que preparé para un glosario de superhéroes de la revista Quimera –las bastardillas son palabras del propio Howard– y otro día les hablo de los tebeos de Conan: “He aquí un bárbaro en toda regla, macizo y expeditivo, criado en las sombrías colinas de la norteña y pseudohistórica tierra de Cimmeria, land of Darkness and the Night, posterior al hundimiento de Atlantis y anterior en varios miles de años a nuestra era, que un buen día decide tomar el camino del Sur, según la leyenda, to tread the jeweled thrones of the Earth under his sandalled feet hasta obtener su propia corona luego de una homérica sucesión de espadazos, saqueos, matanzas y peripecias varias habitualmente relacionadas con sañudas bestias prehistóricas, oscuros nigromantes y hembras voluptuosas. Un salvaje, sí, a thief, a reaver, a slayer, pero con gigantic melancholies and gigantic mirth y una determinación alejandrina para resolver los nudos gordianos de esa civilizada máscara del poder que se llama moral. Precisamente la civilización es su agón, y ambos se embisten mutuamente con un ímpetu propio de amantes apasionados”. Ahí es nada.
Javier Fernández
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