14 enero 2011

UN REGALO PARA EL LECTOR

Título: LOS NIÑOS KIN-DER
Autores: LYONEL FEININGER
Editorial: I LIBRI IMPRESSI
Páginas: 40
PVP: 22 €

Del mismo modo que a un parto le precede la gestación y a esta el encuentro sexual y antes el cortejo, la historia de Los niños Kin-der comienza en 1905. Es en esa fecha cuando el Chicago Tribune, en su empeño por competir con el Chicago American de W. R. Hearst, envía a su agente James Keeley a Alemania a reclutar dibujantes para la sección de historietas del periódico. Y es que, tal como señala Bill Blackbeard en The Smithsonian Collection of Newspaper Comics: “El Chicago de ese tiempo, y los alrededores de la metrópoli, poseían una extensa población alemana, un grupo generalmente culto y con una fuerte conciencia de la literatura y las artes en boga en su país de nacimiento, lo que incluía una orgullosa y amplia consideración de los dibujantes de revistas de humor alemanas como los mejores del mundo”.
Más allá de los motivos comerciales, Keeley demuestra un gusto exquisito al contratar en Alemania ilustradores de la talla de Lothar Meggendorfer, Karl Pomerhanz y el padre de nuestras criaturas, el incipiente Lyonel Feininger (Nueva York, 1871-ídem, 1956), un estadounidense, hijo de emigrados alemanes, que se ha trasladado a Europa para abrirse paso como pintor. Años más tarde, Feininger formará parte del célebre grupo Der Blaue Reiter, liderado por Kandinsky y Marc, y después se le vinculará con la Bauhaus, pero de momento destaca como caricaturista en periódicos alemanes y franceses y recibe con entusiasmo la oferta.
Para el Chicago Sunday Tribune, el artista alumbrará primero Los niños Kin-der (The Kin-der-Kids, 29 páginas dominicales, del 6 de mayo al 18 de noviembre de 1906) y luego El mundo de Wee Willie Winkie (Wee Willie Winkie’s World, 20 dominicales, del 19 de agosto de 1906 al 20 de enero de 1907), dos breves cabeceras que le bastan para situarse a la altura de los más grandes historietistas de todos los tiempos. Su trabajo, pionero cronológica y formalmente, permanece como un impactante ejemplo de los límites y posibilidades gráficas del medio. Un hito fascinante, apuntalado en el sentido pictórico de sus páginas, dibujadas con líneas angulosas, preñadas de volumen y caracterizadas por un cromatismo expresionista, protagonista principal del asunto. En su enciclopedia 100 Years of American Newspaper Comics, Maurice Horn nos recuerda que el estilo gráfico de Feininger “servía menos al propósito de la historia que a la lógica de la composición”, y tal vez sea esta misma indiferencia a los aspectos narrativos del medio la que ha acabado confiriendo a este raro entre raros su carácter imperecedero.
La presente edición de Caldas, estupenda e imprescindible donde las haya, única traducción al castellano de The Kin-der-Kids, es una gozada de principio a fin. En palabras del prologuista Rubén Varillas, a las que me sumo, el libro es “un regalo para el lector actual y el tributo necesario a un autor de vanguardia”.

Javier Fernández

11 enero 2011

NOTICIAS DESDE LA CUMBRE (y 2)


Título: Y. CHALAND OBRA COMPLETA, 2
Autores: YVES CHALAND y YANN LEPENNETIER
Editorial: GLÉNAT
Páginas: 136
PVP: 25 €

Porque Chaland, lo dice la sección biográfica de su página web, gozó de una infancia tranquila en provincias, aunque otros biógrafos menos complacientes hablan de pobreza y malos tratos. Sea como fuere, Freddy Lombard comparte la sensibilidad de su creador hacia las dificultades económicas del mundo real. Y en esto, la BD de Chaland se sitúa a un lado del abierto y simple esteticismo habitual del resto de los componentes de la línea Atom, subgrupo de la línea clara con el que se le asocia.
No es casual que la primera aventura de Lombard, El testamento de Godofrío de Bouillon (Le testament de Godefroid de Bouillon, 1981) comience con el trío protagonista abandonando, en medio de la carretera, un viejo –y barato– coche de alquiler averiado que, para más inri, ya estaba casi sin gasolina. Ni que más tarde, y después de una caminata bajo la lluvia, la excusa que lleva a los tres ganapanes a la aventura sea la cuenta del asado que han consumido en el hotel restaurante situado a la entrada de Bouillon. O, mejor dicho, el hecho de no tener dinero para pagarla. “Facturas, siempre facturas”, gruñe Freddy al inicio de la segunda historieta de las dos que integran El cementerio de los elefantes (Le cimètiere des éléphants, 1984) y la precariedad acompaña a los personajes en El cometa de Cartago (Le comète de Carthage, 1986), tercer álbum de la serie, y primero que cuenta con la colaboración al guión del magnífico Yann Lepennetier. Lepennetier figura también en los créditos de Vacaciones en Budapest (Vacances à Budapest, 1988) y F.52 (1989), tramo final de la aventuras de Freddy Lombard, detenidas en seco por el mortal accidente automovilístico que acabó con la vida del dibujante en julio de 1990.
Estos tres álbumes escritos al alimón con Lepennetier quedan como uno de los hitos fundamentales de la BD contemporánea. En ellos, Chaland alcanza la cumbre de su arte y del propio arte de la historieta, esa cota reservada a un puñado de nombres propios. Si El cometa de Cartago es un hermosísimo, inesperado y emocionante canto lírico, Vacaciones en Budapest reinterpreta la historieta francobelga en clave política. En palabras de Chaland, incluidas en la edición de Glénat: “Cuando comencé a trabajar en Vacaciones en Budapest, partía del hecho de que los cómics de los años cincuenta, tipo Spirou, Tintín, etc., no habían hecho ninguna alusión al drama de Budapest, al aplastamiento de la insurrección por parte de los tanques soviéticos, aunque Hungría está aquí al lado, a unos 400 km de casa. Se supone que el cómic es un arte que trata asuntos de su época, sin embargo nunca había hablado de aquello”. F.52, por su parte, es un delirante thriller ambientado en el espacio cerrado de un gigantesco avión de propulsión atómica, y con este álbum se cierra involuntariamente el círculo: en el inicio, Freddy, Sweep y Dina, modestos empleados del F.52, tratan de arreglar el cuatro latas en el que se dirigen al multitudinario despegue. Se les ha pinchado una rueda. No tienen rueda de repuesto. No podía ser de otro modo.

Javier Fernández

20 diciembre 2010

NOTICIAS DESDE LA CUMBRE

Título: Y. CHALAND OBRA COMPLETA, 1
Autores: YVES CHALAND y YANN LEPENNETIER
Editorial: GLÉNAT
Páginas: 136
PVP: 25 €

Alumbrado en 1981, Freddy Lombard pasa por ser uno de los personajes más interesantes y representativos de la Bande Desinée de la década de los ochenta. Representativo, digo, por la gracia y obra de su creador, el genial Yves Chaland (Lyon 1957-1990), nombre propio y tardío de la segunda hornada de dibujantes de la Klare Lijn, en palabras de Joost Swarte, o línea clara, como se dice en lengua vernácula al estilo gráfico por excelencia de la historieta francobelga. Un estilo que, según el Diccionario del cómic editado por Larousse en 1994, tiene en Hergé a su iniciador y se caracteriza por un dibujo depurado, de trazo lineal continuo, profusa angulosidad y rechazo de toda sombra o volumen “susceptible de alterar la legibilidad del conjunto”, pero que, como todo buen lector de cómic sabe, y ya dejó claro y por escrito Eduardo García Sánchez (véase U, núm. 21, septiembre de 2000), consiste sencillamente en recrear una fuente de inspiración común: Jacobs, Hergé, Franquin, Jijé…, esto es, la historieta francobelga de posguerra y, por extensión, la literatura francesa infantil y juvenil desde finales del siglo XIX hasta la segunda guerra mundial, de la que aquella toma motivos y argumentos.
E interesante, les decía, porque Chaland lo es, lo fue siempre. Comenzando, por ejemplo, con aquellos rudimentarios y desatinados, pero eclécticos y voluntariosos trabajos para Métal Hurlant recopilados más tarde en Captivant (1979); continuando con su impagable visión satírica de la Francia en ruinas o, mejor dicho, de los franceses que emergen de las ruinas del conflicto bélico en Albertito (Le jeune Albert, recopilado en álbum en 1993); y terminando, ay, con su malogrado Spirou (Coeurs d’acier, 1982). Y es que no puedo imaginar un enlace más importante en el cómic europeo que este: Spirou-Chaland, Chaland-Spirou, llamado a configurar una nueva era, un nuevo estándar, similar y distinto al que involuntariamente propiciase Jijé en 1946 al poner el destino del botones por antonomasia y su ardilla en manos de un imberbe André Franquin. ¿Creen que exagero? Ah, pero por fortuna nos queda Freddy Lombard. Quizá no para el gran público –y esta habría sido la ventaja de Spirou–, pero sí para todo el que quiera darse por enterado.
Porque Freddy, Lombard como la editorial de Le Journal de Tintin, el magazine iniciado también, y precisamente, en 1946, es el Spirou posmoderno. Dice García Sánchez en el U que ya les cité: “Freddy, soñador y entusiasta, recuerda al botones belga; Sweep, pragmático y algo bruto, es un trasunto de Fantasio y su peinado imposible; y Dina, como la ardilla Spip, es la voz de la razón”. Un sugestivo trío que vaga por el mundo en busca de aventuras, sí, pero sin un duro en el bolsillo, consciente –hasta donde puede serlo un tebeo juvenil– de que lo primordial es, precisamente, encontrar el pan nuestro de cada día. O, mejor dicho, un trío que vaga por el mundo, y punto. La aventura viene después. Siempre casual, siempre inesperada.

Javier Fernández

13 diciembre 2010

SCOTT PILGRIM CONTRA EL MUNDO



Título: SCOTT PILGRIM (seis volúmenes)
Autores: BRIAN LEE O’MALLEY
Editorial: RANDOM HOUSE MONDADORI
Páginas: 192
PVP: 8,50 €

Me dice un amigo, entendido y enterado, que qué hago leyendo Scott Pilgrim, pero no es verdad que lo esté leyendo: ya lo he leído. Y no diré de una sentada porque son seis tomos y cada uno de ellos ronda las doscientas páginas, menos el último, que es más tocho, y claro está que tiene uno que vivir de vez en cuando, salir, relacionarse, por no hablar –está feo– de las necesidades fisiológicas. Dicho lo cual, ahora sí, confieso que me hubiese gustado hacerlo. Lo de leerlo de un tirón, ya me entienden. ¿Queda claro que me gusta Scott Pilgrim? Sí, me gusta Scott Pilgrim. Mola mucho. Pero mucho, mucho.
En puridad, y según yo –que diría un mexicano–, mola más al principio que al final, o, mejor dicho, el interés va decreciendo ligera y paulatinamente conforme avanza la serie, entendiendo por interés la frescura, lo impredecible, lo oblicuo, que, para mí, tiene que ver menos con la anécdota narrativa que con el retrato generacional, con la melancolía, la infinite sadness del tercer volumen. Y si digo “según yo” es porque a otro puede que le parezca lo contrario. Que lo que realmente le ponga de Scott Pilgrim sean las sucesivas peleas del protagonista con los siete ex novios malvados de su nueva novia, o la ocurrencia de traer al tebeo motivos tomados de los videojuegos y recursos narrativos del manga, que todo esto está muy bien y tiene su punto, qué duda cabe, pero, insisto, me gusta más cuando el enemigo es el mundo, y no un villano hortera y despechado.
Lo bueno es que la serie dura poco y tampoco hay que lamentar ningún descalabro, todo lo contrario, bien mirado, es sorprendente que el conjunto mantenga el buen nivel luego de los seis años que van del primer al último tomo. Máxime si se tiene en cuenta que el tipo que comenzó el asunto, Bryan Lee O’Malley (London, Ontario, 1979) en 2004, y el que lo terminó, Bryan Lee O’Malley (London, Ontario, 1979), son dos artistas bien distintos. El segundo de ellos –para no liarnos, se trata del primero con seis años más– tiene una agilidad narrativa sobresaliente, un evidente dominio de su propio estilo, bastante experiencia en el uso de los medios digitales, precisión en el entintado y no pocas ganas de llegar a la pantalla final. El otro, el primer O’Malley, aun limitado en recursos, ha pulsado la tecla correcta, y eso se nota en el entusiasmo, en el descaro, en el arte de hacer arte de la propia inseguridad, en la poco disimulada voluntad de ajustar cuentas con lo vivido. En esas cosas, en fin, que le sobran a uno cuando empieza y comienzan a escasear poco después.
Me pregunta otro amigo si no creo que Scott Pilgrim es un tebeo para teenagers. Ahí quería yo llegar. Pues claro que sí, para teenagers, como la música de Elvis, los tebeos de la EC o la literatura de Mark Twain. ¿Pero es que todavía quedan adultos? Tranquilo, ya crecerán.

Javier Fernández

22 noviembre 2010

KULL Y EL BÁRBARO

Título: THE SAVAGE SWORD OF KULL, 1
Autor: VV. AA.
Editorial: DARK HORSE
Páginas: 448
PVP: 19,99 $

Aquí me tienen, terminando de empacar las maletas, prácticamente listo para la mudanza transoceánica que me llevará de regreso a España tras cerca de dos años de estancia en México. Feliz y triste, pero más feliz que triste, aunque, eso sí, en chinga, como dicen de este lado. He pasado la última semana entregado a la imposible tarea de meter en la valija todos los libros y tebeos acumulados en este tiempo. Los he calzado en el espacio disponible, por debajo de la delgada línea de un sobrepeso más o menos razonable. O irrazonable, según se mire, porque a ver quién está dispuesto a pagar, digamos, quinientos o seiscientos euros por mover tanto papel. Lo que pasa es que, ya que me voy, vendí el sofá cama, el refrigerador, el armario, el televisor, la base de la cama, el colchón, la cajonera, el cilindro del gas, el mueble de la cocina y un anaquel completo de libros, así que me alcanza. A duras penas, pero me alcanza. ¿No conocen a alguien que necesite una lavadora? Vendo también una mesa con cuatro sillas, muy monas y robustas. Y cachivaches.
Pero no nos desviemos del asunto, o mejor dicho, comencemos con el asunto. Si alguno de ustedes lee más o menos frecuentemente esta página ya sabrá que me gustan los tebeos de Conan –aprovecho desde aquí para saludar afectuosamente al tal Ferchu que se asomó hace un par de semanas por la versión digital de crash comics, sita en la dirección de blogspot que se indica al final de estas líneas, “adicto” (según sus propias palabras) “al cimmerio”–. Lo de gustar, según se mire, es un eufemismo. Veámoslo de otro modo: ¿Quieren saber cuál es la medida exacta de mi afición por Conan? Una maleta de cuatro. Veintitrés kilos de sobrepeso. El doble de lo que llevo de ropa.
Pero no piensen que soy yo uno de esos que se compran todas y cada una de las reediciones que se hacen de las historietas del personaje, no. Ya que tengo tres o cuatro versiones de cada tebeo me conformo. Más me parece exagerado. Y bueno, sucede que cuando a uno le van los tebeos de Conan, generalmente le van también los de Kull, los de Solomon Kane y hasta, según el caso, los de Red Sonja. Ya saben, esas que se dicen adaptaciones de Robert E. Howard. De modo que la aparición del esperadísimo –al menos por mí– primer volumen de The Savage Sword of Kull, recopilación cronológica de las historietas en blanco y negro del monarca de Valusia editadas en su día por Marvel Comics –y que incluye historietas e ilustraciones de los magazines Savage Tales, The Savage Sword of Conan, Kull and the Barbarians, Marvel Preview y Bizarre Adventures– me ha puesto en un brete. Pues no queda ni un rincón libre en la maleta y no me es posible meter ni un solo gramo de más. Pero no se preocupen, algo se me ocurrirá… (Ah, ya sé. ¿En qué maleta metí el tostón aquel de Baudrillard? Yo diría que pesan más o menos lo mismo.)

Javier Fernández

09 noviembre 2010

LA VENGANZA DE TEX

Título: TEX (ESPECIAL JOE KUBERT)
Autores: CLAUDIO NIZZI (guión) y JOE KUBERT (dibujos)
Editorial: PLANETA DEAGOSTINI
Páginas: 240
PVP: 10 €

Acabo de terminar de leer el Tex de Joe Kubert y Claudio Nizzi, ya ven que llevo unos cuantos años de retraso en algunas de mis lecturas. Y sí, he pasado un buen rato con las andanzas del Ranger de Texas. No es que haya vibrado de principio a fin, pero tampoco me he aburrido. Vamos, que la cosa ha estado entretenida.
La mayor parte del mérito, qué duda cabe, la tiene Joe Kubert (Brooklyn, 1926), ese genio de la narrativa gráfica, un maestro de maestros que no necesita presentación. Kubert respira viñetas por los cuatro costados, tiene un don natural para secuenciar argumentos en imágenes y posee mucho, mucho oficio: son casi setenta años en la brecha, que se dice pronto. Claro está que lo suyo no es el vanguardismo, ni la experimentación, ni falta que le hace. Su impronta es la de un firme narrador, pleno de recursos, eficiente como pocos y poseedor de un estilo influyente, personal, bello y gozosamente reconocible. No diré que Tex. El jinete solitario, que es como se llama la historieta que nos ocupa, sea su mejor trabajo porque no lo es. Falta aquí el detallismo de Tor, el dinamismo de Abraham Stone o el vigor de Fax from Sarajevo, pero el trabajo del dibujante es lindo y honesto. Sin duda más lindo y más honesto en las secuencias iniciales que en las postreras, y, con todo, las últimas, de acabado más tosco, presentan un storytelling perfecto, al alcance de unos cuantos elegidos. (Y es que uno se pregunta si Kubert no sería capaz de enganchar al lector incluso si se propusiese ilustrar las instrucciones de una lavadora dibujando con la mano izquierda.)
Por su parte, el guión de Nizzi (Sétif, 1938) parte de una premisa manida aunque efectiva. Cuatro malandrines de esos que pueblan el género del western matan por pura y libidinosa diversión a una angelical familia de colonos, amigos de Tex Willer para más señas, el icónico protagonista de esta archiconocida cabecera italiana creada por Gian Luigi Bonelli y Aurelio Gallepini en 1948. Y en estas que Willer, casualmente de visita, se topa con los cadáveres y promete venganza. En seguida sigue la pista del sanguinario grupo y pronto se enfrenta a ellos, pero es derrotado, golpeado y lanzado por un precipicio hacia una muerte segura de la que, obviamente, escapa. A partir de aquí, y luego de la necesaria (y vertiginosa) reposición física del héroe, Tex se lanza a la busca y captura de los criminales que a estas alturas, y para dotar de estructura episódica al conjunto, han roto filas y separado sus caminos. Desde mi punto de vista, las debilidades de la historia son la bisoñez psicológica de los personajes, la falta de originalidad en la resolución de los conflictos, alguna que otra repetición de esquemas y una cierta simpleza general. Y lo mejor, la eficacia y agilidad argumentales y la truculencia de determinadas escenas, que, por momentos, se alejan de lo convencional.
Si buscan un esparcimiento sencillo, sin más pretensión, Tex. El jinete solitario les alegrará la tarde.

Javier Fernández

05 noviembre 2010

ERES UN VICIOSO, COMO TU PADRE

Si es usted aficionado a los tebeos, ya sabrá que la oferta mensual de títulos en España apabulla al más pintado. Si no, le invito a que se dé un garbeo por el estante de novedades de cualquier librería especializada. ¿No le parecen muchos cómics? Lo son. Y es que no hay bolsillo que aguante el ritmo no digo ya del mes completo, sino de la quincena y hasta –según la semana– de la semana.
Hombre, claro está que no quiere uno comprarlo todo. ¿No es cierto? Yo, por ejemplo, soy de los que se lo piensan mucho antes de decidirme a llevarme algo a casa. Por lo menos cinco o diez minutos. No, no me hagan caso, estoy bromeando. Sí es verdad que traigo de mi infancia la amenaza perpetua de recaer en el coleccionismo, como el que ha dejado de fumar y sabe lo fácil que es volver a quemar cigarrillos. Se podría decir que he madurado, que he dejado atrás los caprichos infantiles, que he aprendido a controlar mis propios impulsos. Pero, para ser honestos, les diré que estoy permanentemente alerta. Y no sólo por evitar la sangría dineraria, no se crean. También tiene su miga la clásica pregunta: “¿Y ahora dónde meto yo todo esto?”. Pregunten si no a mi madre, que tiene media casa a reventar de cajas mías, con especial hincapié en la palabra “cajas”. Apiladas, asépticas, quitadas –en lo posible– de en medio. Porque los libros son cultura y visten cualquier estantería, pero no me imagino yo a las visitas familiares admirando la tebeoteca: “Anda, si tienes la colección completa de Los pitufos”, “Hombre, a ver si me prestas El sulfato atómico, que he leído en el Babelia que está muy bien”. Y eso sin mencionar la instintiva e invariable tendencia materna a ofrecer un tebeo y una caja de ceras o de rotuladores al sobrinito de turno. Que todo hay que explicarlo: “¿Ves esas dos cifras que hay junto al código de barras? Es el precio. Sí, sí, tanto, a ver si te crees que los regalan”.
Estaba yo el otro día –es un decir, una figura retórica, en verdad sucedió hace unos años– en casa de un amigo, casado y con dos niños, y el mayor de ellos, en edad de comulgar, le pidió a su madre dinero para comprarse no-recuerdo-qué-cosa en el puestecillo de la esquina, y allá que ella –desde aquí un beso– le contestó: “Eres un vicioso, como tu padre”. Así, con la boca llena de “vicioso” y de “tu padre”, ya saben. Total, a mi amigo, que yo sepa, no le gusta la droga, ni los bares de carretera, ni jugar a las cartas, ni el bingo, y ni fuma, ni bebe. Eso sí, compra tebeos. Porque dirán ustedes lo que quieran, que el tebeo se llama ahora novela gráfica, y es muy cool y está de moda, y es un producto cultural de primer nivel y lo lee la gente seria, pero eso será en su barrio. En el mío…
Ah, pero qué buenos tiempos aquellos en que iba uno al quiosco y ponía debajo del brazo dos o tres tebeos por semana. O más tarde, cuando se fue teniendo algo más de dinerillo y ya eran cinco o seis. Y luego diez o doce, y algún álbum que otro…
Ya me podían haber dado entonces una hostia bien dada. Vamos, digo yo.

Javier Fernández

04 noviembre 2010

HAUNT

Nombre: THE HAUNT Nº 01
Autores: ROBERT KIRKMAN / GREG CAPULLO
Edición original: The Haunt USA
Fecha de edición: 14/09/2010
Formato: Libro rústica, 144 págs. a color.
Precio: 14,95 €

Confieso que cuando leí la premisa de HAUNT me pareció que podría tratarse de algo demasiado similar a SPAWN y estéticamente semejante al SPIDERMAN dibujado por McFarlane. Pero el tratarse de un nuevo personaje, escrito además por Robert Kirkman, responsable de LOS MUERTOS VIVIENTES y mi grato recuerdo de los primeros números de la entretenida THE DARKNESS escritos por Garth Ennis, con su puntito canalla al protagonizarla un matón mafioso reconvertido en antihéroe sobrenatural (sospechaba que HAUNT podía contar también algo de ese estilo) me decidieron a comprarla, además de observar un dibujo más de mi gusto que el clásico exagerado de McFarlane (quizás ahora algo trasnochado), semejante por fortuna al de series como la mencionada LOS MUERTOS VIVIENTES o INVENCIBLE (fluidos en su narrativa y casi de línea clara, aunque abundante en detalles) más que al de los títulos de TOP COW, sugestivos pero a menudo pobres como soporte de una buena historia.
Y el caso es que HAUNT ha resultado ser una agradable sorpresa, no sólo en su arte gráfico. La historia de estos dos hermanos de mediana edad que se llevan fatal, uno cura, descreído, amargado y con el corazón roto, que se gasta el dinero de su iglesia en una prostituta a la que además confiesa (nada que ver con el Jesse Custer de PREDICADOR, salvo en su aspecto), y el otro superagente secreto de una de esas agencias de inteligencia que sólo existen en los cómics, asesino, marido, buena gente, y ademàs muerto...interesa desde las primeras páginas y atrapa en su lectura hasta el final de los 6 números que componen el tomo, con unos diálogos que se respiran auténticos y situaciones tan disparatadas como creíbles (características que comparte con la serie de zombis de Kirkman), utilizando los lugares comunes del género para eludir tópicos y, en definitiva, construir un buen cómic.

J.A.Santiago

02 noviembre 2010

EL ESCAPISTA DEFINITIVO


Título: STERANKO SUPERSTAR
Autor: ÁNGEL DE LA CALLE
Editorial: DOLMEN
Páginas: 112
PVP: 10,95 €

Frente a la obra de Jim Steranko (Pennsylvania, 1938) sólo caben dos posturas: se ama o se ama. Y es que el norteamericano, hijo de emigrantes ucranianos, es un narrador gráfico portentoso, especialmente dotado para la composición de página, el montaje, el ritmo visual, el acabado y el diseño. Pero, además, Steranko tiene madera de pionero, es un innovador incansable, un raro, un artista singular acostumbrado a rechazar las fórmulas preconcebidas y reinventarse a cada rato, lo que lo convierte también en un tipo inclasificable y elusivo.
Su heterodoxa carrera –llegados a este punto suele citarse que su trayectoria apenas incluye un puñado de tebeos y se extiende hacia campos tan diversos como la edición, la magia en general y el escapismo en particular, el estudio teórico de la historieta y la cultura popular, la ilustración o el storyboard fílmico– no le ha impedido ganarse un lugar prominente en la narrativa gráfica, merced a trabajos seminales como los protagonizados por Nick Furia y el Capitán América a finales de la década de 1960, epítomes de la estética pop aplicada al mundo de los superhéroes, pero también a obras de una inusual madurez como Chandler: Marea roja, ese peculiar y elegante híbrido entre tebeo y novela de género negro, Atmósfera Cero, la pasmosa adaptación gráfica del filme dirigido por Peter Hyams (Outland, 1981), o “The Exile at the Edge of Eternity”, una joyita de diez páginas incluida en el número 400 de Superman (octubre, 1984) que mereció mención destacada en la monumental The Encyclopedia of Science Fiction, de John Clute y Peter Nicholls. Ejemplos todos ellos de la ductilidad y la rebeldía conceptual del que durante muchos años fue considerado dibujante de culto y que, desde 2006, forma parte del selecto elenco incluido en el Will Eisner Comic Book Hall of Fame, una de las máximas distinciones que concede la industria estadounidense de los tebeos a los autores más destacados del medio.
El presente librito de Ángel de la Calle, reedición ampliada de uno de los textos contenidos en Steranko. Arte Noir (Vanguard Productions/Semana Negra, 2002), repasa la figura, la obra y los elementos narrativos más destacables de Steranko, demostrando que, más allá de los obsesivos cambios de registro del de Pennsylvania, existen líneas estructurales y argumentales que se repiten a lo largo y ancho de una producción que comenzó a la sombra de Jack Kirby y pronto evolucionó hacia un eclecticismo consciente y refinado que integra elementos propios del arte pop, el surrealismo, la psicodelia o el cine.
En palabras de De la Calle: “Conocer a Steranko es amarlo, y amar aún más su obra. Más allá de su pose, majestuosa, y de sus maneras tan americanas –y de sus dientes imposibles–, está uno de los más grandes autores de la expresión en viñetas del siglo pasado. Un innovador, un experimentador; alguien para quien los cómics son verdaderamente importantes; tanto como para jugar con su lenguaje y, de paso, hacerlo crecer. Una superestrella, en definitiva”.

Javier Fernandez

DICHO EN POCAS PALABRAS

Título: EL AMOR DUELE
Autor: KIRIKO NANANAN
Editorial: PONENT MON
Páginas: 210
PVP: 15 €

Si me propusiese caracterizar en tres palabras el estilo de Kiriko Nananan (Tsubame, 1972) diría que es riguroso, elegante y emocional.
Me explico: riguroso –diccionario en mano– valdría en los significados de muy severo, austero, exacto y minucioso; y quizá también en estos otros: áspero, acre, cruel y duro de soportar, pero eso depende del gusto de cada uno y de si ustedes las consideran cualidades peyorativas. Si es así, mejor no las tengan en cuenta.
He escrito “elegante”, y tomo de nuevo el diccionario: dotado de gracia, sencillez, airoso, bien proporcionado y –dicho de una cosa– que revela distinción, refinamiento y buen gusto. Nótese que me he saltado las cualidades de la palabra que se aplican a personas y que he gastado aquí todos los significados, excepto “dotado de nobleza”. Y eso que la cuarta acepción de noble incluye “singular o particular en su especie”, dos características que considero intrínsecas a lo de Nananan, pero entiendo en el sentido general del término “noble” una valoración comparativa del individuo –por indivisible– con los demás de su misma especie. Y hoy, sencillamente, no quiero entrar en comparaciones. Trato de valorar la cosa en ausencia de otras cosas.
¿Qué más? Emocional: que produce emoción. Esto es, que produce una alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática. Dos puntualizaciones: primero, pasajera implica “que pasa presto o dura poco”, y lo mucho o lo poco son conceptos relativos. Claro está que no se queda uno intensamente alterado para siempre, ni por un largo periodo de tiempo como si le hubiese ocurrido una desgracia o le hubiese tocado la lotería, pero, vean, me acuerdo de El amor duele y me emociono. Y luego se me pasa. ¿Me explico? Segundo, como “conmoción somática” vale la piel de gallina o el vello erizado. También las lágrimas, pero que conste que no es mi caso. Y, antes de que lo olvide, me falta reseñar el otro significado de emoción: interés expectante con que se participa en algo que está ocurriendo. Pues eso.
Ahora bien, si quisiera ser más conciso, si en lugar de con tres palabras tuviese que definir el trabajo de la japonesa con una sola, esta sería delicado. Fíjense que “delicado” es fino, suave, tierno, pero también sabroso, regalado, gustoso; difícil –y me quedo aquí, ojo, con la acepción de que no se logra o ejecuta sin mucho trabajo, no porque no se entienda con facilidad–; primoroso, exquisito; bien parecido, agraciado; sutil, agudo e ingenioso. En donde ingenioso se relaciona con la intuición, el entendimiento y las facultades poéticas y creadoras. Y si de una sola palabra se trata también me valdría minucioso en lugar de delicado. Porque minucioso equivale a que se detiene en las cosas más pequeñas. Como pequeño es el amor adolescente sobre el que Nananan da vueltas y vueltas, obsesiva, detallada, milimétricamente.
Aunque, bien pensado, preferiría quedarme con las dos, minucioso y delicado. Pero entonces ya no sería una sola palabra y me he propuesto ser conciso.

Javier Fernández

26 octubre 2010

EL CAMERINO DEL ARTISTA

Título: SENDEROS
Autor: PACO ROCA
Editorial: LAUKATU
Páginas: 272
PVP: 22 €

Para no engañarles les diré que, en general, la obra de Paco Roca me deja un tanto indiferente. No quiero decir con esto que la considere poco valiosa, o que esté yo ciego a las virtudes temáticas, estéticas y narratológicas del dibujante valenciano. Todo lo contrario, la rápida consolidación de su trabajo me parece una gran noticia dentro del panorama del tebeo español actual, y si algo demuestra Senderos. Una retrospectiva de la obra de Paco Roca es la solidez del camino recorrido hasta ahora por el autor de Las calles de arena. Es, sencillamente, una cuestión de gusto: hay a quien le gusta la sopa fría y quien la prefiere caliente. Yo soy de estos últimos.
¿Qué es lo que no me convence –en general, insisto– del trabajo de Roca? Por un lado su tibieza o, dejando ya el símil gastronómico y yendo a cuestiones de composición literaria, su simpleza, que no sencillez. También el que esté lleno de lugares comunes, de referencias manidas, y de una amabilidad en la mirada que me resulta a veces empalagosa. Hay artificiosidad, pero no lo bastante como para significar un estilo. También naturalismo, e ídem de lo mismo.
Ahora bien, si de lo que hablamos es de eficacia narrativa, Paco Roca tiene un don natural muy superior a la media de historietistas. Su modo de contar es limpio, directo, casi perfecto. Utiliza la viñeta con la agilidad de un guionista cinematográfico; y ágil es también el ritmo de todas y cada una de sus historias. Se da además la circunstancia de que su dominio del storytelling no es nuevo, basta ojear el volumen que nos ocupa para caer en la cuenta de que lo trae de fábrica. Aunque, eso sí, se ha ido refinando y haciendo más y más preciso con el tiempo. Dicho de otro modo, Roca es de los que capta la atención de principio a fin. No se trata tanto de un creador de imágenes –en el sentido literario– como de un auténtico relator.
Siguiendo con el haber de Roca, encuentro excelente su manejo de las tintas, más conforme avanza su carrera. Admiro su búsqueda de la peculiaridad estética en el estrecho campo de la línea clara, así como la incansable marcha de su estilo hacia la síntesis. Valoro también su progresivo alejamiento de los clichés, la incorporación de lo emocional y del intimismo a su trabajo y esa firme voluntad de ir contracorriente, de arribar a la propia personalidad, que le ha granjeado el respeto y la admiración de propios y desconocidos, y que anuncia futuras cimas.
El libro editado por Laukatu repasa en profundidad la trayectoria del historietista y se suma a la larga fiesta de celebración del premio nacional obtenido por Arrugas en 2008. Y lo hace con el acierto de una edición de bella factura, repleta de bocetos, historietas e ilustraciones de Roca y trufada de notas divulgativas e impresiones de diversos escritores e historietistas. Todo ello articulado alrededor de una amplia y amena entrevista realizada por Koldo Azpitarte que, amén de innumerables anécdotas, nos desvela la mentalidad y el método del artista.

Javier Fernández

19 octubre 2010

FRUTAS, VIÑETAS Y HORTALIZAS

Título: VIÑETAS A LA LUNA DE VALENCIA. LA HISTORIA DEL TEBEO VALENCIANO. 1965-2006
Autor: ÁLVARO PONS, PEDRO PORCEL y VICENTE SORNÍ
Editorial: EDICIONS DE PONENT
Páginas: 324
PVP: 28 €

No soy yo de esos que cuando escuchan la palabra “Valencia” salivan imaginando una paella o los productos de la Huerta, ni de los que piensan seguidamente en las fallas o Mario Kempes, por redondear el tópico. Y no es que no me guste el fútbol, la juerga, las frutas y hortalizas o el arroz bien aliñado, todo lo contrario, en esto soy idéntico a cualquier hijo de vecina. Sucede que cuando alguien nombra Valencia lo primero que me viene a la cabeza son sus tebeos. Porque sabrán ustedes que, en esto de las viñetas, la cantera valenciana es una de las más amplias y relevantes de nuestra historieta –quizá los que me conocen añadirían que, se hable de lo que se hable, siempre pensaré primero en tebeos, pero eso no invalida el argumento.
Jaimito, El guerrero del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín o Pumby son sólo algunos ejemplos del legado tebeístico producido en la Valencia posterior a la guerra civil. Y la nómina que participó en lo que se ha dado en llamar Escuela Valenciana de historieta –me refiero ahora a la primera de ellas, la que fructificó entre los años 40 y 60 del pasado siglo– es extraordinaria: Gago, Karpa, Palop, Sanchís y Vañó se cuentan entre el nutrido número de artistas que trabajó en editoriales como Valenciana o Maga. Una nómina, ya digo, que merece un sitio prominente en la historia del tebeo español. Aunque confieso mi debilidad por el conjunto de creadores con idéntica denominación de origen que comenzó a sorprender a propios y extraños a comienzos de la década de 1980, la Nueva Escuela Valenciana, con sus Mique Beltrán, Micharmut, Sento y Daniel Torres a la cabeza, traviesos reformadores de la línea clara –y a los que cabría sumar el alicantino Miguel Calatayud, un demente, un inclasificable, un genio situado a caballo entre generaciones y que guarda ciertas semejanzas estéticas con estos últimos.
Sucede que aún hoy, requeteconsumada la desintegración del tebeo patrio, una legión de valencianos pasea el palmito por las mesas de novedades, no diría como último reducto de la Galia ocupada, pues no queda ya apenas una pulgada sin conquistar, sino más bien como esas hermosas ascuas que se siguen de toda hoguera. Los hay que han encontrado su nicho en nuestro mercado –es un decir– luego de haber publicado aquí, allí y en francés, como el multipremiado Paco Roca y sus Arrugas, pero también los hay que sobreviven a la española, esto es, sobre el alambre, como mi querido Carlos Maiques, por citarles sólo un par de ejemplos.
En fin, puestos a examinar con detalle la historia del tebeo valenciano, no se me ocurre nada mejor que recomendarles la lectura del libro colectivo Viñetas a la luna de Valencia. La historia del tebeo valenciano. 1965-2006, dizque segunda parte de Clásicos en Jauja. La historia del tebeo valenciano, aquel magnífico trabajo en solitario de Pedro Porcel en el que se daba cumplida y exhaustiva cuenta del periodo anterior a 1965. Los edita ambos De Ponent, uno de esos locos y escasos pobladores, ahora sí, de la pulgada irredenta.

Javier Fernández

DEL ALMA DE LAS MÁQUINAS

Título: GHOST IN THE SHELL
Autor: MASAMUNE SHIROW
Editorial: PLANETA
Páginas: 352
PVP: 11,95 €

Ya sé que, formalmente hablando, Ghost in the Shell no es el mejor manga de la historia. A menudo se cita que su ritmo es caótico y poco fluido, que su argumento pasa de lo liviano a lo denso sin solución de continuidad ni justificación aparente y que, a menudo, su prosa se decanta por lo farragoso. Por no hablar de que la querencia digresiva de su autor, Masamune Shirow, llega a veces a lo delirante. De modo que lo enfocaré de este otro modo: Ghost in the Shell es mi manga favorito.
No sólo lo considero un texto excitante, inteligente y divertido, que se beneficia ampliamente de la relectura, sino que, en mi opinión –compartida por la legión de seguidores del fenómeno GITS, que abarca también dos películas cinematográficas, dos temporadas televisivas de anime, un OVA, varios videojuegos, libros y, en general, todo tipo de merchandising– es uno de los hitos de la ciencia ficción reciente. Tan influyente e imperecedero como Blade Runner o Neuromante, Ghost in the Shell es una obra penetrante y vasta, como la red de bytes que acaba seduciendo a la protagonista Motoko Kusanagi, el cyborg policía que sostiene por sí solo la lectura, personaje singular y atractivo donde los haya.
Claro que, puestos a comparar, Shirow carece del impacto del que hacen gala otros mangakas como Maruo o Kago. Y no es menos cierto que sus páginas no tienen
la fuerza emocional de un Hayashi ni la sencillez expositiva de un Tatsumi –vean que les estoy citando sólo creadores del más alto calibre–, pero es que sean cuales sean las carencias de Ghost in the Shell, considero que el tebeo de Shirow comparte cima con todos ellos. Desde mi punto de vista, las fallas narratológicas de la obra magna de Shirow no son sino elementos característicos de un estilo peculiar e inimitable, cualidades de un terreno hermosamente abrupto que conduce a lo alto.
Ilustrador, diseñador, animador gráfico e historietista, Masamune Shirow nació en Kobe, en la prefectura de Hyogo, el 23 de noviembre de 1961, y su bibliografía tebeística no es tan extensa como suele ser habitual en el país del sol naciente. Además del volumen inicial de la serie, Ghost in the Shell (Kodansha, 1991, aclaro que esta fecha y las que siguen corresponden al año de publicación en libro de cada título), Shirow ha firmado dos secuelas, Ghost in the Shell 2: Man Machine Interface (Kodansha, 2001) y Ghost in the Shell 1.5: Human Error Processor (Kodansha, 2003), bastante menos apreciables que el original. Suyos son también títulos como Black Magic (Atlas, 1983), Appleseed vol. 1 a 4 (Seishinsha, 1984, 1985, 1987 y 1989), Dominion (Hakusensha, 1986, con una continuación, Dominion Conflict, publicada por Seishinsha en 1995), Orion (Seishinsha, 1991) y los cuatro tomos de ilustraciones Intron Depot (Seishinsha, 1992, 1998, 2003 y 2004), el primero de los cuales contiene una extensa y memorable sección dedicada a Ghost in the Shell.

Javier Fernández

LO QUE ME GUSTA DE CEREBUS

Título: CEREBUS. ALTA SOCIEDAD
Autor: DAVE SIM
Editorial: PONENT MON
Páginas: 520
PVP: 30 €

Si usted ha nacido en este planeta y es más o menos adicto a los tebeos, no hará falta que le cuente qué es Cerebus. Pero por si acaso no pertenece al anterior grupo, aquí le dejo una sucinta y exacta descripción debida a su propio creador, el canadiense Dave Sim (Hamilton, 1956): “Cerebus es una novela gráfica de 6.000 páginas que comencé con el número 1, allá por diciembre de 1977, y concluí recientemente con el número 300, marzo de 2004, serializada en forma periódica y luego reimpresa y mantenida en catálogo en 16 volúmenes recopilatorios”.
Cerebus, pronunciado sérebas, es también el nombre del protagonista de Cerebus, un antropomórfico oso hormiguero de color gris y bastante mala leche –al estilo del pato Howard de Steve Gerber, de quien toma cierta inspiración inicial–, y que tiene tendencia a vivir variopintas aventuras que a menudo escapan de lo anecdótico y se convierten en recuento de las ideas e inquietudes del propio Sim. Hay quien le perdona todo a Cerebus porque la considera una obra maestra de la historieta y quien, por el contrario, discute airadamente las polémicas opiniones del autor, sobre todo en lo que a feminismo y homosexualidad se refiere –merece la pena anotar que un porcentaje de estos últimos siguen considerándola una obra maestra a pesar de ello–.
Por mi parte, diré que del extenso tebeo de Sim admiro lo siguiente: su cualidad de pionero del mercado independiente y epítome de la autoedición, pues ha de saberse que el dibujante se montó su propio tinglado y tuvo la tenacidad de mantenerlo, mes tras mes, año tras año, al margen de grandes y pequeñas compañías. Admiro también su impetuosidad, que bien podríamos llamar ambición, así como su fidelidad a una idea: a los 23 años, en un viaje lisérgico, Sim se dijo a sí mismo que su serie alcanzaría los 300 números mensuales, ni uno más ni uno menos. Y así ha sido. Considero algo más que meritoria la experimentación formal que exuda la obra por los cuatro costados –algo que queda bien patente en este segundo volumen de la saga, Alta sociedad, con que Ponent Mon, según consejo del artista, da comienzo a la anhelada edición en castellano de Cerebus–, así como lo inagotable de su inventiva gráfica. Y me quedo embobado mirando los dibujos de Sim, especialmente a partir de su asociación con Gerhard, quien eleva exponencialmente la calidad final de la página.
Y por último, me gusta que Cerebus sea una historieta seria y paródica a un tiempo. Que Sim tenga humor, pero también la valentía de expresar sus controvertidas convicciones religiosas, filosóficas, sexuales, sociales y políticas, coincidan o no con las mías. Porque, ya ven, estoy hastiado de las medias tintas, de la zona gris y de los discursos que reman a favor de la corriente. Pienso que estos nada aportan a la discusión, y que de ellos nada se aprende.

Javier Fernández

29 septiembre 2010

MAD PARA AMANTES DE LA LUPA

Título: CLÁSICOS MAD, 1
Autor: VARIOS AUTORES
Editorial: PLANETA
Páginas: 376
PVP: 19,95 €

Hoy me dispongo a escribir una nota sobre los dos volúmenes de Clásicos Mad editados por Planeta en 2006 y 2009, pero realmente no sé si debería recomendarlos o no. Aclaro que mis dudas no tienen que ver con el material en sí –a saber, los primeros 23 números de la archiconocida cabecera satírica que más tarde alcanzaría el rango de icono cultural estadounidense, editados todos ellos por el sin par Harvey Kurtzman entre octubre de 1952 y mayo de 1955–, sino con las propias características físicas de la edición. Porque es cierto que estos dos tomitos son baratos, manejables y hasta están impresos a color, pero no es menos cierto que el formato ofrecido por el editor, minúsculo y parco donde los haya, dificulta el disfrute de la lectura.
Es un lástima, en fin, que ya que alguien se decide a publicar joyitas de este tipo o, dicho de otro modo, a rellenar alguno de los numerosos huecos existentes en la bibliografía tebeística en español, lo haga con tan poco tino, máxime cuando se tiene el ejemplo de los estupendos The Mad Archives impresos en gran formato sobre buen papel y encuadernados con tapa dura y sobrecubiertas por la neoyorkina DC. Eso sí, les interesará saber que cada tomo de The Mad Archives contiene sólo 6 números –a la fecha van dos editados– y viene a costar unos 50 dólares, casi lo mismo que el total de estos dos minilibros de Planeta. Por mi parte –y de esto ya les hablé no hace mucho–, opino que la experiencia suscitada por uno y otro producto no es comparable, y puestos a escoger entre coleccionar, en el modo que sea, la totalidad de esta primera etapa de Mad o disponer aunque sea de una muestra que permita apreciar y gozar realmente el asunto…, pues me quedo con la segunda opción.
Así que los que ansiábamos la traducción al castellano de los orígenes de Mad nos quedamos con la miel en los labios, y se tiene de nuevo la sensación de una oportunidad perdida, de un producto tirado al olvido, o a la basura, si se quiere. (Me pregunto si alguien se decidirá alguna vez a editar estos tebeos en formato y calidades dignas. Y entretanto proliferan ediciones de lujo de cualquier medianía, pero mejor lo dejo aquí, que empecé con buen humor y me estoy encabronando.) El caso es que me veo en la tesitura de recomendar o no los Clásicos Mad y, aun con la larga aclaración previa en mente, supongo que la respuesta adecuada es sí.
De un modo u otro, son la única opción para el hispanoparlante de acercarse al genio visionario y desatado de Kurtzman, uno de los más grandes historietistas estadounidenses del siglo XX –similar en calibre a Robert Crumb o Will Eisner, por poner dos ejemplos–, quien no sólo creó el concepto de la publicación y dibujó diversas portadas e historietas durante su etapa al frente de Mad, sino que escribió y abocetó la práctica totalidad de estos 23 números. Como argumento de venta, conviene también añadir que el elenco artístico incluye a luminarias como Jack Davis, Wally Wood, Bill Elder, John Severin, Bernie Krigstein y Basil Wolverton. Ahí es nada.

Javier Fernández

27 septiembre 2010

MENOS ES MENOS

Título: THE EC ARCHIVES. TWO-FISTED TALES. VOL. 1
Autor: VARIOS AUTORES
Editorial: GEMSTONE
Páginas: 212
PVP: 49,95 $

Bueno, pues de casualidad ha llegado a mis manos un ejemplar de los The EC Archives editados hasta hace poco menos de dos años por Gemstone. Se cuenta por ahí que los problemas financieros de la casa editora han dado al traste con este extraordinario proyecto: la reedición definitiva, en gran formato, pasta dura con sobrecubiertas, papel de alta calidad y lindo recoloreado –nada que ver, por ejemplo, con las porquerías que ofrece sistemáticamente Marvel Comics o con las últimas pifias de Dark Horse– del fondo editorial más importante, controvertido y significativo de la historia del cómic-book estadounidense.
Para los curiosos o despistados, diré que The EC Archives se sitúa, o situaba, en las antípodas de la serie publicada hace ya unos años por la editorial Planeta con idéntico material: formato minúsculo, pésima encuadernación, papel más que corriente e impresión en blanco y negro. Con todo, supongo que habrá a quien le guste la rácana versión patria. O quien se consuele pensando que es un mal menor, una forma barata y sencilla de hacerse con todo el legado de Entertaining Comics. Nada más lejos de la realidad. Lo expresaré de otro modo: después de cerrar el libro de Gemstone, que recopila los seis primeros números de Two-Fisted Tales, la cabecera de aventuras ideada por Harvey Kurtzman rápidamente reconducida al género bélico, he tenido la sensación de haber leído por primera vez un tebeo EC –y yo, no es la primera vez que los leo–. Algo similar, en otro orden de cosas, a lo que me ocurrió la vez aquella que me senté en la butaca del teatro a ver 2001, luego de haberla vista un chorro de veces en VHS.
Porque, qué duda cabe, los subversivos y estremecedores argumentos de estas historietas son tan importantes como los propios dibujos; pero es que lo contrario no es menos cierto: los impactantes y hermosos dibujos de estas historietas son tan importantes como los propios argumentos. Y contenidas aquí hay páginas de Harvey Kurtzman, Jack Davis, Johnny Craig, Al Feldstein, Wally Wood, John Severin –en tándem con Will Elder– y Alex Toth, una extraordinaria reunión de nombres propios de la narrativa gráfica, estilistas que se benefician sobremanera del cuidado y el trato adecuados.
Pienso que el afán coleccionista no es sólo enemigo del buen gusto, sino que también provoca extrañas paradojas como esta: se ofrece al lector un producto extenso, pero deformado, de pésima calidad, cuando basta el mínimo fragmento, dignamente editado, para arribar de bruces a la esencia del asunto. No digo yo que alguien se vaya a atrever a reeditar la biblioteca EC entera en castellano, pero sí que me gustaría sugerir que se traduzca al menos uno de los volúmenes de Gemstone. El que sea. O, ya puestos a pedir, una selección de las mejores historietas de la mítica editorial en edición Absolute. Vean que forma más sencilla de enriquecer cualquier estantería.




Javier Fernández

21 septiembre 2010

UNA, GRANDE Y CAUTIVA

Título: EL ARTE DE VOLAR
Autor: ANTONIO ALTARRIBA (guión) y KIM (dibujos)
Editorial: EDICIONS DE PONENT
Páginas: 208
PVP: 22 €

Puestos a hablar de El arte de volar (Edicions de Ponent, 2009), la impresionante y multipremiada novela gráfica escrita por Antonio Altarriba y dibujada por Kim, lo primero que me viene a la cabeza es la siguiente cita de Albert Camus, extraída de su libro Moral y política: “El siglo XVII fue el siglo de las matemáticas, el XVIII el de las ciencias físicas y el XIX el de la biología. Nuestro siglo XX es el siglo del miedo. Se me dirá que el miedo no es una ciencia. (…) No hay duda de que es, sin embargo, una técnica”.
Viene la cita a cuento del terror histórico descrito por los autores a lo largo de las casi doscientas páginas de este extraordinario tour de force, y que, salvando las distancias, me ha producido sensaciones similares a las que sentí leyendo, por ejemplo, El vértigo, de Eugenia Ginzburg. Ambos textos comparten la voluntad testimonial –el de Ginzburg de primera mano, el otro mediante la evocación o, mejor dicho, la recreación de experiencias familiares– y el pasmo ante el imparable advenimiento de la catástrofe. Catástrofe que en la rusa, atrapada en el sinsentido del gulag estalinista, es primero intelectual y luego vivencial. Nace de su ceguera política, del prolongado rechazo a admitir la inocencia de los condenados a los campos de castigo y desemboca en la terrible culpa de descubrirse a sí misma como una más de la legión de injustamente encarcelados por el régimen totalitario.
El protagonista de El arte de volar, por su parte, personifica la inocencia, la sencillez de espíritu del hombre común que vive ajeno a los dictados y proclamas del statu quo, pero los padece. Su primera lucha es vivir una vida decente, su siguiente objetivo, ya que estalla la guerra civil española, es sencillamente sobrevivir. Finalmente, Antonio, padre y máscara del guionista, acaba recorriendo la misma dirección que Ginzburg, aunque en sentido inverso: va de lo vivencial a lo intelectual, pues, más allá de los mapas sociales esbozados en El arte de volar, el auténtico territorio de la novela gráfica es el del aprendizaje político del individuo, el del alzamiento de la conciencia y su posterior caída, que toma aquí tintes de tragedia, de nuevo, sencilla, silenciosa, pero no por ello menos punzante.
El rapto de los ideales libertarios, que es tanto como decir el rapto de la propia humanidad, el cautiverio de la nación contradictoria y descosida que llamamos España, se funde con el aliento vital en esta pequeña obra maestra embellecida por un Kim en estado de gracia –tampoco les voy a descubrir ahora las bondades de uno de nuestros mejores artistas–. Y en este sentido, El arte de volar es una lección de historia contemporánea narrada por los que no tienen voz, los que nada significan, los meros figurantes. O, dicho de otro modo, el retrato de uno cualquiera de nosotros, una simple gota, que lleva en su interior la memoria del océano.

Javier Fernández

13 septiembre 2010

CUANDO VINIERON A BUSCARME

Título: STUCK RUBBER BABY (MUNDOS DIFERENTES)
Autor: HOWARD CRUSE
Editorial: DOLMEN
Páginas: 216
PVP: 25 €

Permítanme que haga trampa. Voy a recomendarles la lectura en castellano de la obra principal de Howard Cruse, pero en realidad yo no he leído el volumen de Dolmen sino la edición en inglés publicada por Vertigo ahora que se cumple el décimo quinto aniversario de la aparición de Stuck Rubber Baby (Paradox Press, 1995). En mi descargo diré que vivo a medio mundo de distancia de España y que es raro, casi impensable, encontrar por estas tierras historietas traducidas en la madre patria. De modo que nada puedo decirles sobre la traducción de Diego García, aunque si se dan un garbeo por la red verán que los que sí la conocen le otorgan un sobresaliente, y que idéntica nota obtiene, por norma general, la hechura editorial de la versión española, calificada aquí y allí de excelente. Dicho lo cual, paso comentar la novela gráfica, que los caracteres mandan.
Stuck Rubber Baby , cuyo título se vale del slang y de la ambigüedad lingüística para describir, entre otras cosas, la homosexualidad latente, la inesperada paternidad y la falta de decisión ideológica del protagonista, es un libro portentoso, heredero en forma y fondo del underground estadounidense –esa fértil corriente de la historieta americana traducida poco y mal a nuestro idioma–, remozado, eso sí, con el largo aliento y la pulcritud de que hace gala buena parte de la nueva novela gráfica. El relato de Cruse sumerge al lector en la convulsa Norteamérica de la década de 1960, con pequeñas incursiones en los años previos y algún que otro asomo al momento actual del narrador. O, más concretamente, en el sur de una nación descosida por el miedo al cambio y la crueldad con el diferente. Porque la desigual batalla que se nos plantea entre status quo y ciudadanos no tiene tanto que ver con la orientación sexual, el color de la piel o la ideología política como con la defensa de la propia libertad. En palabras del protagonista de Stuck Rubber Baby, luego del linchamiento de un amigo homosexual y el brutal atentado que deja malherido al negro Shiloh: “It could’ve been me” (podría haber sido yo).
Puestos a hablar de este libro, insisto, portentoso, cabría referir la densidad argumental y estética, la riqueza de los diálogos y textos de apoyo, el detallado entramado histórico o el didactismo en la exposición de los derechos civiles en juego, pero, personalmente, destaco este otro logro de Cruse: la detallada y precisa construcción de un mundo y unos personajes que comienzan siendo ajenos y acaban siendo propios. Pues cuando se alcanza el final del libro uno se siente negro u homosexual, más allá de la propia raza o la preferencia afectiva. Y entiende de primera mano la urgencia de entender al otro, de compartir su lucha antes de que, parafraseando al pastor luterano Martin Niemöller, venga el odio a buscarnos y nos encontremos solos. Preguntándonos por qué callamos cuando debimos protestar.

Javier Fernández

19 agosto 2010

UN DIABLO EN EL PURGATORIO

Título: BORN AGAIN

Autor: FRANK MILLER (guión) y DAVID MAZZUCCHELLI (dibujos)

Editorial: PANINI

Páginas: 224

PVP: 22,95 €

La primera vez que leí el Born Again andaba yo por el bachillerato, y bastante desencantado de los tebeos de superhéroes, todo sea dicho. Aunque, eso sí, seguía comprándolos por toneladas, pues aún no me había yo percatado de lo ancho y largo que es esto de la historieta. O lo había olvidado, para ser más exactos. Si echo la vista atrás, muy atrás, me veo en la cuna devorando los Spirou de Franquin palabras mayores, se tenga la edad que se tenga, el pato Donald de Carlk Barks –tres cuartos de lo mismo–, el DDT, el Pumby o el Mortadelo semanal, por citar lo primero que se me viene a la cabeza. Y es que el mar está lleno de peces.

El caso es que, ahora que lo pienso, me doy cuenta de que fue precisamente este tebeo de Miller y Mazzucchelli el que logró curarme del virus Marvel que afectó a mi generación. Ojo, digo curarme no porque haya acabado yo regalando mis Spiderman, sino porque hace ya un ciento que no me fundo los ahorros en coleccionarlos. Creerá alguno que estoy sugiriendo que el Born Again es un engendro infumable. Todo lo contrario, me parece un tebeo excitante, bien escrito y mejor dibujado. Tanto que, en comparación, y siempre hablando en términos generales, las desventuras de los supertipos me resultan un tanto insípidas y bastante sandias. Que no digo yo que no haya quien las considere algo muy serio, allá cada cual, pero a mí es que me da la risa. Será por eso que prefiero el trepamuros de Ditko al de Romita, el pato Howard al Capitán América, los X-Statix a los X-Men.

Pero no es de esto de lo que estamos hablando. Hablamos del Born Again o, lo que es lo mismo, de los números 227 a 233 de la serie Daredevil, editados originalmente entre febrero y agosto de 1986. Son magníficos tebeos de acción, aderezados con su poquito de existencialismo, un toque de mala leche y determinados fraseos herededados del género negro. El argumento de Miller maneja también elementos de la religiosidad cristiana, empezando por el título, que es un tópico de la conversión a Cristo. Pero, convendrán conmigo en que la mayor parte de la simbología manejada por los tebeos de superhéroes es bastante gruesa, mid-cult, de medio pelo. A qué engañarnos, no es por eso por los que nos fascinan obras como el Born Again. Lo que nos impele a releerlas tiene más que ver con la excitación emocional y con la eficacia narratológica que con lo propiamente ideológico, algo así como lo que ocurre con el cine de John Ford.

¿Les he dicho ya que los dibujos de Mazzucchelli son primorosos? Sólo por ellos merecería ya la pena apoquinar los casi 23 eurazos, pero es que el trabajo de Miller es realmente absorbente, y la suma de los dos talentos resulta en un tebeo trepidante y singular como pocos. Es de esos raros ejemplos que se disfrutan con la misma intensidad dos décadas y media después. Lo que se dice una pasada.

Javier Fernández

10 agosto 2010

¡GERBER EN EL SALÓN DE LA FAMA!

Ya sé, ya sé. Los ingresados este año en el Salón de la Fama durante la pasada ceremonia de entrega de los premios Eisner fueron seis, y no uno como podría deducirse por el título. Pero es que me he puesto tan contento al conocer la noticia de la concesión del The Will Eisner Award Hall of Fame al creador de Howard the Duck nada que ver con la película, no vayan a decir luego que les recomiendo basura que lo he escrito tal cual, sin pensármelo dos veces.

Y no es que el resto de los ganadores ax aequo sean tipos cualesquiera, no. Hay entre ellos nombres propios del tebeo estadounidense como Burne Hogarth (1911-1996), el excelso dibujante que nos deleitó a todos con su imperecedera versión de Tarzán, y Bob Montana (1920-1975), nada menos que el creador gráfico de Archie. Vean que, en ambos casos, el premio fue concedido directamente por el jurado. Pero ojo, los otros tres que junto a Steve Gerber (1947-2008) se alzaron con el premio por votación popular también tienen lo suyo. Mort Weisinger (1915-1978), escritor y editor, dirigió las riendas de Supermán durante buena parte de las décadas de 1950 y 1960; el recientemente fallecido Dick Giordano (1932-2010), recordado por sus dibujos y sus hermosas tintas, ejerció de alto ejecutivo de DC durante casi una década; y Mike Kaluta (1947), el único vivo de los seis, es un elegante ilustrador y un dibujante delicado, no demasiado prolífico, pero sí suficientemente apreciable.


Puestos en el mismo saco que todos ellos o, mejor aún, del centenar largo de integrantes actuales del Salón de la Fama, se podría argumentar que la aportación de Gerber al medio es más bien modesta. Que básicamente fue un escritor de superhéroes sin éxito comercial, un guionista de culto más recordado por su vena ácida y sus continuos problemas legales con Marvel que por sus propias historias. Yo, sin embargo, lo considero de otro modo, y es por eso que me felicito de que el tiempo le esté concediendo el crédito que mereció en vida. En mi opinión, Gerber fue un autor oblicuo e inesperado, original, incisivo y penetrante, un adelantado a su tiempo. Y la suya es una voz singular de la moderna industria del cómic-book. Firmó trabajos tan fenomenales como Man-Thing, The Defenders, Omega o Countdown to Mistery, pero también Void Indigo, Nevada, Hard Time o el propio pato Howard. Tebeos todos ellos inclasificables que, en conjunto, se erigen como una suerte de expresión íntima, un comentario valiente y personal sobre las transformaciones culturales, políticas y sociales recientes de Estados Unidos. Sólo por esto, está sobradamente justificado su ingreso en el Salón de la Fama; pero es que, además, su cruzada en favor de los derechos de autor que lo condujo en última instancia a la bancarrota lo señalan como precursor del tebeo independiente, de nuevo un adelantado, una especie de mártir necesario.


De modo que, ya les digo, hoy me siento feliz por Gerber y hasta se me ha olvidado por un instante que hace ya más de dos años que no está con nosotros. Por los otros cinco también, que conste, pero menos.


Javier Fernández

EL PRIMERO DE LA CLASE

Bueno, pues como cada año desde 1988 ya tenemos la lista de ganadores de los premios Eisner, los máximos galardones de la industria del tebeo en Estados Unidos. Por si no lo saben, les comento que la ceremonia de entrega se celebró el pasado 23 de julio en el marco de la convención anual de cómics de San Diego, uno de los encuentros historietísticos más relevantes del panorama mundial y, sin duda, el más importante de los muchos que se celebran en el nuevo continente.

No es mi intención referirles aquí la lista completa de premiados, menos aún la kilométrica relación de nominados, pues ambas pueden consultarse vía internet en la página oficial del evento: www.comic-con.org, pero sí quisiera dedicar una líneas a celebrar la triple corona obtenida por mi adorado David Mazzucchelli (Providence, NY, 1960): Mejor novela gráfica, Mejor escritor-dibujante y Mejor rotulista, lo que, en palabras de la organización, lo convierte en “el máximo ganador” de esta edición.

Qué quieren que les diga, me congratulo de que la industria haya al fin premiado a uno de sus creadores más genuinos y originales, un tipo formado como historietista en el corazón mismo del negocio –suyos son los dibujos de dos de las obras más influyentes del tebeo de superhéroes de la década de 1980, la saga Born Again de Daredevil y el Año uno de Batman, ambas escritas por Frank Miller–, pero que, en el por entonces pináculo de su carrera, decidió alejarse de las fórmulas comerciales para alcanzar cotas creativas aún más altas dentro del mercado independiente. Los tres números de su espléndida revista Rubber Blanket, autoeditada entre 1991 y 1993, permanecen como un hermoso ejercicio de libertad creativa y una profunda lección de narratividad, y aun cuando algunas de sus páginas han visto esporádicamente la luz en nuestro idioma, el conjunto sigue esperando la oportunidad de una edición española a la altura del material. Aunque si de lecciones narrativas hablamos, a pocos escapa que su adaptación

gráfica de la novela Ciudad de cristal, de Paul Auster, realizada en 1994 a medias con Paul Karasik –la adaptación, no la no

vela–, es uno de los hitos recientes del tebeo estadounidense, un soberbio ejemplo de hasta donde puede llegar esto de las viñetas, bocadillos y textos de apoyo.

Asterios Polyp (Pantheon Books, 2009) es su más reciente trabajo largo, luego de una miriada de historietas de corta extensión publicadas en revistas, antologías y demás, y el que le ha conducido al éxito crítico una década y media más tarde de la anterior novela gráfica. Me he deleitado ojeando diversas páginas de Asterios Polyp, pero lamento no darles hoy una nota precisa de su contenido, ya que sigo a la espera del ejemplar que encargué hace varios meses. Les adelanto que, visto lo visto, promete ser aún más personal, sorprendente y renovadora que Ciudad de cristal, lo cual es mucho decir. Por lo pronto, la industria se ha rendido a sus pies, y esto tampoco es moco de pavo.

Javier Fernández